Se necesita una declaración de amor, respeto y admiración del ser humano hacia la naturaleza
`El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la tierra', de Paolo Pecere (Anagrama) invita a equilibrar nuestras relaciones con el planeta y a redescubrir nuestros vínculos con ella: "Amar una naturaleza compuesta por seres diferentes a nosotros, extraños y, en algunos casos, abiertamente recelosos frente a nuestro intrusismo"
Presentación WMagazín Las relaciones del ser humano con la naturaleza son, cada vez, más desequilibradas y exigen una reconfiguración completa y urgente para buscar la armonía. El deterioro del planeta obliga a “redescubrir y repensar nuestro vínculo con la naturaleza, a aprender de nuevo a sentirla y contemplarla con respeto y admiración, y a buscar una nueva definición de la ecología”. Esto es lo que plantea Paolo Pecere en El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la tierra (Anagrama).
La mirada antropocéntrica debe cambiar. El ser humano ha dado por sentado que el planeta es suyo y que la naturaleza está ahí solo para su beneficio. ¡Error! La crisis del ecosistema obliga a replantear el punto de vista sobre el planeta y su modo utilitarista y extractivo.
La Tierra es un organismo vivo superior donde se aloja el ser humano. Aquí viven entre 1.5 y 2 millones de especies de animales catalogadas, cuya cifra podría superar los ocho millones, muchas aún sin descubrir. El reino vegetal lo conforman entre 300.000 y 400.000 especies de plantas y cada año se descubren unas dos mil especies. En cuanto al mar, se estima que hay unas 250.000 especies, con cálculos que se aproximan a los 2.2 millones.

Paolo Pecere (Roma, 1975) invita a utilizar herramientas de la filosofía, la antropología y la ecología, entre otras disciplinas para recalibrar nuestra relación con el planeta para imaginar otro futuro posible: “uno en el que la ciudad moderna y la naturaleza no sean necesariamente antagónicas”.
Para ello comparte en El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la tierra sus viajes/lugares por el mundo: el Himalaya, las Galápagos, la Amazonia, Nueva York, Venecia, Lagos, Borneo, Islandia, los glaciares de los polos, el desierto, los océanos. Traza siete recorridos en los que “miraremos a los ojos de un orangután, contemplaremos una variedad infinita de plantas, acompañaremos a Humboldt y a Darwin en sus viajes”.
La pregunta es: ¿Cuál es nuestra relación con la naturaleza hoy?
Paolo Pecere es profesor asociado de Historia de la Filosofía en la Universidad de Roma Tre. Entre sus ensayos destacan La filosofia della natura in Kant (2009), Dalla parte di Alice. La coscienza e l’immaginario (2015) e Il dio che danza. Viaggi, trance e trasformazioni (2021). Ha publicado también dos novelas, La vita lontana (2018) y Risorgere (2019), y el manual escolar Filosofia. La ricerca della conoscenza (2018), a cuatro manos con Riccardo Chiaradonna.
El siguiente es un fragmento de El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la tierra:
El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la tierra
Por Paolo Pecere

