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La poeta española Ángeles Mora. /Foto de Teresa Gómez -cortesía editorial Tusquets

«Si no tuviéramos la música es como si nos faltara la respiración»: Ángeles Mora

AUTORRRETRATO ARTÍSTICO DE UN ESCRITOR 6 / La poeta española, que acaba de publicar 'Soñar con bicicletas', rememora sus primeros contactos con la belleza y las demás artes en Rute (Córdoba) que la han acompañado siempre: música clásica, cine, fotografía... Es nuestra invitada a esta serie de WMagazín, con apoyo de Endesa: "Si la música calla, ¿cómo nos guardaremos de la muerte?"

La caída del atardecer enciende las docenas de lucecitas de Benamejí, allá, al fondo del campo, envuelta en los delicados ecos árabes de La leyenda del beso tocada por la armónica de un niño de seis años en la terraza de su casa, en Rute (Córdoba, España). A su lado, su hermana Ángeles, de unos siete años, disfruta esas horas en las que los dos sueñan con atravesar el campo y llegar hasta el titilar de esas luces.

Es mediados de los años cincuenta. Es el umbral del primer recuerdo de Ángeles Mora con la belleza y las artes donde se funden paisaje, música y sentimientos en la cotidianidad. Pronto vendría el encuentro de verdad: el brío de la guitarra clásica de su padre en uno de los salones de esa misma casa con piezas de Isaac Albéniz, Enrique Granados, Francisco Tárrega…

En la adolescencia, en otro salón de la misma casa, de manera insospechada, llegaría a su vida la copla española, un primer asomo silencioso para tomar conciencia de la situación de la mujer y, después, acompañarla en su poesía porque ella lo que quería era leer y escribir.

Más tarde de lo que Ángeles Mora (Rute, Córdoba, 1952) deseaba, todo eso empezó a aflorar en forma de poemas. Cuando con 30 años publicó Pensando que el camino iba derecho, con 33 años La canción del olvido y con 38 La guerra de los treinta años.

Casi una veintena de poemarios y cuadernos y plaquettes después, Ángeles Mora es una de las poetas españolas más relevantes, con premios como el de la Crítica y el Nacional de Poesía 2016 por Ficciones para una autobiografía. Su reciente libro, Soñar con bicicletas (Tusquets), uno de los mejores de 2022, condensa gran parte de lo contado hasta aquí. Fiel a sus orígenes de la sensibilidad ante la belleza y del contacto con las artes a través de la música, Ángeles Mora forma arte del grupo De ficciones y canciones creado por su hija Cristina, un espectáculo donde lee poemas suyos a los que su hija ha puesto música, además de canciones de Cristina.

«Si no tuviéramos la música es como si nos faltara la respiración. Si la música calla, ¿cómo nos guardaremos de la muerte?», dice la poeta.

En una tarde de julio de 2022, desde su casa en Granada, la poeta rememora por video entrevista su vida para crear con WMagazín este Autorretrato artístico con un escritor:

La poeta Ángeles Mora junto a algunas obras de artes clave en su vida: de arriba abajo, 'La leyenda del beso', el compositor Isaac Albéniz, la copla española, la película 'Casablanca', y el 'Guernica', de Picasso. /WMagazín

Autorretrato artístico de un escritor: Ángeles Mora

«La casa donde nací, en Rute, tenía una terraza que daba al campo y se veía, a lo lejos, las luces de un pueblecito llamado Benamejí. Una vista muy bonita. Con seis o siete años, mi hermano Antonio y yo, que teníamos casi la misma edad, por las tardes noches nos gustaba irnos a esa terraza y pensar que atravesábamos el campo hasta llegar a Benamejí.

Mi hermano tocaba la armónica, le gustaba mucho la música. Me tocaba siempre La leyenda del beso, le encantaba esa pieza. Y con esa música veíamos el pueblo con sus lucecitas al fondo. Luego lo escribí en un poema titulado La duquesa de Benamejí, que es, a su vez, el título de una película española que cuando la oí me gustó.

