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La escritora mexicana Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), autora de ‘Principio, medio, fin’ (Feltrinelli Editores). /Fotografía © Clayton Cubitt – Cortesía Feltrinelli

Valeria Luiselli: la frontera como territorio de la imaginación y la memoria en ‘Principio, medio, fin’

AUTOR/A DEL MES EN LOS MEDIOS La escritora mexicana sigue su exploración creativa en esta novela sobre una nieta, una madre y una abuela en la que se sumerge en el tiempo, la familia, la realidad, la mujer y la creación literaria. La vida como un coro de preguntas y el modo en que se cuenta todo

Físicas, emocionales, intelectuales, literarias, filosóficas, familiares o de preguntas: las fronteras son el territorio vital y creativo de Valeria Luiselli. Las vive, las siente, las piensa y las trabaja hasta crear un espacio propio desde el que ha expandido su universo al experimentar más en su nueva novela: Principio, medio, fin (Feltrinelli Editores).

El título conecta, precisamente, los diferentes tiempos y temas que suele abordar en sus novelas y ensayos. Y esta vez, todos esos fragmentos fronterizos encajan en un libro sobre la memoria, la familia, las relaciones y la voz, es decir, sobre aquello que la conforma y cómo se cuentan las cosas desde un territorio donde conviven la verdad y la ficción, la realidad y la autoficción, el ensayo, el pensamiento y las emociones.

Como ha explicado la escritora mexicana, Principio, medio, fin surge en un momento de transición histórica: una convergencia de crisis y un cambio de paradigma en un mundo que termina un ciclo y abre otro, sin que se sepa hacia dónde se dirige. En ese espacio, Luiselli recurre a dos elementos esenciales para construir su relato: la imaginación y los clásicos grecolatinos:

La protagonista es una escritora recién separada que viaja de Nueva York a Sicilia con su hija que le hace preguntas muy diversas, que en el fondo es una exploración de la identidad. Allí ambas descubrirán el pasado de la abuela, mientras la narradora reflexiona sobre el tiempo, la memoria, la realidad y la historia de las mujeres. La vida como un coro de preguntas.

Valeria Luiselli, que reside desde hace dos décadas en Nueva York, vivió en diferentes países debido a que su padre era diplomático (Costa Rica, Corea del Sur, India o Sudáfrica). Es autora de los ensayos Papeles falsos y Los niños perdidos y de las novelas Los ingrávidos, La historia de mis dientes y Desierto sonoro.

Principio, medio, fin es una novela mestiza de géneros, voces, estilos y estructuras: cuatro apartados divididos en capítulos breves con títulos encadenados, fotografías intercaladas y, al final, un código QR con los sonidos naturales de la historia.

Valeria Luiselli protagoniza la sección Autor/a del mes en los medios de comunicación para WMagazín. Las siguientes son algunas de las reflexiones que la escritora mexicana ha compartido sobre la novela en entrevistas concedidas a medios de comunicación de España y América Latina:

 

Frontera y memoria

El Periódico, por David Morán

P. ¿Se ve entonces como escritora fronteriza? ¿Se encuentra cómoda en ese terreno?

R. No me considero nada en particular. Preferiría tener la libertad de no ser nada. ¿Que me ha obsesionado el espacio fronterizo ya muchos años? Sí, es cierto. Pero, una vez más, todo es cuestión de escala. La frontera también la conceptualizo así. Podemos hablar de las grandes fronteras tectónicas entre un continente y otro, pero también a nivel minúsculo, individual, la frontera es un punto de vista, un lugar desde donde miras a un lado y a otro y no estás en ninguno de los dos en particular.

P. A la protagonista le preocupa, pensando en su hija, que imaginación y memoria se estén mezclando más de la cuenta.

R. Se preocupa por la dimensión ética de las consecuencias de la escritura en su propia hija, pero al mismo tiempo es más que consciente de que la escritura es eso: la manera que tenemos de enlazar los muy fragmentarios recuerdos que nos componen. La manera en que contamos las historias es ficción. Es una fantasía un poco loca pensar que lo que recordamos es exactamente lo que pasó.

 

Ensayo y ficción

El Mundo, por Vanessa Graell

P. Toda la novela es una exploración filosófica de la memoria y la ficción, de cómo ciertas ficciones constituyen la memoria o cómo la memoria inventa ficciones. Hay muchas preguntas, pero no respuestas.

