El escritor alemán Thomas Mann (1875-1955) en un detalle de la portada del libro ‘Un resumen de mi vida’ (Nórdica Libros). /WMagazín
Thomas Mann y la búsqueda de la belleza desde el dolor y el desconcierto personal, social y político
Recordamos los orígenes personales y literarios del gran escritor alemán en el 150 aniversario de su nacimiento (6 de junio de 1875). Conectamos pasajes de su debut en 'La caída' con sus primeros años evocados por él mismo en 'Resumen de mi vida' y su vida novelada en 'El mago', de Toíbín
“Primero se enamoró de su rostro, después de sus manos, después de sus brazos, que tuvo ocasión de ver desnudos durante la representación de una obra ambientada en la antigüedad… y un buen día llegó a amarla por completo. Incluso se enamoró de su alma, que en realidad aún no conocía”.
Son las primeras palabras del debut literario, con 19 años, por Thomas Mann (1875-1955), de quien se conmemoran 150 años de su nacimiento, el 6 de junio de 1875. La caída, de 1894, se titula aquella primera novela corta donde habla del amor, las incertidumbres sentimentales y los laberintos de la condición humana. Temas sobre los cuales ahondaría y perfeccionaría en estilo en novelas, cuentos, ensayos, obras de teatro e incluso cartas hasta convertirse en uno de los más grandes y exquisitos escritores e intelectuales del siglo XX. Un joven de familia acomodada que quedó huérfano de padre a los 14 años. En 1914, comienzo de la Primera Guerra Mundial, era prusiano, la civilización alemana, la cultura alemana y enemigos por todas partes, Rusia, Francia, Inglaterra. Mann era monárquico, pero seis años después era demócrata. Su cambio siguió y, diez años después, se convirtió en un enemigo implacable de Adolf Hitler y del nazismo; y diez años después fue el enemigo más importante de Hitler en los Estados Unidos, donde emigró tras el ascenso del nazismo.
Un autor de prosa laberíntica, intelectual y filosófica, con temas que buscan trascender al individuo y al tiempo con una treintena de obras entre las que destacan títulos como:
Los Buddenbrook (1901).
Muerte en Venecia (1911).
La montaña mágica (1924).
José y sus hermanos (tetralogía, 1933-1943)
Doctor Fausto (1947).
Pero La caída es aquella historia de amor que marca su inicio literario. Un origen recordado en 2025 cuando se conmemora un siglo y medio de su nacimiento en Lübeck (Alemania) y que el propio Thomas Mann rememora en Resumen de mi vida (Nórdica Libros):

“Nací en Lübeck en 1875. Fui el segundo hijo de Johann Heinrich Mann, comerciante y senador de la Ciudad Libre, y de su esposa, Julia da Silva Bruhns. Mientras que mi padre era nieto y bisnieto de ciudadanos de Lübeck, mi madre había venido al mundo en Río de Janeiro: era hija de un alemán, propietario de algunas plantaciones, y de una brasileña, medio criolla, medio portuguesa, a la que habían trasplantado a Alemania con siete años de edad. Era de tipo manifiestamente latino, de joven había sido una belleza muy admirada y de una extraordinaria sensibilidad musical. Si me pregunto de quién he heredado mis aptitudes, tengo que pensar en el famoso versito de Goethe y afirmar que yo también poseo ‘la rigurosidad en la vida’ de mi padre, pero la ‘naturaleza jovial’, es decir, la inclinación artística y la sensibilidad y, en el más amplio sentido de la palabra, el ‘gusto por contar cuentos’ de mi madre”.
Fue así como con 19 años, cinco años después de la muerte de su padre, mientras trabajaba escribió aquel cuento largo sobre el amor, el destino, la fragilidad, los primeros esbozos sobre el alma humana y las alegrías, dudas, temores, desencantos o “confusiones” de los sentimientos a los que él mismo se enfrentaba en secreto y que en La caída transfiere a otros jóvenes:

“Su amor le costó una fortuna. Al menos una noche de cada dos ocupaba un asiento de platea en el teatro Goethe. Tenía que pedirle dinero continuamente por carta a su mamá, para lo que pergeñaba las excusas más extravagantes. Pero, al fin y al cabo, mentía sólo por ella, y eso lo disculpaba todo.