Pero mi primer contacto con la belleza en las artes es con la guitarra clásica de mi padre. Albéniz, Granados, Tárrega… Por las tardes mi padre se sentaba a descansar en un salón de casa donde estábamos todos y se ponía a tocar la guitarra. Mi hermano y yo nos íbamos a verlo tocar. Me fascinaba porque lo que tocaba era, por ejemplo, Cádiz, de Albéniz; o Una lágrima, de Tárrega, hay un poema mío donde pongo la cita de esta canción. Capricho árabe también me gustaba mucho.

La guitarra fue el primer contacto que tuve con la música, de verdad.

Yo quise tocar la guitarra, pero no tuve paciencia. Otro hermano mío mayor si tocó la guitarra clásica y flamenco.

Una vez me preguntaron, en una entrevista, qué piezas musicales aún me emocionaban mucho. Creo que puse Recuerdos de La Alhambra y Cádiz.

Éramos cinco hermanos, yo soy la cuarta, con distancia de los tres primeros. Mis padres tuvieron primero tres hijos en Canarias, de donde era mi madre, mi padre nació circunstancialmente en Ronda, pero era gaditano. Mi abuelo paterno vivía en Cabra. Mi padre era médico y se cansó de trabajar en barcos y transatlánticos y se quiso acercar a su familia. Consiguió una plaza de médico titular en Rute, que está cerca de Cabras, pensando en que un día trabajaría allí, pero se jubiló en Rute.

Mi abuela paterna tocaba el piano, era muy buena. En Cádiz tuvo contacto con Manuel de Falla. A mi hermano y a mí nos fascinaba cuando mi abuela nos tocaba el piano. Recuerdo la época de jazmines en el patio de la casa porque mi abuela tocaba y con el olor de los jazmines el ambiente se tornaba muy bonito. Un recuerdo inolvidable que he escrito en un poema, pero no publicado, es el de mi abuela tocando el piano.

Me gustan Chopin, Brahms, y los compositores de temas para guitarra que fueron los primeros que me acompañaron y emocionaron.

Los clásicos me gustan, naturalmente. Suelo ir todos los años a alguno de los Conciertos del Festival de Música y danza de Granada. Algunas obras musicales clásicas las cito en mis libros también. Este año estuve en el Concierto de la Orquesta Filarmónica de Montecarlo (Martha Argerich, piano, y Charles Duton, director). Todo un espectáculo.

Aunque la música clásica me gusta mucho, curiosamente en mi poesía ha influido más la música popular. Hay una razón: cuando tenía 14 años, y terminé cuarto, me cansé de estudiar. Quería leer y escribir. Le dije a mi padre que no quería estudiar más, y dijo “bueno”. Seguramente si yo hubiera sido un chico no me hubiera dicho “bueno”.

Ellas cosían oyendo la radio y las radionovelas. Me pasé un año haciendo las cosas que me mandaban mis hermanas, dobladillos, cosas que yo podía hacer. Pero me sirvió para aprender la copla española y aprenderme las letras porque las canciones se repetían con frecuencia. Me han servido mucho. Llegó el momento en que me di cuenta de que las mujeres teníamos una situación secundaria en la sociedad y eso me parecía injusto. Eso sirvió para analizar mi educación sentimental.

Al final solo dejé de estudiar ese año, esa vida de coser no era para mí. Entonces hice Magisterio en Rute, pero examinándome en la Normal de Córdoba.

Cuando estaba cosiendo con mis hermanas y escuchaba las coplas no me daba cuenta de esa situación de la mujer. Eso fue después. Por ejemplo, cuando me casé, que fue muy pronto, y me fui a Barcelona porque quería estudiar. Con mi marido ya en Barcelona me matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras. Pero me quedé embarazada y tuve que dejarlo. Ahí empecé a darme cuenta de lo que pasaba con las mujeres… Tuve tres niños, pero no podía estudiar, ni escribir, ni hacer lo que quería porque tenía que estar con mis hijos, y criarlos, y sacarlos al parque… Ahí empecé a decir: No, esto no es lo que yo quería, ni me parece justo… lo que no quiere decir que no disfrutase mucho con mis hijos. Fueron unos diez años de “vida oculta”, suelo pensar, en los que estuvimos muy unidos: yo con ellos y ellos conmigo.

