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Detalle de la portada de ‘La señora Dalloway’, de Virgina Woolf (Akal). /WMagazín

Un siglo de ‘La señora Dalloway’, de Virginia Woolf, y su gran influencia en la literatura al mostrar la vida visible y mental

A través de la historia de un día en la rutina de una mujer, la autora inglesa escenificó, de manera magistral, una mirada sobre las vidas íntimas y públicas, la sociedad, la política, la economía y su incidencia en la gente y su cotidianidad

Clarisa Dalloway nació en 1915, pero se presentó a lo grande ante la sociedad el viernes 15 de mayo de 1925 en la novela La señora Dalloway. Tenía 52 años. Su creadora es Virginia Woolf (Inglaterra, 1882 – 1941). Con ella enriqueció la literatura y ensanchó su territorio al perfeccionar la entrada en la mente de las personas y escuchar el relato y la percepción de su vida y de la vida a través de sus pensamientos y emociones. Escenificó, de manera magistral, el modo en que se desdobla la realidad: la visible y la mental. Y la fuerza de la segunda para crear la primera y acordada por todos para habitar en ella.

La señora Dalloway, una de las tres grandes obras influyentes de Woolf, junto a Al faro y Las olas, es una novela modernista que abrió muchas puertas artísticas y amplió la mirada sobre las vidas íntimas y públicas, la sociedad, la política, la economía y su incidencia en la gente y su cotidianidad.

“La señora Dalloway dijo que las flores las compraría ella”, así empieza la novela que relata el discurrir de la vida de un día de una mujer, donde se despliega su mirada sobre la manera en que las reglas en nombre de un supuesto orden o armonía de convivencia restringen, secuestran, diluyen, falsifican, enmascaran o anulan el verdadero ser o identidad de algunas personas que expone en ámbitos como el feminismo y la homosexualidad.

Una novela que lanza una crítica sobre el mundo nacido tras la Primera Guerra Mundial que empieza a privilegiar el desarrollo/tecnología sobre lo humano/humanístico. Detecta el embrión de la exaltación del tratamiento economicista y utilitario de las personas sobre su valía real con sus emociones, sentimientos, dudas, sueños o debilidades. Hace sonar una alarma sobre la capacidad destructiva y cruel del ser humano con sus consecuencias colaterales no solo físicas sino psicológicas y las soluciones médicas erróneas para solucionarlas, mientras la sociedad trata de ignorar o maquillar esa realidad que se niega a reconocer.

 

Portada de la primera edición de ‘La señora Dalloway’, de Virginia Woolf, de 1925. /WMagazín

Donde palpita la vida

La señora Dalloway es la herencia de la entrada abrupta a un nuevo mundo tras la Gran Guerra con el rostro de la crueldad y la insensatez humana y los efectos dañinos de la civilización, de la proliferación de la creencia de un mundo sin Dios que ahora parece desordenarse en sus nuevas búsquedas existenciales, de los miedos ante una vida amenazada por el propio ser humano con acciones que deshumanizan.

Virginia Woolf ofrece una respuesta a todos estos cambios que empieza a afrontar el mundo. Lo hace a partir de una invitación sencilla, sutil y sublime: ver el milagro y la belleza de la vida a través de cosas corrientes, modestas, rutinarias, cotidianas y en apariencia intrascendentes. Recuerda que es allí donde palpita la vida y donde las personas se vivifican.

La novela es una onda del Romanticismo cuando, dos siglos antes, en los albores de la era industrial, pedía volver a la naturaleza.

Pero, ¿cuál es el argumento de La señora Dalloway? Se trata de un día en la vida de Clarissa Dalloway, una mujer de 52 años de la alta sociedad londinense casada con Richard y con una hija, Elizabeth. La historia transcurre desde por la mañana en su casa hasta por la noche, cuando se van los invitados tras una fiesta que ha dado en ella.

En esa mañana, tarde y noche, la voz que narra es la del pensamiento suyo y de los personajes con quienes interactúa. En esa jornada se despliegan la memoria y los recuerdos sobre su vida con las ideas, aspiraciones, deseos, desencantos o pensamientos que tenía y tiene y que constituyen la novela. Es decir, la propia vida de cualquier persona.

Virginia Woolf muestra el mundo a través de lo que piensan Clarissa y los otros personajes que habitan el mundo de esta mujer de 52 años, donde se aprecia cómo la mirada de ellos embellece lo que ven, lo que sienten, voces que fluyen y se reúnen esa noche.

“La vida está siempre allí, en cada línea, en cada sílaba del libro, desbordante de gracia y de finura, prodigiosa e inconmensurable, rica y diversa en todos sus instantes y posturas”, escribe Mario Vargas Llosa en su libro La verdad de las mentiras que recopila reseñas magistrales de libros clásicos. Y continúa: “Esta transformación ‘poética’ del mundo —por una vez el calificativo resulta inevitable— es radical y, sin embargo, no resulta inmediatamente perceptible, pues, si lo fuera, daría al lector la impresión de un libro hechizo, de una forzada tergiversación de la vida real, y La señora Dalloway, por el contrario, como ocurre siempre con las ficciones persuasivas —esas mentiras tan bien hechas que pasan por verdades— parece sumergirnos de lleno en lo más auténtico de la experiencia humana”.

