La escritora argentina Selva Almada (Entre Ríos, 1973) autora de la novela ‘Una casa sola’, en la sede de su editorial Random House, en Madrid, en 2026. /WMagazín
Selva Almada: “Es necesario establecer una relación más armoniosa con la naturaleza y entre nosotros”
La escritora argentina publica la novela 'Una casa sola'. Una fábula profunda y poética en la que la propia vivienda es la narradora de su historia, que es también la de quienes la han construido y habitado con todos sus sueños, alegrías y violencias a lo largo de más de un siglo. Un relato sobre la pérdida de la armonía entre el ser humano, la naturaleza y consigo mismo
La voz de Selva Almada viene del eco de su abuelo paterno cuando, de niña, en medio de la oscuridad de la noche y los murmullos del campo, él le contaba historias reales y de la tradición popular argentina.
La más reciente sucede en el lugar donde un día hubo un bosque. En un claro hay una casa construida a lo largo de más de un siglo por diferentes personas que guarda en su memoria ilusión, dolor, ternura, violencia y esperanza.
Es una casa que, como Sherezade, cuenta historias de su existencia para advertir de la necesidad imperiosa de una nueva relación del ser humano con la naturaleza y consigo mismo.
Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) ha dado vida a ese espacio en Una casa sola (Random House), una fábula poética en la que la escritora despierta el ánima de las cosas. Crea un espacio donde conviven, a la vez, los diferentes tiempos y sentimientos legados por quienes han levantado esa casa y han vivido en ella.
Y Selva Almada es una zahorí de historias escondidas en el presente. Una de las escritoras latinoamericanas más destacadas y con una voz llena de sensibilidades, empezó a desvelar sus hallazgos en el poemario Mal de muñecas (2003) y siguió con los libros de cuentos Niños (2005) y Una chica de provincia (2007). Creó su trilogía de varones El viento que arrasa (2012), Ladrilleros (2013) y No es un río (2020), finalista del Booker Internacional en 2024. Y ahora con Una casa sola deja ese mundo, pero sigue en este conectando inquietudes que ya estaban en las anteriores novelas.
Origen e influencia de los viajes
Sentada en una pequeña mesa redonda, con la luz del atardecer madrileño sobre su cara juvenil, Selva Almada empieza por buscar una palabra que describa el arco de su vida en movimiento, desde que nació en Villa Elisa, el 5 de abril de 1973, hasta hoy, en un periplo intercontinental casi constante, como ahora en Madrid (España).
“Salí de Villa Elisa a los 17. Se me ocurre la palabra inesperado. Cuando salí de mi pueblo para ir a estudiar a otra ciudad más grande. Y de hecho cuando me mudé de Paraná, que fue esta ciudad más grande, a Buenos Aires.
Desde que empecé a escribir siempre pensé que lo iba a hacer toda la vida, que era lo que más me gustaba hacer. Aunque con poca fe de que pasara algo con eso, de tener lectores, tener circulación, todo eso me parecía como muy difícil de lograr. De hecho, es muy difícil de lograr.
Todo lo que pasó con mis libros, cómo se fue construyendo todo este periplo, me parece inesperado y me sorprende bastante todavía”.