En cambio, mi marido, que era ingeniero, se matriculó en Ciencias Económicas, y él sí la terminó, pero yo tuve que dejarlo. Por eso revisé todo el tema de la educación de las mujeres, cómo se nos situaba en lo privado, cómo éramos sentimiento, nosotras no éramos… Las poetas en los tiempos primeros tenían que escribir, como decía Rosalía de Castro, de palomas y de flores. No podían ocupar ese terreno público que se consideraba que era del hombre. Todo eso es lo que yo medito en mis primeros libros. Sobre todo en La canción del olvido y La guerra de los treinta años.

Las coplas me sirvieron mucho porque esas letras no tenían desperdicio. Esos versos los tengo recogidos en poemas. En La canción del olvido tengo muchos de esos poemas donde los analizo.

Al llegar a Granada, a comienzos de los años 80, cuando ya pude estudiar Filología Hispánica, fue cuando comencé a escribir en serio y a revisar y meditar sobre el papel social de la mujer en mi poesía. Fue también cuando entré en contacto en la Facultad de Filosofía y Letras con poetas, profesores y profesoras importantes para mí. Y destaco, inevitablemente, a Juan Carlos Rodríguez, con quien tanto quise y aprendí, y que finalmente acabó siendo mi compañero de vida.

En la música actual no estoy muy puesta, pero el jazz me encanta.

Con mi hija Cristina Mora y Moisés P. Sánchez participo leyendo poemas míos en el espectáculo titulado De ficciones y canciones, creado por Cristina con canciones suyas, algunas compuestas a partir de poemas míos y otras con letra y música de ella. Nos acompaña siempre el piano de Moisés y también con batería, trompeta… depende.

En mi poema Feeling, canción o la posibilidad de decir, un poema importante en mi vida, hablo del poder la música. Si no tuviéramos la música es como si nos faltara la respiración. Si la música calla, ¿cómo nos guardaremos de la muerte?

Pero cuando escribo, escribo en silencio.

Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en ‘Casablanca’, de Michael Curtiz.

Las bandas sonoras de ciertas películas clásicas, también, me gustan: Amarcord, Lone Star, El tercer hombre, Casablanca, Luces de la ciudad, Cinema Paradiso, Moon River, My Fair Lady, In the Windmills of Your Mind…

El cine entra mucho en mí. Tengo una relación muy especial con él porque me ha dado mucho y lo he recogido en mi obra poética. Por ejemplo, Casablanca, en un poema clásico mío que recoge la historia paralela a la historia de la película.

El tercer hombre me ha maravillado. Tengo un poema sobre esa película en La guerra de los treinta años. Fue muy importante, me ayudó mucho a meditar sobre la vida, y nuestra vida.

Al cine iba desde niña, los domingos. Después salíamos corriendo al fútbol. Me gustaba mucho el fútbol y quería jugar, pero no me dejaban. Mi hermano y sus amigos me dejaban de portera. Pero en mis sueños quería ser delantero centro. Meter un gol por la escuadra. Soñé eso antes que con el príncipe azul.

En mi relación con el teatro está Valle-Inclán. He leído desde joven Divinas palabras, las Sonatas, Luces de Bohemia, El Marqués de Bradomín… Un genio.

A Lorca, que lo leo desde muy joven, también lo llevo muy dentro: he hecho por ejemplo una edición de su Mariana Pineda (se titula Mariana Pineda. Unas páginas, una emoción). Su Teatro imposible me parece una genialidad. Y su manera de enfocar el tema de la mujer. Con Mariana Pineda inicia una serie de creaciones teatrales caracterizadas por la fuerza y el valor social de las figuras femeninas, protagonistas y nunca comparsas, representativas de las diversas pasiones que arrastra el ser humano.

Miguel Mihura también me interesó (Sublime decisión fue un título que utilicé, ya no recuerdo si para un poema o un relato). También Edgar Neville. Muy bueno. He visto un par de obras muy interesantes de La Zaranda. La batalla de los ausentes, la última, en Madrid. Y hace poco también en Madrid he visto la obra de Mayorga Silencio, con Blanca Portillo: una maravilla.

‘Guernica’, de Pablo Picasso’, en el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid. /Imagen del MNRS

Con la pintura mi relación es menor, aunque quise ser pintora. Hice un cursito, pero no era lo mío. Está en mis poemas. Tengo un poema sobre las cuatro estaciones del año con temas pictóricos.