Cuando supo que la amaba, lo primero que hizo fue ponerse a escribir poesías: la célebre ‘lírica silenciosa’ alemana.
De este modo muchas veces se quedó sepultado bajo los libros hasta altas horas de la madrugada, acompañado únicamente por el monótono tic-tac del pequeño despertador de la cómoda y por algunos pasos solitarios que resonaban de vez en cuando en el exterior. Muy arriba en el pecho, en el arranque del cuello, se le había asentado un dolor blando, tibio y líquido que muchas veces pugnaba por subir hasta sus fatigados ojos. Pero como le daba vergüenza llorar de verdad, se limitaba a descargar sus lágrimas sobre el paciente papel en forma de palabras”.
Palabras de sensaciones premonitorias o evocaciones sobre lo que Thomas Mann viviría o había vivido, como recuerda en su diario. Una persona que mantuvo en tensión el dilema entre la vida y el arte, tuvo una metamorfosis política importante, buscó la belleza y creo máscaras por su homosexualidad o bisexualidad como escribe en su diario:
“En aquel tiempo tenía una cordial relación de amistad con dos chicos del círculo de mis hermanas, hijos de E[hrenberg], un pintor de Dresde, profesor en la Academia. La simpatía con la que veía al más joven, que también era pintor, y por aquel entonces iba a la Academia, donde era alumno de Zügel, el famoso pintor de animales, además de tocar maravillosamente el violín, fue algo así como una resurrección de los sentimientos que me había inspirado aquel compañero de escuela rubio, ya fallecido, aunque mucho más afortunada gracias a nuestra mayor cercanía intelectual. Karl, el mayor, músico de profesión y compositor, es hoy profesor del Conservatorio de Colonia. Mientras su hermano pintaba mi retrato, él nos tocaba Tristán con su estilo tan admirablemente armónico y melodioso. Como yo también tocaba un poco el violín, interpretábamos juntos los tríos, montábamos en bici, en carnaval íbamos a ver las ‘danzas de campesinos’ de Schwabing y, a menudo, en mi piso o en el de los hermanos, disfrutábamos entre los tres de unas cenas de lo más amigables. A ellos les debo la experiencia de la amistad, que, de otro modo, apenas habría tenido. Con su educada inocencia vencían mi melancolía, mi timidez y mi irritabilidad, al considerarlas sencillamente como cualidades positivas y efectos colaterales de unos talentos que ellos apreciaban. Fueron buenos tiempos”.

Ese cruce de ideas, emociones, sentimientos, vivencias individuales y colectivas, pero con mucha carga interior las plasmaría en todas sus obras que buscan indagar dentro del ser humano y sus motivaciones. Desde pequeño fue así, y así se recordaba él aquellos primeros años que también nutrirían su literatura:
“Tuve una infancia mimada y feliz. Los cinco hermanos, tres chicos y dos chicas, crecimos en una elegante casa de la ciudad que mi padre se había construido para él y los suyos, disfrutando de un segundo hogar en la antigua casa familiar situada junto a la iglesia de Santa María, en la que vivía sola mi abuela paterna y que hoy, conocida como ‘Casa de los Buddenbrook’, es objeto de la curiosidad ajena. Sin embargo, los periodos más dichosos de mi infancia y mi juventud eran las semanas de vacaciones que pasábamos todos los años en Travemünde, con sus mañanas de baños en la playa de la bahía del Báltico y sus tardes a los pies del templete de música situado frente al hotel, que prácticamente adorábamos con igual pasión. El idilio refinado, acogedor y sin inclemencias de las temporadas en aquel lugar, con sus menús de varios platos, me agradaba de un modo imposible de describir y favorecía sobremanera mi inclinación natural, medianamente corregida mucho tiempo después, a la pereza soñadora, de manera que cuando concluían aquellas cuatro semanas, que al principio parecían no tener fin, y volvíamos a casa a la vida cotidiana, mi pecho se sentía desgarrado por el suave dolor de la autocompasión”.