Una casa sola entra por derecho propio en ese universo creativo de libros como Casa tomada, de Julio Cortázar; La casa del silencio, de Orhan Pamuk; La casa, de Julien Gracq; La ciudad y la casa, de Natalia Ginsburg; El rincón feliz, de Henry James; o, recientemente, de España, Carcoma, de Laila Martínez, y Lo demás es aire, de Juan Gómez Bárcena.
“La historia me surgió de manera natural. Casa tomada es una referencia, es uno de los cuentos de la literatura argentina y latinoamericana. Después hay una novela muy importante, pero que se lee poco, La casa, de Mujica Lainez.
Estas referencias estaban cuando apareció la idea de contar lo que yo quería contar, y lo que quería contar era la historia de la desaparición de la familia, pero no me interesaba tanto una novela de investigación policial. Me interesaba pensar qué pasaba con un espacio simbólicamente tan fuerte como es una casa cuando la familia que hizo de ella un hogar desaparece.
Antes era como un lugar de paso, un refugio, pero realmente es una casa que se convierte en hogar. Cuando Lucero forma su familia ahí. ¿Qué le pasa a ese espacio cuando queda vacío? Porque se intuye algo siniestro detrás de esa desaparición, aunque ella no sepa qué pasó, aunque no sepamos qué pasó.
En Argentina, también, tener una casa, tener un techo propio, es algo que históricamente siempre nos ha preocupado mucho”.
Una casa que cuenta su propia historia
Ahora el protagonismo es de un espacio, una casa donde viven personas. Y ese lugar es testigo de esas vidas que ha acogido.
“Todo empezó hacia 2022 cuando hacía una residencia de escritura en Saint-Nazaire, en Francia. Esta versión no fue la primera aproximación a la historia, era bastante más convencional. Había un narrador en tercera persona que transmitía todo lo que había pasado en esa casa. Pero mientras avanzaba en esa idea, en esa versión, se colaba una vocecita, era la voz de la casa.
Entonces, decidí abandonar esa versión y empezar de nuevo la novela con la casa como narradora. Empecé a escribirla muy claramente en el verano del 2025. Fui en una dirección donde eran dos casas y la protagonista era una mujer que investigaba la desaparición de la otra casa. Avancé bastante en esa versión, hasta abril del año pasado. Ahí me di cuenta de que no era la novela que yo quería escribir. Decidí dejar esa historia y tomar de esa versión las partes que tenían más que ver solamente con la casa y empezar de nuevo. Ahí apareció la idea y se impuso: que la casa contara su propia historia y la de ese lugar.
También decidí recuperar un guion para una película que había escrito con Maximiliano Schonfeld que se convirtió en Jesús López y en la que había quedado fuera una escena que me gustaba y que no rodó: el encuentro del personaje de la película con estos gauchos matreros que vivían así, sin darse cuenta de que estaban muertos en el monte.
Entonces traje los gauchos a esta nueva versión de la novela, que fue en la que trabajé entre abril y fines de octubre de 2025. Y ahí está la novela”.
La de una casa que empieza compartiendo su testimonio así:
“Abrí los ojos a una mañana que presentaba poca novedad. El aguaribay florecido ardía de abejas. Las gallinas escarbaban el suelo buscando lombrices. Una pollita joven desenterró un cordón de zapatilla y armó tal alboroto que las otras la persiguieron para robarle el botín. La Miní apareció entre los pastos; tan blanca y con las costillas marcadas, la galga, que si no fuera la pura luz del día, diría que no era un perro si no el ánima de un perro. Arrastraba un lagarto overo y el olor a sangre atrajo a sus cachorros. Pero la capitana rancha sola: les tiró unos tarascones y comió triturando cuero, huesos, carne, hasta hartarse. Después se echó a la sombra del tala y dejó que los hijos se prendieran a las tetas”.

El ánima de las cosas
Selva Almada parece despertar el ánima de las cosas, de los objetos de esa casa y de la casa misma. Y hay mucha ternura y también dolor.
“Tiene más que ver con la humanización, porque vos mismo dijiste el ánima de las cosas. Tiene que ver con el animismo. Objetos, animales y plantas tienen como un alma y se comunican entre ellos. Montes o bosques son organismos donde se interconectan los árboles y demás animales que tienen un ecosistema interrelacionado y donde cada parte es importante para la supervivencia del otro. Me gustaba la idea de armonía y de comunión que se establece entre todos esos seres y personajes.
La memoria de la violencia
La violencia que estaba en sus personajes masculinos ahora queda en la memoria de un territorio.
“Esa violencia es vista y sentida a través de la casa. Es una especie de memoria de todo lo que pasó por ese territorio. Abarca unos 120 años, desde las guerras civiles, de mediados del siglo XIX, hasta la época en que está ambientada la novela, los años noventa del siglo XX. Es como un reservorio o un relicario donde cada cosa guarda una historia y tiene un significado y un sentido.
En esta medida hay una conexión muy fuerte con la ecología, con el propio planeta. Tú mencionabas la palabra armónico o la armonía y para mí hay un mensaje sobre la necesidad de que estén en armonía la naturaleza, de manera orgánica, la casa y nosotros.
Y nosotros somos los que vamos creando un poco todo eso, porque cuando la casa empieza a contar todavía ese territorio estaba bastante intacto, bastante salvaje. Incluso ese monte servía de refugio a estos gauchos que se escapaban de las guerras, de las órdenes de los caudillos. Después viene la repartición de tierras, vienen los alambrados, viene el que tiene papeles de propiedad sobre la tierra. Vienen los cambios que sufre el trabajo de campo cuando ingresan las máquinas. Todo el progreso”.
Cuando el monte recupera su territorio
La naturaleza ocupa un lugar esencial en esta novela.
“Necesitamos mejorar nuestra relación con la naturaleza y tomar conciencia de dónde estamos. Es absurdo mirar para otro lado. Nos lo muestran las estaciones cada año, cada año hace más calor, cada año hace más frío, cada año… Pero el estado argentino niega el calentamiento global, y está clarísimo que existe.
Todas las cosas que además nos están arruinando la vida las han hecho otros humanos antes que nosotros. Hay que crear una relación más armoniosa con la naturaleza y entre nosotros, sin violencia.
Me gustaba la idea de algo que también ocurre: el hombre ha ido devastando este monte, después lo hace la mano de otro hombre que es el patrón, quien pone ese lugar en pausa, o sea, donde ya no se puede trabajar porque es un escenario de investigación, es la escena del crimen.
Y es ahí cuando el monte puede volver y puede empezar con más fuerza a ocupar el territorio que le corresponde, que siempre fue suyo. Y en ese lugar creo que la novela se vuelve bastante luminosa y optimista.
Me gusta esa idea de cómo en la propia indolencia de la vida creada por nosotros mismos se van creando esos hechos de la casa. Yo escribí una sucesión de historias, aunque prima la de esta familia que es protagonista de la novela, pero también están las pequeñas historias de esos otros que viven en el monte, de esos fantasmas que están ahí, de esas vidas que han pasado por ahí en algún momento”.

