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El escritor colombiano William Ospina (1954) autor de la novela ‘Guayacanal’, y el volumen ‘Ensayos’. /Foto cortesía Penguin Random House

William Ospina: «Tenemos que inventar el mundo de nuevo. Reinventar la Ilustración ante los nuevos desafíos»

El escritor colombiano publica 'Guayacanal', donde a partir de la biografía de sus antepasados narra la historia de su país desde finales del siglo XIX: cómo en los remansos de paz empezó a echar raíces la violencia al darse la espalda al campo. Sobre el estallido social: "Colombia es un país donde quienes lo dominan siempre tuvieron una máscara de legalidad"

Los sueños postergados y las promesas no cumplidas minaron más la paz de Colombia que la violencia en un país donde antes la gente podía morir bailando un vals. Los años cuarenta y cincuenta del siglo XX trajeron un tiempo inaudito. Los miedos ya domesticados ante la naturaleza inhóspita fueron reemplazados por los miedos a otras personas. Hacia 1958, la familia Ospina huyó de la violencia sin saber que se dirigía a su centro.

Colombia se surcó de éxodos silenciosos llenos de temores. En esa carrera de unos por escapar de la violencia y de otros en la búsqueda del porvenir en las urbes, según lo prometido, los colombianos empezaron a dar la espalda al campo y a sembrar el país de múltiples conflictos ante la falta de alternativas económicas del Gobierno.

Guayacanal, la finca de los antepasados de William Ospina (Padua, Tolima, Colombia, 1954), en el centro de los Andes colombianos y en el corazón de la exuberancia tropical, fue testigo de aquellos remansos de paz y armonía desde finales del siglo XIX y de la llegada de la violencia que asfixia al país.

Esa historia del país la desanda Ospina en Guayacanal (Literatura Random House). Es el viaje a esos tiempos de paz y cómo las diferentes violencias echaron raíces primero en los campos y luego avanzaron como enredaderas hacia las ciudades.

Poeta, narrador y ensayista, William Ospina  tiene una mente privilegiada para analizar la Historia, imbricarla con el presente y contarla en narraciones de lenguaje hechizante. Convierte al lector en testigo de cómo unas personas conquistaron esas tierras agrestes y hermosas minetras relata la historia de su país con una voz oral autóctona que resuena en cada página. La novela desmonta la idea de que los colombianos parecen predestinados a vivir en la violencia como lo cuenta en esta videoentrevista.

Winston Manrique Sabogal. La lectura de Guayacanal me recuerda lo que dicen algunos creadores de que los seres humanos estamos hechos de historias, de historias hechas de palabras y de lenguaje que son memoria y tiempo, pasado, presente y futuro a la vez.

William Ospina. Uno va siendo configurado por los hechos que le van ocurriendo en la vida y los seres que conoce, y eso se configura en uno como lenguaje. Siempre escuché contar esas historias de mi familia que narro en Guayacanal. Oí hablar de esos personajes, de sus aventuras, no los conocí a todos, pero quise hacerlo. Escribí este libro para tratar de conocerlos, para jugar con la ilusión de estar viéndolos vivir.

Todas esas experiencias configuran el lenguaje. Uno es un texto, el mismo cuerpo busca su expresión, y traté de convertir en palabras esas historias, recuerdos heredados. Al irles dando forma en un libro comprendí que esto no son memorias ni nada parecido, sino que se va configurando en una ficción porque la memoria es selectiva y arma con ellos un mosaico nuevo que dice algo nuevo. Son fragmentos que se ensamblan para producir una historia nueva.

W. Manrique Sabogal. Guayacanal continúa la línea literaria de sus otras novelas, la trilogía de Ursúa sobre la Conquista y la búsqueda de El Dorado, El año del verano que nunca llegó, e incluso el poemario Sanzetti, conformadas por exploraciones que miran a la Historia para crear historias diversas y dispersas que confluyen en un gran cauce novelístico. Pero en cada libro hay una voz distinta, y en Guayacanal es más oral, más sonora, en el lenguaje y rumor de la gente.

W. Ospina. Cada libro me enseña a escribir el siguiente, aunque no sepa muy bien cuál será, pese a que, a veces, escriba de manera simultánea. Las cosas que voy conquistando en un libro van a aparecer en el siguiente. No tiene nada que ver con el tejido narrativo sino con la voz y los recursos que uno va conquistando. Para mí siempre fue difícil hablar en primera persona en literatura. Siempre procuré esconderme en un narrador, pero cada vez más me he visto obligado a hablar en primera persona e interpolar recuerdos personales.