Es Thomas Mann en estado puro que da testimonio con su puño y letra. Unos primeros años decisivos en lo personal, profesional y creativo que delinearon un futuro imprevisto, como lo expresa la Academia Sueca que lo distinguió con el Premio Nobel de Literatura en 1929:
“Thomas Mann fue un autor polifacético con una prolífica producción de ficción y novelas. Hijo de un comerciante, se esperaba que se hiciera cargo de la empresa familiar de cereales en Lübeck, pero al igual que su hermano mayor, Heinrich, decidió dedicarse a la escritura. En 1905 se casó con Katia Pringsheim y la pareja tuvo seis hijos, tres de los cuales también se convirtieron en escritores. Mann se opuso al nazismo y, durante las décadas de 1930 y 1940, la familia se vio obligada a exiliarse. Thomas Mann pasó los últimos años de su vida fuera de Zúrich”.
Una vida personal y literaria que Colm Tóibín noveló bajo el título de El mago (Lumen). El escritor irlandés explicó en una entrevista a WMagazín que “Thomas Mann es, a veces, como un fantasma en su propia vida… El vivía a través de la mirada. Por ejemplo, cuando él entra en una habitación donde todos hablan, gritan, defienden sus opiniones, él llega y se sienta en silencio, mirando algo”.
Y Tóibín sigue con su retrato de Mann que arroja luz sobre la génesis de sus obras: “Es un hombre que casi no es hombre, una persona que casi no es persona, con máscaras y que casi no tiene centro. Si hablamos genéticamente, él tenía todo el peso de Lübeck, de ser hijo de una familia prestante. Cuando tenía 15 años perdió todo, a partir de ahí el resto de su vida es migrar, y es emigrante en Suiza y después en Francia y es emigrante en los Estados Unidos y después de la Segunda Guerra Mundial es emigrante en Alemania”.

La vida familiar de Thomas Mann fue turbulenta: sus dos hermanas se suicidaron, sus hijos le dieron muchos quebraderos de cabeza con varios escándalos sexuales, de drogas, económicos, sobre todo Erika y Klaus, que al final se suicidó. A eso hay que sumar la pérdida de su mundo en Lübeck, de Europa, de una época que influyó en la evolución de su pensamiento y posición política.
En el libro Resumen de mi vida desvela su génesis:
“Aborrecía la escuela y nunca cumplí con sus exigencias. La despreciaba en su entorno, criticaba las formas de sus directores y pronto me vi situado en una especie de oposición literaria a su espíritu, su disciplina y sus métodos de adiestramiento. Mi indolencia, necesaria tal vez para mi particular desarrollo, mi necesidad de tener mucho tiempo libre para el ocio y la lectura sosegada, así como un espíritu verdaderamente perezoso, del que sigo adoleciendo aún hoy, hicieron que me resultara odiosa toda obligación a aprender y tuvieron como consecuencia que, tercamente, hiciera caso omiso de ella. Puede ser que la rama humanística hubiera sido más adecuada a las necesidades de mi espíritu. Destinado a ser comerciante (al principio incluso a heredero de la empresa), asistí a los cursos de ciencias del Katharineum, pero lo único que llegué a conseguir fue el diploma que me autorizaba a hacer un año de servicio militar voluntario, es decir, hasta que tuve que pasar al segundo curso del bachillerato. Prácticamente todo el tiempo que duró esta carrera, entrecortada e insatisfactoria, me unió al hijo de un librero declarado en quiebra y ya fallecido una gran amistad, que fue fortaleciéndose con las burlas y los sarcasmos absurdos y de humor negro que proferíamos acerca de «todo», aunque fundamentalmente sobre «la institución» y sus funcionarios.