Hay muchos cuadros y artistas que al verlos me han impactado. El Guernica de Picasso, tan impresionante. El Museo del Prado me ha emocionado siempre y lo he visitado bastante cuando vivía en Madrid. Claro, cómo no citar a Velázquez y Las Meninas y mucho más de Velázquez, Goya… Pero tantísimos otros.

Hace poco estuve en El Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando donde también hay una muy buena colección de Goya. Y de muchos otros. Y también pude ver una exposición temporal de Picasso. Igualmente está allí Romero de Torres (por cierto, uno de los primeros Museos que vi en mi vida fue en Córdoba: el Museo de Romero de Torres). En París (que me fascinó) estuve en el Museo Pompidou, maravilloso. En Barcelona viví muy cerca de La Sagrada Familia y me impresionaron también las casas de Gaudí o el Parque Güell.

En mi salón tengo tres cuadros (serigrafías) preciosos de Rafael Alberti. En Madrid conocí a un gran pintor, José Lucas: y tengo cuadros suyos en mi casa. Y en Granada vive y crea otro gran pintor: Juan Vida, también en mi salón y que ha ilustrado tres libros míos. Maureen L. Booth es otra maravillosa pintora que vive en Pinos Genil (Granada) y que igualmente ha ilustrado libros míos y también alegra mi casa, lo mismo que Carmen Casas o José Horcajada, arquitecto y pintor, en la cubierta de otro de mis libros.

De Italia me impresionaron muchas cosas. En Roma la Fontana di Trevi, el Coliseo, la Plaza de España… Escultor, como no, Miguel Ángel.

¡La fotografía me encanta! Es una forma de mirar parecida a la poesía. Para mí el poeta es casi como un fotógrafo. Lo mismo que un fotógrafo ve la vida  través de la distancia de su cámara, pues el poeta también. La mirada del poeta y del fotógrafo es parecida. El poeta es como si tuviera un objetivo y ve a través del objetivo, ve la cotidianidad de otra manera que, normalmente, la gente no se da cuenta. Eso también lo hace el fotógrafo. Y luego está la mirada subjetiva, la cámara subjetiva. También tengo un poema sobre la cámara subjetiva.

El contacto con la belleza lo he tenido siempre. La belleza te trastorna. Estuve en un concierto en La Alhambra en los Jardines del Generalife, una maravilla. Recuerdo cuando llegué a Granada, en los años ochenta, cuando realmente estudié Filología Hispánica y me iba con una amiga a los Jardines a estudiar, pero no sabíamos si estudiar o contemplar.

La belleza es una noche en la Alhambra. Alberti recitando a Lorca. Mi amor susurrándome algo al oído. La belleza está dentro de nosotros, y es también una manera diferente de mirar el mundo».

  • Ángeles Mora nació en Rute (Córdoba) y en 2017 fue nombrada «Hija predilecta» por su ayuntamiento. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, donde vive desde comienzos de los años ochenta, es también miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada. En 1982 publicó su primer libro de poemas: Pensando que el camino iba derecho. En 1989 obtuvo el Premio Rafael Alberti de poesía con La Guerra de los treinta años, en 2000 el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla por Contradicciones, pájaros, libro traducido al italiano en 2005. Además, ha publicado La canción del olvido (1985), La dama errante (1990), Antología poética (1995), ¿Las mujeres son mágicas? (2000), Caligrafía de ayer (2000) y Bajo la alfombra (2008). En 2016 recibió el Premio Nacional de la Crítica y el Premio Nacional de Poesía por Ficciones para una autobiografía (2015), con traducción al italiano en 2022. Asimismo, es autora de La sal sobre la nieve. Antología 1982-2017 (2017 y 2021), Érase un chico que no tuvo un gato (2018), Casi un cuento (2018), Canciones inaudibles (2018, 2019); Spiegel der Spione/ Espejo de los espías (Hochroth, Heidelberg, 2019) y Contigo misma: Poemorias (2020). En 2017 fue reconocida con la «Bandera de Andalucía», que otorga la Delegación del Gobierno Andaluz en Granada, y el «Premio Mariana Pineda a la Igualdad entre mujeres y hombres» del Ayuntamiento de Granada. (Información de editorial Tusquets).

Serie Autorretrato artístico de un escritor

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