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Comienzo de ‘La tierra baldía’, de T. S. Eliot, en su primera edición de diciembre de 1922.

Un siglo de ‘La tierra baldía’, de T. S. Eliot, el poema que revolucionó la poesía y miró al futuro

En otoño de 1922 se publicó uno de los grandes poemarios del siglo XX convertido en clásico de la literatura. Una obra donde late el vivir con un aura hermética que hipnotiza por su belleza formal y por su profundidad que abrió caminos

El vivir con sus enigmas habita en La tierra baldía (The Waste Land), de T. S. Eliot, que cumple un siglo este otoño de 2022. En sus versos está el vivir hecho sentimiento y razón, individualidad y colectivo y búsquedas, desencanto y preguntas que palpitan como una sola en este poemario que revolucionó la literatura en 1922. Es hijo de la sombra de sus problemas personales con su esposa y de la Primera Guerra Mundial por cuyo boquete abierto al futuro de la humanidad Eliot se asomó, y lo que vio lo contó aliado con la tradición para crear versos sin tiempo; a la vez que empujaba la literatura más allá de la modernidad. Unos poemas que cubrió de un aura hermética que hipnotizan por su belleza formal y por su profundidad que llevan implícito el ánimo de querer descifrarlos.

Con 34 años, Thomas Stern Eliot (Estados Unidos, 1888 – Inglaterra, 1965) publicó esta obra de gran influencia en poetas y narradores, y lectores. Su presencia en este mundo tiene tres etapas: en octubre apareció en Inglaterra en la revista The Criterion, de la que era director, en noviembre en Estados Unidos en la revista The Dial y en diciembre se publicó la edición príncipe en Horace Liveright, de Nueva York, ya con sus notas finales que redondean la obra.

La tierra baldía son 434 versos que en su versión original tenían más de 800, hasta que Ezra Pound editó el poemario, luego de que su autor se lo enviara a París. Eliot confió tanto en el criterio del gran poeta italiano que le dedicó el libro: «Il miglior fabbro», (el mejor maestro).

La tierra baldía es un collage con ecos de su anterior poemario, Prufrock en cuanto a la prolijidad de referencias literarias, eruditas y demás. «La tierra baldía constituye una serie de escenas e imágenes donde no interviene la voz del autor, pero cuyas implicaciones y resoluciones se desarrollan mediante numerosos contrastes y analogías, sumados a incógnitas citas literarias. Eliot reflejó mediante un montaje absolutamente novedoso la decadencia de su época y la exhausta situación moral de Europa, abriendo el camino al futuro existencialismo», según M. H. Abrams, cuya idea recupera José Luis Rey, poeta y traductor de la edición más completa de este poemario editada en España por Visor en 2017.

La pluralidad del sentir y del pensar están allí en una vorágine de visiones de una dimensión hecha de pasado y futuro, desencanto e ilusión, sí, por más oscuro que parezcan sus versos en un corro de voces que recorren la humanidad. Con sus preguntas y más preguntas, sus zozobras y gozos, sus angustias y búsquedas de felicidad, sus silencios y gritos, sus ansias, sus cambios, el origen y el fin, lo sagrado y lo profano. T. S. Eliot obtuvo el Nobel de Literatura en 1948 “por su destacada y pionera contribución a la poesía actual”.

T. S.Eliot y la primera edición de ‘La tierra baldía’. /WMagazín

El poeta se fue a vivir a Londres en 1915 donde se casó con la escritora británica Vivienne Haigh-Wood que padeció problemas nerviosos y de quien se separó en 1933. Se volvió a casar, en 1957, con Valerie Fletcher, secretaria en Faber. T. S.

El recorrido de Eliot lo resume Rey, así: «La producción pública de Eliot se inicia con reseñas literarias y filosóficas que publicaba en revistas como Athenaeum o el suplemento literario del Times. También fue editor de la prestigiosa revista Egoist entre 1917 y 1919. En 1922 fundó la influyente Criterion. Sus primeras obras poéticas aparecen en 1915, cuando la revista de Chicago publica La canción de amor de J. Alfred Prufrock». En 1922 aparece La tierra baldía, libro que iba a revolucionar la poesía inglesa de su época. En 1925 entra a trabajar en la editorial Faber, de la cual llegaría a ser director. En 1927 se nacionaliza británico y se une a la Iglesia de Inglaterra».

«Volver a Eliot y traducirlo todo ha supuesto una revisión de la influencia del gran poeta angloamericano en mí mismo (y en otros poetas de mi generación, como Joaquín Pérez Azaústre o José Daniel García). Desde la posguerra, Eliot ha estado presente en varias generaciones: en los novísimos, en la experiencia, en la mía propia. Fue un vanguardista y conservador y que nos dio una lección de resistencia moral frente a lo convulso de todo tiempo», señala Jose Luis Rey sobre lo que significó aquella traducción de 2017.

La tierra baldía – fragmentos

Potada de la revista ‘The Criterion’, donde apareció por primera vez ‘La tierra baldía’, en octubre de 1922.

El entierro de los muertos

El mes más cruel es abril, porque nutre
lilas fuera de la tierra muerta, porque mezcla
memoria con deseo, porque agita
apagadas raíces con lluvia primaveral.
Nos calentó el invierno, cubriendo
la tierra con su nieve aliviadora, alimentando
aún algo de vida con tubérculos secos.
Nos sorprendió el verano, sobre el Starnbergersee
con un poco de lluvia; nos detuvimos en la columnata,
y seguimos al sol, hacia el Hofgarten,
y tomamos café, y hablamos una hora.