El lenguaje como organismo vivo
El lenguaje juega un papel crucial, natural, vívido. El poeta argentino Hugo Mujica dice que el lenguaje es el mejor invento del ser humano.
“No estoy inventando nada, obviamente, pero tengo muy presente el lenguaje como algo vivo, como algo que también es orgánico. El qué y el cómo son cosas para mí inseparables. Y le presto mucha atención al cómo.
Las historias, las tramas pueden ser más sencillas, pero cuál va a ser la voz de ese relato es algo que me preocupa mucho. Luego el lenguaje va mutando, cambia todo el tiempo, pero también, a veces, vuelven palabras que dejaron de usarse hace décadas, pero de repente reviven y vuelven a instalarse y vienen con toda su carga histórica. Además, es la significación de lo mismo”.
El abuelo que contaba historias
Selva Almada reivindica el arte de contar historias, como Sherezade.
“Apareció de manera inconsciente y después lo hice más consciente. En algún momento lo advertí. Mis novelas anteriores transcurren fuera de las ciudades, en pueblos pequeños. Esta es la primera novela que yo escribo en el campo, con el peso que tiene la palabra campo en Argentina, que es el peso de los terratenientes, de los dueños, no de los trabajadores del campo.
La única experiencia que yo tuve de chica de campo fue en la casa de mi abuelo que era un campesino pobre. Mi abuela paterna murió cuando mi papá era muy chiquito y él después se volvió a casar con una mujer que había heredado un pedacito de tierra, eran pobres, pero tenían ese pedazo de campito que trabajaban entre ellos.
Mi abuelo era un gran narrador oral. Le gustaba mucho contar historias, y lo hacía muy bien. Recuerdo que íbamos con mis hermanos y con mi primo durante los veranos, que son las vacaciones allá en Argentina, donde no había televisión, no había luz eléctrica, no tenían nada. Pero mi abuelo contaba historias y cuentos de la cultura popular a la noche, después de comer, mientras fumaba pipa.
Esta novela recupera esa memoria infantil del campo que tengo yo. Y recupera al abuelo narrador. Hace unos años me di cuenta de que, quizás, el hecho de que yo escribiera tiene que ver con eso”.

Contra la literatura que quiere explicarlo todo
Esa naturalidad contrasta con parte de la narrativa actual que trata de anteponer lo que el autor quiere transmitir frente al arte de contar.
“Se nota absolutamente. Me pasaba mucho cuando hace un par de años dando talleres de escritura llegaba alguien y decía: “Quiero escribir una novela sobre la relación madre e hija”. O sobre las madres. Pero, ¿qué es una novela sobre la relación madre e hija? Tráeme una escena que hable de eso, que me muestre eso, ni siquiera que hable, que me lo muestre.
Es un problema en la literatura reciente: la voluntad de pronunciarse frente al mundo. Y eso lastra el arte de la literatura.
Obviamente, cuando escribimos, no es que dejamos de ser las personas que somos fuera de la escritura. Es normal, es natural, que ciertas preocupaciones que tenemos aparezcan cuando estamos escribiendo nuestras ficciones. Son las cosas que nos interesan en la vida o las cosas que estamos mirando en ese momento, pero cuando eso es lo único que aparece en el texto a mí como lectora deja de interesarme.
No tengo ganas de leer una novela para saber qué piensa su autor sobre ciertas cosas del mundo; leo una novela para entrar a un mundo particular, un mundo que construyó ese autor para esa novela”.
La cultura frente a la barbarie
La literatura también se enfrenta hoy a quienes intentan socavar la cultura y los valores de la Ilustración.
“Es muy alarmante el avance de estas ultraderechas que, justamente, no tienen nada de ilustradas, como que son brutas, intentan socavar la cultura y el derecho a la cultura, el derecho a la educación pública, aunque en Argentina sigue existiendo la educación pública.
Eso es lo que me parece aterrador.
Es como si una horda de brutos irrumpiera en nuestros países para destrozarlos. La verdad es que más allá de lo que hablábamos hace un rato del daño que hemos dejado sobre el planeta, estamos viviendo un momento de ruina espiritual, humana y personal muy grande”.
Y la casa creada por Selva Almada es un solo eco de esas barbaries, como cuando empieza a dar pistas de lo que sucedió allí:
“No era llamativo que se fueran todos, lo inusual fue que no volvieran ni ese día, ni al otro, ni nunca hasta el día de hoy. Aquellos perros que tenían se dieron por vencidos rápido. A mí me dio rabia, al final no eran tan fieles como siempre se dice de los perros. Pero después me dio amargura, no que se fueran propiamente, sino que perdieran tan pronto las esperanzas de ver regresar a la familia”.
- Una casa sola. Selva Almada (Random House).

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