Con estos últimos me perjudicó mucho el hecho de que yo «escribiera poesía». No fui muy discreto en lo tocante a ello, probablemente por vanidad. Un romance a la heroica muerte de Arria, Paete, non dolet, con el que quise presumir ante un compañero y que este, en parte por admiración, en parte por maldad, entregó al catedrático, hizo que mis superiores vieran ya con claridad en octavo curso mis peculiares aptitudes en contra de las normas jerárquicas. Me había iniciado con unas piezas de teatro infantil que representaba con mis hermanos pequeños ante mis padres y mis tías. Luego siguieron unos poemas dedicados a un amigo muy querido, que con el nombre de Hans Hansen ha cobrado cierta vida simbólica en Tonio Kröger, aunque en la vida real sucumbió luego a la bebida y tuvo un triste final en África. No puedo decir qué fue de la compañera de clases de baile de morenas trenzas a la que dediqué mis posteriores poemas de amor. No fue hasta mucho después cuando empecé a hacer algunos intentos narrativos, incluso hasta haber dejado atrás una fase de críticas y ensayos. Porque en una revista estudiantil, de carácter poco escolar, titulada Der Frühlingssturm (La tormenta de primavera), que yo mismo edité en los primeros años del bachillerato junto con algunos revolucionarios alumnos de último curso, destaqué sobre todo como redactor principal de artículos de carácter filosófico y provocador.
Hace cinco años (con ocasión del séptimo centenario de la Ciudad Libre) que volví a encontrarme en Lübeck con mi profesor de Alemán y Latín de primero. A este profesor de pelo cano, ya jubilado, le dije que, a pesar de haber dado siempre la impresión de ser un completo holgazán, en silencio había sacado mucho provecho de sus clases. Para demostrárselo le repetí la frase con la que continuamente solía elogiar ante nosotros las baladas de Schiller como una lectura incomparable: ‘Esta no es la primera cosa buena que leen ustedes, ¡es lo mejor que pueden ustedes leer!’. ‘¿Yo decía eso?’, me preguntó, y le divirtió mucho”.
Poco después llegó el gran cambio en su vida, el suceso que determinaría su futuro:
“Mi padre murió relativamente joven, cuando yo tenía quince años, a causa de una septicemia. Gracias a su inteligencia y a sus dotes para el trato era un hombre muy apreciado en la ciudad, popular e influyente, pero hacía ya años que no le causaba demasiada alegría ocuparse de la marcha de sus negocios privados, así que tras un funeral que, en lo tocante a honores y asistencia de público, sobrepasó todo lo que se había venido viendo en ese orden desde hacía mucho tiempo, se disolvió la empresa de cereales, que tenía más de cien años de vida. También se vendió la casa de la ciudad, igual que habían hecho antes con la de la abuela, y cambiamos aquel espacioso hogar, en cuyo salón de baile con suelo de parqué los oficiales de la guarnición habían hecho la corte a las hijas de las clases altas de la sociedad, por uno más modesto, una casa con jardín en las afueras. Pero mi madre abandonó muy pronto la ciudad. A ella le gustaba el sur, las montañas, Múnich, que había conocido en los viajes con mi padre, y se trasladó allí con mis hermanos pequeños, mientras que a mí, para que terminase provisionalmente los estudios, me dejó como pensionista en casa de un profesor del liceo, junto con otros hijos de terratenientes y aristócratas de Mecklemburgo y de Holstein, que iban a la escuela en Lübeck.
Recuerdo aquella época con mucha alegría. La ‘institución’ no esperaba ya nada de mí, me había abandonado a mi suerte, absolutamente oscura para mí mismo, pero cuya inseguridad no conseguía angustiarme, porque, a pesar de todo, yo me sentía sano y con ingenio. Iba a clase, pero en todo lo demás, por decirlo de alguna manera, iba por libre y me entendía bien con mis compañeros de pensión, en cuyas tempranas reuniones estudiantiles participaba de vez en cuando con campechana alegría. Después, tras haber alcanzado la meta de la formación escolar con la que me conformaba, seguí a los míos a la capital bávara y allí, con la palabra provisional en el corazón, ingresé como voluntario en las oficinas de una compañía de seguros contra incendios, cuyo director había llevado antes en Lübeck un negocio similar y había sido amigo de mi padre”.