Esta historia familiar me obligaba más a recurrir a esa voz y tono. Trato de no estar en el centro y ser parte del paisaje con historias que ocurrieron a otros, pido discretamente el papel de testigo para contarlo al presente.

W. Manrique Sabogal. La novela es un homenaje a las personas anónimas, recuerda cómo ellas crean la Historia, no son grandes héroes sino personas comunes y corriente que forman microhistorias sobre las que se levanta la gran Historia.

W. Ospina. Es la historia de una muchedumbre anónima que construyó y conquistó un mundo que avanzó en una selva despoblada, aparentemente, como si fuera el primer día de la creación. Pero no era así. Descubrieron que esas tierras del centro de Colombia aunque llevaban casi tres siglos despobladas tenían dueño. Descubrieron tumbas de indígenas llenas de oro debajo de la selva y eso revelaba que allí había humanidades vencidas, borradas.

Otros libros que he escrito nacen de la literatura, pero este nace de la tradición oral. Procuro que no esté contaminado de la literatura, sino del arte oral de los campesinos, de la tradición oral de relatos familiares, de canciones, y, a la hora de la edición, de fotografías para recuperar ese mundo. El libro aspira a ser literatura, pero no viene de la literatura.

W. Manrique Sabogal. Cuenta un siglo de la historia de Colombia, de finales del XIX a pasada la segunda mitad del XX. Guayacanal es literatura, pero también un libro de historia, de sociología, de antropología, de cultura, sobre todo de música popular. ¿Cómo surgió esa Colombia en aquel momento edénico y cómo se va introduciendo la violencia? ¿Cómo se sintió al entrar en ese territorio e ir escribiéndolo y reflejar el presente?

W. Ospina. Todos los libros, aunque hablen del pasado, nacen de preocupaciones presentes y preguntas del presente. En este caso son historias que siempre escuché, pero a medida que fueron callando las voces de mis abuelos, padres y mis tíos me tocó seguir el papel de narrador para tratar de salvar esas historias como un ejercicio amoroso para salvar esas voces y tenerlas cerca.

Hay algo con la Historia: Cuando se hizo la independencia los campesinos dijeron: si este país es nuestro vamos a buscar tierra. La historia de la independencia y la colonización son contadas por separado pero están unidas. Esa conciencia de país es la que hace que estos campesinos de Antioquia poblaran estas tierras. Hicieron ese largo éxodo con sabor del Génesis rumbo a tierras vírgenes donde tuvieron que abrirse paso entre guaduales infinitos, selvas apretadísimas, vida silvestre y tener que encontrar una parcela donde instalarse. Así se fundó el país colombiano y les dio cómo vivir y un lugar de dignidad.

Colombia fue un país de paz durante casi ochenta años. Eso no excluye riñas o crímenes pasionales o la muerte de mi tío abuelo Santiago asesinado a machetazos en un tiempo de paz. Ese hecho marcó la historia de mi familia, fue el único hecho violento que la estremeció.

Lo que vino después fue la destrucción de ese mundo campesino. Yo alcancé de niño a vivir y ver cómo fue destruido ese mundo que acabó con la paz de Colombia. Arrojaron a la gente a las ciudades, pero sin ofrecer una economía que absorbiera a la gente, y Colombia se hundió en la marginalidad, la violencia y lo que nace de las economías no formales, la guerrilla, el narcotráfico…

Aquí se ve la raíz de lo que es Colombia hoy. Guayacanal es el cuadro inmediatamente anterior a esta tragedia urbana.

W. Manrique Sabogal. Recuerda que hacia finales de los años cincuenta su padre, usted y su familia tuvieron que huir y creyendo que huían de la violencia se dirigieron a su centro. Y dice, también, que “lo que destruyó la paz no fueron las violencias sino las esperanzas y las ilusiones postergadas”. En aquel desplazamiento usted era un niño de 5 o 6 años, ¿qué ha significado convertir aquella paz y las raíces de violencia en literatura? William Ospina lo cuenta en el siguiente vídeo:

W. Ospina. Los escritores estamos interrogando desde hace rato en qué momento perdimos el rumbo, de que Colombia tiene una gran vocación agrícola, pero en los años cuarenta, después de la Segunda Guerra Mundial, se nos predicó que los países tenían que industrializarse y urbanizarse. Aquí se rechazó el mundo campesino y se abandonó el mundo agrario e ir a las ciudades, se le miró como algo atrasado, indeseable, pero en las ciudades no nos estaba esperando la modernidad ni el porvenir. Era una ficción, y esa ficción despojó a la gente de su morada y economía real y la trasladó a una ficción de economía dictada por pautas internacionales. Eso destruyó el mundo agrario, después vino la prohibición que forma mafias y ya todo fue caos y violencia. Desde entonces nunca ni el Gobierno ni la sociedad han logrado construir una economía adecuada a las necesidades del territorio. Seguimos siendo, apenas, proveedores de materias primas para el mundo y tenemos que consumir lo que el mundo produce, pero como no producimos necesitamos negocios ilegales para poder comprar. Todo se va encadenando.

