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Detalle de la portada de ‘Franco y yo’, de Jesús Ruiz Mantilla (Galaxia Gutenberg). /WMagazín

Un retrato de Francisco Franco que reflexiona sobre la tragedia de España y busca conjurar las dictaduras

Jesús Ruiz Mantilla publica 'Franco y yo' donde novela la vida del tirano y cómo se ha reflejado en la suya de niño y adulto. Lo hace a través de un retablo de 39 capítulos, el número de años que sometió al país (de la Guerra civil (1936-39) a su dictadura (1939-1975). El periodista analiza la evolución de conceptos como libertad y lenguaje en 50 años

Esta es una historia del descubrimiento del asombro que da la libertad, al mirar al viejo mundo de una dictadura y vivir el nuevo de la democracia. Se trata de una biografía de Francisco Franco (1892-1975), que sometió a España durante 39 años (desde la Guerra Civil, de 1936 a 1939, hasta su dictadura oficial de 1939 a 1975 cuando murió) con el impacto sobre el país y la huella dejada tras su muerte a partir de la vida de un niño que tenía diez años en aquel momento. Es una triple biografía: la del dictador (de su vida personal a sus relaciones y con documentos inéditos), la de la cotidianidad y pensamientos de ese niño que se hace adulto, como reflejo de su generación, y la de la vida de España en ese túnel y su travesía hacia la libertad y la democracia. El resultado es una memoria histórica, sociológica, política, cultural, pero, sobre todo, emocional, plasmada en este retablo novelístico titulado Franco y yo, de Jesús Ruiz Mantilla (Santander, España, 1965), publicado en Galaxia Gutenberg.

La novela consta de treinta y nueve capítulos, el mismo número de años que estuvo España bajo el dominio de Franco “tratado como personaje de ficción, con el rigor histórico de la biografía”. El escritor y periodista de El País aborda en cada capítulo un tema o concepto que involucra al dictador y que se desdobla en la presencia de la vida de Ruiz Mantilla: desde temas como novias, guerra, economía, aprender inglés o don Juan. Una estructura que acerca al lector español a su experiencia propia o escuchada, lo cual crea una cierta complicidad y afecto; mientras al lector no español le recuerda o le descubre un mundo bajo una dictadura, lo que le despierta la solidaridad y la empatía. Entre otras cosas porque Franco y yo tiene una prosa ágil que reconstruye la tragedia de un país sin olvidarse de la ironía, la gracia, el humor o las anécdotas.

El periodista y escritor Jesús Ruiz Mantilla. /Foto cortesía Galaxia Gutenberg

Hay dos conceptos capitales que trascienden el libro y sobre los que Jesús Ruiz Mantilla reflexiona para WMagazín: libertad y lenguaje.

¿Cómo siente que ha evolucionado o se ha transformado la Libertad en España desde la muerte de Franco?

Hemos pasado sencillamente de un periodo en el que la libertad estaba completamente restringida en la esfera política, social y cultural, a una democracia plena y reglada en base a los derechos y libertades fundamentales. La libertad política no existía sencillamente porque no se le daba al ciudadano la posibilidad de elección de su poder legislativo ni ejecutivo y consecuentemente del judicial. Cualquier forma de expresión ideológica distinta al régimen se penaba con prisión. La social estaba completamente controlada por los dogmas eclesiásticos y la cultural tenía que pasar la censura. Con la democracia llegó la libertad política, se implantó un estado laico y se dio paso a una libertad de expresión total que abrió las posibilidades de nuestra cultura de manera total. Todos los discursos que afirman que en la dictadura existía más libertad no son producto de ninguna nostalgia, son sencillamente mentira.

¿Cómo se ha alterado el lenguaje y la palabra en este medio siglo de democracia en España?

De manera completa, la llegada de la democracia fue el aprendizaje y, por tanto, la toma profunda de conciencia de un nuevo lenguaje. Irrumpieron de pronto a la esfera pública términos vedados: libertad, democracia, constitución, amnistía, partidos políticos, ideología, elecciones, soberanía nacional, Estado de derecho, derechos humanos… A todo se le dio un pertinente significado y con ello aprendimos el lenguaje de la libertad y la democracia.