R. Mientras escribía me preguntaba constantemente “¿De qué trata esta novela?” y no encontraba respuesta. Hasta que entendí que esa era una pregunta equivocada. La correcta era: “¿Qué preguntas se está haciendo esta novela?”. Si la formulaba así, el texto volvía a respirar. Soy, en el fondo, más ensayista que novelista. Siempre estoy en la frontera entre el ensayo y la ficción. No me interesan tanto las respuestas como las preguntas. Esa relación entre imaginación y memoria fue uno de los centros gravitacionales de la novela.

 

Ficción, autoficción y verdad

El País, por Iker Seisdedos

P. Quien haya escrito el texto de la contraportada define el libro como su “nueva obra”. ¿No es una novela?

R. Sí, claro que lo es. Lo cual no quita que yo sea tan ensayista como novelista. Durante muchos años tampoco supe si esta iba a ser una novela o un ensayo sobre cómo observar el mundo en el momento crítico en el que estamos, en el que tenemos una sensación del tiempo tan distinta a la de hace no tanto. Siento que estamos al final de un camino, comenzando un cambio civilizatorio profundo que nos hace sentir al borde del precipicio y la catástrofe, o también con la posibilidad de empezar de nuevo e imaginar formas nuevas. Eso es parte del corazón que late en la novela. Y también es el motivo por el cual están presentes en ella los antiguos; son las primeras personas que documentaron el mundo natural y se preguntaron por él. Nos parecemos a ellos, porque también tenemos enfrente un mundo no narrado, no explicado. Plinio el Joven documentó la primera explosión volcánica del mundo registrada por escrito, la del Vesubio, en el 79 después de Cristo. En ningún lugar de esa narración usa la palabra volcán. No los veían todavía; veían una montaña que de pronto se comportaba de modo extrañísimo. Nosotros también estamos ante una realidad que no entendemos.

P. ¿Es la distinción entre ficción y no ficción de esas que, como la de izquierda y derecha, ya no sirven?

R. [Risas] A mí esa distinción entre la ficción y la no ficción como tal no me interesa tanto. La cuestión es que la ficción se tiende a entender como la no verdad. Y eso tampoco es cierto. La ficción llega a la verdad por otros caminos.

(…)

El tema de fondo ahí es cómo nos sirve la ficción para entender nuestras propias vidas. En uno de los cuentos que más me apasiona y más releo, La memoria de Shakespeare, de Borges, al personaje le es otorgada la memoria de Shakespeare. Y de pronto empieza a convivir su memoria con esa otra memoria torrencial de Shakespeare. Mi interpretación favorita es la de [Ricardo] Piglia. Dice que, en realidad, ese cuento es una metáfora de nuestra relación con la literatura en general. Lo que hacemos como lectores es tomar prestada la memoria de los otros. Nuestra relación con las personas, nuestra manera de amar y de convivir con una ciudad o con una casa, nuestras aspiraciones… todo está atravesado por las ficciones que leemos. Entonces, más allá de si es verdad o no, lo que me interesa más es el papel que desempeña la ficción en la trama de nuestras vidas.

 

Verdad y origen

Clarín, por Fabiana Scherer

P. Esa pregunta sobre el origen del mundo termina apareciendo también en una familia que se rompe. ¿Cómo encontraste ese vínculo?

R. Esa es la base: la novela es una cuestión de escalas. Me interesa pensar los mismos fenómenos en un rango amplio. Está la pregunta de mi hija –que surgió en noches de insomnio leyendo mitos griegos– sobre por qué el principio del mundo es dividirse, y esa misma hendidura o grieta es la que parte en dos a una familia antes de tener que volver a comenzar. Es la escala más grande, la cosmogónica, reflejada en la escala más ínfima de un pequeño núcleo humano. Al final, no queda más que bregar con esas grietas; no son del todo resarcibles, sino una invitación a imaginar qué puede haber en ese vacío.

 

En esa frontera —entre la experiencia y el relato, entre la memoria y la imaginación— Luiselli levanta una de sus obras más ambiciosas. Desde ese territorio se abre el libro con estas palabras:

“En el principio eran una madre y una hija. Después, por ahí de la mitad, habría otras madres e hijas, algunos hombres, otras personas en general. Pero por ahora somos solo ella y yo, y un haz de luz entra a la recámara por la ranura entre las cortinas, y la luz cruza el aire humoso y espeso y pega en la cama, donde se esparce por las arrugas de las sábanas dibujando su silueta entera –pies, piernas, torso, cuello– hasta que se dispersa en su cara descubierta, y está dormida, y le toco la frente con la palma de la mano y la despierto”.

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Maribel Lienhard

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