Desde hace muchos años, en cuanto puedo, me marcho lejos de las obligadas calles de la ciudad. Hago excursiones cortas, o agotadores viajes a lugares remotos. Pierdo el contacto con las personas queridas y con las comodidades, pero establezco otras relaciones, silenciosas y potentes. Camino entre los árboles, a lo largo de los ríos, por las cumbres de las montañas, bajo el agua, tomando piedras, rozando hojas, encontrando extraños animales con los que he fantaseado largo tiempo, visitando a gente acostumbrada a otras vidas. Recojo impresiones de un mundo que se extingue, regreso a un mundo que se cree erróneamente eterno.
El mapa de las rutas migratorias dice mucho sobre la vida de las aves, sobre sus necesidades esenciales, sobre sus relaciones sociales; lo mismo podría decirse de los seres humanos. Si un antropólogo lo estudiara, el mapa de mis viajes le mostraría a un habitante sedentario de una metrópoli que, a medida que crece su carga de trabajo, siente la necesidad de periódicas migraciones, y para satisfacerlas trabaja aún más, empujado por un irrenunciable impulso vital. Así parten también mil millones de personas en todo el mundo, dando vida con su deambular global a una de las grandes industrias de nuestro tiempo: el turismo. El turista se distrae, conoce, compra, descansa. (…)
Entre los grandes filósofos y científicos de la era moderna el tema de los viajes y el camino aparece como una obsesión. Emprender un viaje, para Descartes, es parte de la formación del método –methodos, “búsqueda”, “seguir un camino”– y muchos han comparado sus investigaciones con paseos y navegaciones, con trazar el mapa de territorios y senderos en el bosque, incursiones y esbozos paisajísticos. (…)
América era una tierra cubierta de bosques y poblada por especies desconocidas de animales y de plantas, y por hombres a los que los europeos llamaron “salvajes”. La describieron como un paraíso terrenal, un “estado de naturaleza”, se esforzaron en explotarla sustituyendo a los nativos por colonos y esclavos. El viaje en el espacio, se empezó a pensar, es un viaje en el tiempo, y en este sentido el Nuevo Mundo era una oportunidad para echar las cuentas con el pasado y el futuro. “Al principio, todo el mundo era América”, escribió John Locke en el texto fundacional del liberalismo político. América, pues, quiere decir naturaleza, tierra sin cultivar. “Sometiendo y cultivando la tierra”, esta se convertiría en propiedad, produciría riqueza y bienestar.
Se había abierto una grieta en el mundo. Por un lado, estaba la tierra que carecía de industria, asociada por los conquistadores a un pasado ocioso y desfavorecido de la humanidad; por otro, el mundo de los países que se definían a sí mismos como civilizados, y que ofrecían la perspectiva de un futuro al que encaminarse. Para los habitantes de los países colonizados, Europa se convirtió en un espejismo de riqueza y, para quienes pudieron visitarla, en un desconcertante espectáculo de injusticia. Para los europeos, la “naturaleza salvaje”, al principio un mero obstáculo para la explotación de los recursos y el avance de la civilización, se convirtió con el tiempo en un espejismo fascinante, un motivo de nostalgia.
La falla de esta historia se prolonga hasta hoy en día. La industria ha producido un impacto destructivo en el medioambiente del que en la actualidad es inevitable tomar conciencia, y ya no es evidente cuál es el bienestar que perseguir. Al mismo tiempo, la idea de otro lugar incontaminado es hoy más que nunca insostenible, aunque siga apareciendo impreso en los folletos de las agencias turísticas y vuelva como un remordimiento a la mente de los ciudadanos del llamado Occidente.
Pasaba veranos enteros estudiando en Alemania, frente a libros y ventanas digitales, a veces algún árbol del otro lado del cristal, escribiendo sobre la «naturaleza», y algunas noches iba al cine en los centros comerciales de cemento que empezaban a surgir en las afueras de las ciudades. En Tubinga fui a visitar la torre de Hölderlin, donde el poeta-filósofo vivió durante más de treinta años. En su novela de juventud escribía: «El hombre no puede negar que ha sido, una vez, feliz como los ciervos en el bosque, y después de incontables años seguimos albergando la nostalgia de aquellos días primordiales, cuando todos caminaban por la Tierra como un dios, antes de que no sé qué domesticara al hombre; y no muros o madera seca, sino el alma misma del mundo, el sagrado aire omnipresente, lo rodeaba”. Hölderlin, quien de joven fantaseaba con bosques y días primigenios, murió demenciado en esa torre. Me dije a mí mismo que tarde o temprano tendría que dejar de pasar los veranos en la biblioteca, que para disipar los espejismos es necesario el conocimiento directo de los lugares y de quienes los habitan. Años más tarde, en cuanto el trabajo me lo permitió, empecé a recorrer el planeta.
(…)
Esto nos lleva a un tema que recorre todo este libro: el amor por la naturaleza. “Amo la naturaleza”, de niño, era la respuesta que me daba a mí mismo a la pregunta: “¿Quién eres?”. ¿Qué puede quedar de aquella ingenuidad que me definía, y de esa intencionalidad? No hablo del amor abstracto por los espacios abiertos, los animales, las plantas (“Cuanto más quiero a la humanidad en general, tanto menos quiero a los hombres en particular”, reconocía el padre Zosima en Los hermanos Karamázov). Hablo del amor por el individuo, que implica el reconocimiento de su otredad, de su autonomía, de su libertad de control. Amamos a un ser que crece y se desarrolla libremente, que pasa a formar parte de nosotros, aunque no lo poseamos. De este modo, podemos amar una naturaleza compuesta por seres diferentes a nosotros, extraños y, en algunos casos, abiertamente recelosos frente a nuestro intrusismo. Pero hay que aprender a hacerlo.
- El sentido de la naturaleza. Siete sendas por la tierra. Paolo Pecere. Traducción: Xavier González Rovira (Anagrama)
***
OTROS ARTÍCULOS DE AGROHUILA
En homenaje a Félix Manrique Perdomo (Colombia, 1937 – 2025):
- Parentesco y similitudes del ser humano con las aves.
- Por qué los océanos pueden ser la salvación del ser humano.
- Celebrar la vida con la naturaleza.
- Por qué las plantas ayudan a la felicidad.
- SOS: cuidar a las abejas es salvar a la humanidad.

***
Suscríbete gratis a la Newsletter de WMagazín en este enlace.
Te invitamos a ser mecenas de WMagazín y apoyar el periodismo cultural de calidad e independiente, es muy fácil, las indicaciones las puedes ver en este enlace.
Si quieres conocer WMagazín y sus secciones especiales PULSA AQUÍ.