¿Cuál cree que es la emoción o el sentimiento con el que más se identifican los españoles hoy?

Creo que el de solidaridad, y eso nos lleva a una reflexión producto de la experiencia. Desde la revolución francesa, Europa ha perseguido los tres ideales que la sostuvieron: libertad, igualdad y fraternidad. Los dos primeros han tenido sus conquistas y sus regulaciones, sus épocas de esplendor y sus vaivenes. La tercera es más difusa, apela a una conciencia construida en base a algo profundamente moral. Creo que la fraternidad es lo que hoy consideramos solidaridad. Hay países que tienden más a desarrollarla en base a una educación primigenia y en España el catolicismo ha servido a la larga para que destaquemos en eso. El hecho de que hayamos sido educados con el dogma ama al prójimo como a ti mismo y no solo el de la fe, sino en que las obras son necesarias para salvarse -en contraposición al de Lutero, que excluye las obras- nos ha marcado, incluso más allá de nuestra creencia católica o si profesamos o no la fe. Muchos sustituyeron la hipocresía de la Iglesia por la militancia en partidos de izquierda que les ofrecían precisamente una mejor práctica de esa fraternidad. Eso explica en parte que cada vez que surge una tragedia o una calamidad, les españoles, más allá de a sí mismos, individualmente, se vuelquen a sacar adelante sus familias, barrios, pueblos, ciudades o el que sea el país con una más alta participación de jóvenes en las ONG. Eso nos contagia de un orgullo común, incluso de una alegría. En España, por tanto, la fraternidad / solidaridad es un hecho, incluso fundamental para explicar la relación con el fenómeno de la inmigración en las últimas décadas. Todo eso ahora es cierto que empieza a estar en riesgo, y si se rompe se habrá perdido lo que verdaderamente nos distingue.

Un reflejo de todo esto se aprecia en el siguiente fragmento de Franco y yo:

Franco no se moja

Por Jesús Ruiz Mantilla

“¿Procrastinó España su lucha contra el franquismo? Esa es otra pregunta que conviene hacerse en el ámbito colectivo. Desde luego, en las primeras dos décadas del régimen, no. ¿Y a partir de los años sesenta? Podríamos dudarlo aun a riesgo de que el deseo entre de lleno en conflicto con la realidad. ¿No es lógico pensar que, después de veinte años de penuria, tragedia, sangre, trauma y desgracia, tuvieran nuestros padres y abuelos derecho a disfrutar un poco, a tumbarse al sol? Bien es cierto que, una vez muerto Franco, el país no procrastinó nada. Se lanzó como si no hubiera un mañana en busca de su particular y merecida conquista de la libertad.

En las casas, en las familias, entre los amigos, en los trabajos, la gente comenzó a plantearse abiertamente el porqué de muchas cosas. Sobre todo, de lo que estaba vedado, prohibido. Del pecado… Yo, niño y adolescente en ese caldo de cultivo, en esa fiesta colectiva de las primeras veces antes de que el disfrute adquiriera un saludable grado de normalidad, crecí en un ambiente determinado y salí lo contrario. Ni el influjo de un abuelo materno franquista o las reglas de una rama paterna ultraconservadora, donde apenas se encontraban resquicios de rebeldía ni voces disonantes, me conducían hacia lo que me convertí. Es una pregunta que me planteo muchas veces y repito ahora: ¿por qué y cuándo empezaron a chirriarme las contradicciones de aquel hábitat? No ya en el entorno familiar, también en los colegios de pago a los que acudí. ¿Por qué encontré más afinidad en las escasas actitudes de desafío a todo en lo abiertamente rupturista que en el statu quo?

El caso es que desde los quince, dieciséis, diecisiete años, por afección o por rechazo, fui cuadrando moral e ideológicamente en otras tendencias. Buscándolas, curioseando, cuestionando, rebelándome. Las influencias positivas llegaban por parte de mis tíos más contestatarios –dos o tres entre docenas–, algún profesor que de manera sutil y zafándose de la aplicación de los dogmas católicos nos abría otras ventanas al mundo.

Después, el cine, la literatura, la música, la televisión cumplieron su parte del trabajo”.

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