Ese es el lado en apariencia luminoso descrito por Virginia Woolf. El otro lado de la vida es la de Septimus Smith, un ex soldado de la Primera Guerra Mundial cuyo físico y forma de ser bellas contrastan con la oscuridad que guarda en su interior por las secuelas psicológicas del conflicto bélico. Nadie toma en serio sus dolencias y cicatrices invisibles y cuando la parte científica dice creerle lo precipita al abismo.

Clarissa y Septimus no se conocen, sus vidas corren paralelas. Cuando en la fiesta Clarissa se entera del suicidio del muchacho las dos caras del sol se completan. Es aquí donde hay un componente autobiográfico importante, pues Virginia Woolf padecía problemas de depresión y líneas que parecían llevarlas a la locura. Dieciséis años después de publicar la novela, el 28 de marzo de 1941, la escritora también se suicidaría.

La escritora inglesa Virginia Woolf (1882-1941). / Foto de Wikipedia

Vida real y pensamientos

La vivencia de sus sentimientos y deseos por otras mujeres es otra referencia autobiográfica de Virginia Woolf en la novela. En esa construcción de Clarissa Dalloway, a partir de los recuerdos del personaje y de los recuerdos que se crean en ese presente de la novela, se sabe que la señora Dalloway guarda un milagro, tiene claro que el beso con otra mujer fue “el momento más exquisito de toda su vida (…). ¡Fue como si el mundo entero se hubiese puesto patas para arriba!”.

Uno de los grandes aportes de Virginia Woolf es la capacidad de mostrar esa vida real desde la vida de la mente de sus criaturas, como explica Vargas Llosa:

“El mundo objetivo se disuelve en esas conciencias antes de llegar hasta el lector, se deforma y reforma según el estado de ánimo de cada cual, se añade de recuerdos e impresiones y se afantasma con los sueños y fantasías que suscita en las mentes. De esta manera, el lector de La señora Dalloway nunca está personalmente encarado con la realidad primera donde tiene lugar la novela, sólo con las diferentes versiones subjetivas que de ella tejen los personajes. Esa sustancia inmaterial, huidiza como el azogue, y sin embargo esencialmente humana que es la vida hecha recuerdo, sentimiento, sensación, deseo, impulso, es el prisma a través del cual el narrador de La señora Dalloway va mostrando el mundo y refiriendo la anécdota. Y a ello se debe la extraordinaria atmósfera que, desde las primeras líneas, consigue la novela: la de una realidad suspendida y sutil, en la que la materia parecería haberse contaminado de cierta idealidad y estar disolviéndose íntimamente, dotada de la misma calidad evasiva que la luz, que los olores, que las tiernas y furtivas imágenes de la memoria. De esta manera, el lector de La señora Dalloway nunca está personalmente encarado con la realidad primera donde tiene lugar la novela, sólo con las diferentes versiones subjetivas que de ella tejen los personajes”.

Así se despliega una vida en apariencia simple, sin grandes aventuras que construyen sus mundos desde sus miradas. La conciencia en movimiento, los recuerdos que arman el pasado e influyen en el presente y tienden a modificar la realidad.

¿En qué consiste esta maestría?, se pregunta Vargas Llosa y se responde en un análisis claro e inmejorable:

“En la sabia alternancia del estilo indirecto libre y del monólogo interior, y en una alianza de ambos métodos narrativos. El estilo indirecto libre, inventado por Flaubert, consiste en narrar a través de un narrador impersonal y omnisciente — es decir, desde una tercera persona gramatical— que se coloca muy cerca del personaje, tan cerca que a veces parece confundirse con él, ser abolido por él. El monólogo interior, perfeccionado por Joyce, es la narración a través de un narrador personaje —el que narra desde la primera persona gramatical— cuya conciencia en movimiento es expuesta directamente (con distintos grados de coherencia o de incoherencia) a la experiencia del lector. Quien cuenta la historia de La señora Dalloway es, por instantes, un narrador impersonal, muy próximo al personaje, que nos refiere sus pensamientos, acciones, percepciones, imitando su voz, su deje, sus reticencias, haciendo suyas sus simpatías y sus fobias, y es, por instantes, el propio personaje cuyo monólogo expulsa del relato al narrador omnisciente”.

Audacia e influencia

Clarisa Dalloway revolucionó buena parte de la literatura aquel viernes de mayo de 1925, pero había nacido de manera tímida en 1915 en la primera novela de Virginia Woolf: El viaje de ida. Su aparición fue breve y en tono satírico. Diez años después llegó para quedarse e influir en la literatura del siglo XX por la audacia de mostrar la naturalidad y viveza del mundo que habita en su mente, y en la de cada uno de nosotros, con sueños, reflexiones, aspiraciones, emociones, tristezas, opiniones, dudas, los sueños de lo que quisimos ser y hacer…

“La señora Dalloway dijo que las flores las compraría ella.

Porque Lucy tenía ya trabajo suficiente. Había que desmontar las puertas, venían los operarios de Rumpelmeyer y, además, pensó Clarissa Dalloway, la mañana tenía la misma transparencia que si estuviera destinada a unos niños en la playa”.

Así comienza el mundo de La señora Dalloway, de Virginia Woolf, que un siglo después sigue con su poder de influencia en la literatura al mostrar el mundo visible y mental que se abre a nuevos mundos reales y creativos.

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Winston Manrique Sabogal

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