Bin gar keine Russin, stamm’ aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, en el hogar del archiduque,
mi primo, él me llevó en trineo,
y yo estaba asustada. Él dijo: Marie, Marie,
ágarrate bien fuerte. Y hacia abajo nos fuimos.
Allá en las montañas, qué libre me sentía.
Leo mucho de noche y en invierno voy al sur.

(…)

Y he conocido también los brazos, los conozco todos… Brazos con pulseras, blancos y desnudos
(pero a la luz de la lámpara con suave y castaña pelusa). ¿Es el perfume de un vestido
lo que me hace divagar tanto?

Brazos apoyados en una mesa o envueltos en un chal. ¿Y tengo pues que suponer?
¿Y cómo debería empezar?

¿Debo decir, he ido al caer el día por calles estrechas
y he visto el humo que asciende de las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa, asomándose a las

[ventanas…?

Tendría que haber sido un par de pinzas dentadas escabulléndome en los fondos de mares silenciosos.

¡Y la tarde que anochece duerme con tanta paz!

Acariciado por largos dedos,
medio dormido… cansado… o finge estar enfermo,
tumbado en el suelo, aquí a nuestro lado.
¿Debería, tras el té y el pastel y los helados,
tener la fuerza para forzar el momento de la crisis?

Pero aunque haya llorado y ayunado, llorado y rezado,
aunque haya visto mi cabeza (un poco calva ya) presentada sobre una

[bandeja, no soy ningún profeta; y no es que importe mucho.

He visto titilar el momento de mi grandeza
y he visto al eterno criado tener mi abrigo, aguantándose la risa,
y en fin, me entró miedo.

Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la confitura, el té,
entre la porcelana, en alguna de nuestras charlas,
habría valido la pena,
haber encarado el tema con una sonrisa,
haber metido el universo en una bola
y lanzarla hacia una cuestión comprometida,
decir: «Soy Lázaro, he vuelto de entre los muertos,
he vuelto para deciros a todos, os voy a decir a todos…».

(…)

Si alguien, colocándose un cojín en la cabeza, dijera: «No es lo que quería decir,
no es esto en absoluto».

¿Y habría valido la pena, después de todo,
habría valido la pena,
después de los crepúsculos y los patios y las calles mojadas,
después de las novelas, las tazas de té, después de las faldas que rozan el

[suelo, y esto y tanto más?
¡Es imposible expresar lo que quiero decir!

Pero como si una linterna mágica proyectara los nervios con dibujos en [una pantalla:

«No es esto en absoluto,
no es lo que quería decir, para nada».

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni pretendía serlo; soy un consejero real, uno que servirá
para hacer avanzar la trama, iniciar una o dos escenas, advertir al príncipe; sin duda un peón fácil, deferente, contento de ser útil,
político, cauto, minucioso;
muy sentencioso, pero un poco obtuso,
a ratos, de hecho, casi ridículo…
casi, a ratos, el bufón.

Estoy viejo… estoy viejo…

Llevaré doblados los bajos del pantalón.

¿Tendría que peinarme hacia atrás? ¿Debería comerme un melocotón? Llevaré pantalones de franela blanca y caminaré por la playa.

He oído a las sirenas cantándose, cara a cara.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgar hacia el mar sobre las olas peinando el cabello blanco de las olas sopladas cuando el viento sopla el agua negra y blanca.

habría valido la pena
si alguien, colocándose un cojín o quitándose un chal, y volviéndose hacia la ventana, dijera:

Nos hemos demorado en las estancias del mar
con chicas marinas coronadas de algas rojas y pardas
hasta que voces humanas nos despiertan y nos hundimos en el agua.

***

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2 comentarios

  1. Tal vez si hablara perfectamente inglés podría entrar en el mundo de este poeta, nuevo para mí. He leído las estrofas traducidas al castellano y lamentablemente no he sentido ni las más mínima emoción como la que me recorre cuando gozo con la lectura de algún poeta iberoamericano.
    Sepa disculpar el Señor WINSTON MANRIQUE SABOGALque seguro tiene muchos más méritos intelectuales que yo para juzgar la poesía de T S ELIOT pero si la poesía que leo no me sacude hasta lo más profundo de mí espíritu, no me extrae ni siquiera una lágrima o un resentimiento de lo que expresa el poema, difícil para mí finalizar con la lectura del texto.
    Espero sepan disculpar mí atrevimiento pero mí pequeño mundo poético está dentro de la literatura iberoamericana. Quizás algún día pueda salir en busca de otro espacio.

  2. Hola Marcelo. No hay que disculparse de nada. Gracias por su comentario que reaviva una reflexión eterna: la creación artística es eso que usted dice, en parte, debe sacudir a quien se cerca a una obra. En la poesía igual, y traducir poesía es más difícil aún, trasladar el alma de un verso, de un poema, su musicalidad, su sentido a otra lengua no es fácil. No todo tiene que gustarnos. A todo el mundo el arte no lo toca igual, y nadie es mejor o peor por eso. Porque el arte es una experiencia irrepetible en cada persona. Gracias por leer WMagazín. Un saludo, Winston

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