Y es en esa época cuando llega el segundo suceso clave y que definió su universo:
“Un episodio curioso. Entre funcionarios resfriados yo copiaba formularios al tiempo que escribía a escondidas, en mi pupitre inclinado, mi primer relato, una novela de amor titulada Gefallen (La caída), que me proporcionó mi primer éxito literario. No solo porque se publicase en Die Gesellschaft (La sociedad), la misma revista de carácter socialista y naturalista, de M. G. Conrad, que ya en mis años de escuela me había publicado un poema que había gustado mucho entre jóvenes, sino porque además me valió una carta calurosa y alentadora de Richard Dehmel, y un poco después incluso la visita del admirado poeta, cuya entusiasta humanidad había percibido alguna huella de mi talento en aquel producto manifiestamente inmaduro, aunque quizá no carente de melodía y que desde entonces, hasta su muerte, siguió mi camino con simpatía, amistad y honrosas profecías.
Mi trabajo en la oficina, que desde el principio había considerado como una mera salida provisional, concluyó al cabo de un año. Con ayuda de un abogado que asesoraba a mi madre y que se había ganado mi confianza, conquisté la libertad. De acuerdo con él declaré que quería ser ‘periodista’, me matriculé como oyente en la Escuela Superior de Múnich, en la Universidad y en el Politécnico, y fui a clases que parecían adecuadas para prepararme de manera general para aquella profesión un tanto indeterminada: cursos de historia, economía política, historia del arte y de la literatura, a los que acudí de manera regular durante un tiempo y no con poco provecho. En particular me fascinó un seminario sobre ‘épica cortesana’ que en aquel entonces impartía en el Politécnico Wilhelm Hertz, poeta y traductor del alto alemán medio”.
Después de aquello la escritura se convirtió en el corazón de su existencia. Sentir, observar, pensar, buscar belleza, buscarse a sí mismo, escribir, sentir, reflexionar, seguir buscándose a sí mismo, mirar atrás, adelante, huir, detenerse… Colm Toíbín lo resume así:
“Alemania también había creado belleza desde el dolor, y Mann crea belleza desde su propio dolor. Para él la belleza tiene que ver con la cultura. Pensaba que la cultura alemana tenía raíces en esas historias de Faustus, de la muerte, de lo sombrío en vez de ser feliz y que la belleza venía de algo similar. La belleza para él tenía una profundidad y venía de la ambigüedad entre el sufrimiento y lo que puedes utilizar de experiencias difíciles como la muerte o perder el amor. Por ejemplo, la música de Bach tiene belleza y profundidad”.
No en vano, Colm Tóibín cierra su novela con el recuerdo del niño Thomas escuchando una historia de su madre sobre un largo camino que hace Johann Sebastian Bach en busca de un hombre que le revelará un secreto.
-¿Y cuál es el secreto? preguntó Thomas.
-Se llama Belleza —respondió su madre—. El secreto se llama Belleza. Le dijo que no tuviera miedo de expresar la Belleza en su música. Y durante semanas y semanas y más semanas Buxtehude le mostró cómo conseguirlo”.
Y Thomas Mann fue en su busca toda su vida, como dan cuenta de manera directa o con el subtexto de algunos de sus libros. Y muy joven descubrió que una forma de belleza, aunque él la llevara en secreto, era el amor. Lo escribió en su primer libro, con 19 años, que tituló La caída, con un aire de desconcierto:
“Sí, el joven se había trastornado por completo. El mundo se había hundido a su alrededor y ahora, entre cientos de nubecitas rosas y de amorcillos rococó tocando el violín, él vivía flotando el paso de las semanas. ¡Feliz, feliz, feliz! Sólo con que le permitieran quedarse tendido a los pies de Irma mientras las horas volaban imperceptiblemente y, la cabeza echada hacia atrás, pudiera sorber el aliento de su boca… El resto de la vida dejaba de existir, definitivamente. Lo único que existía todavía era eso que en los libros recibe el feo nombre de ‘amor”.
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