La literatura latinoamericana contemporánea trata de interrogar todo eso desde diferentes espacios: la sicaresca, la guerra en el campo, las migraciones… Colombia ha expulsado mucha gente, no ha sido una patria para muchos.

W. Manrique Sabogal. Parte de esa experiencia de sueños postergados y marginalidades se refleja desde el 27 de abril de 2021 con el estallido social que vive el país a través de protestas y cierre de calles y carreteras.

W. Ospina. Los jóvenes están tomando conciencia de cosas que estaban ahí. Colombia es un país donde quienes lo dominan y manejan siempre tuvieron una máscara de legalidad, la fachada democrática, digámoslo así. Ha habido una larga violencia de exclusión, fascismo, marginalidad, racismo, gente postergada, no hay verdadera educación ni alternativas. Pero la fachada institucional hace que nadie vea la tragedia que ocurre detrás.

Ahora se ha caído esa fachada y nadie trata hipócritamente de fingir que esto no es una democracia muy respetuosa de los Derechos Humanos y todo eso. Entonces, es más posible ver lo que siempre ha estado allí. Ese goteo de muertos, exclusión, crecimiento de la pobreza. La pandemia ha sido la chispa, porque el polvorín estaba ahí.

Los jóvenes están teniendo conciencia de lo que pasa por dos lados distintos: Por un lado su propia situación de marginalidad, falta de oportunidades, y ahora tienen información de cómo vive la gente en el mundo y ven que muchos jóvenes tienen oportunidades, viven en un mundo complejo y rico, con debates de la modernidad, mientras ellos tienen que vivir del rebusque, del microtráfico en las fronteras del peligro y sienten, como sienten otros jóvenes del mundo, que les están robando el futuro. Además está el cambio climático y no creen que vayan a tener un buen futuro.

Las anteriores generaciones también lucharon pero les fue más difícil porque Colombia no era visible. Ahora hay demasiadas cámaras y grabadoras, todos tiene en sus manos un taller de creatividad. También el poder va a descubrir que en esta época es más difícil ocultar muertos debajo de la alfombra. Las cosas terribles ocurren mientras el pueblo acepte, cuando decidan que eso no puede pasar más las cosas cambiarán.

W. Manrique Sabogal. La novela también recuerda los valores y ventajas de trabajar en comunidad, como lo hizo Colombia en sus orígenes, hasta que llegó la migración a la ciudad, y ahora con las marchas y protestas en Colombia parece que ese espíritu se recupera.

W. Ospina. Es curioso que ese espíritu de comunidad solo se encuentre, de alguna manera, en la rebeldía, en oponerse a la inercia de lo existente. Es verdad que lo que nos predicaron era un modelo urbano donde nadie sabe quién está en la casa de al lado, no hay comunidad ni solidaridad ni intereses comunes y eso impide la política, porque la política solo puede ser colectiva y por unos intereses compartidos, por una memoria compartida.

El horizonte de esta época es muy interesante. Lo que nos han mostrado como un mundo rudimentario que estaba atrás empezamos a verlo de otra manera cuando el horizonte urbano ya no tiene nada que ofrecernos sino neurosis, humo, basura, violencia… Es decir, la ciudad ya no es una promesa para la especie humana, mucho menos las megalópolis monstruosas. Y la pregunta por la naturaleza es cada vez más urgente. La pregunta por los alimentos sanos es cada vez más urgente. La pregunta por el agua es cada vez más urgente. Entonces, es imposible no volver la vista atrás y preguntarnos si teníamos razón en aceptar esas órdenes de huir a las ciudades y su fuga hacia un futuro inexistente.

Todas esas historias del pasado ya no son vestigios de un mundo perdido sino preguntas sobre un mundo posible, retorno a la naturaleza y otro sentido de comunidad.

W. Manrique Sabogal. En el libro se dice que uno de los personajes, Alejandro Idárraga, murió de viejo viendo con furia cómo mataban las palabras y dejaban el mundo en poder del dinero.

W. Ospina. Sí… Con respecto al conflicto con las palabras fue clave al volver a mi pueblo y tuvo que ver con mi vocación literaria. La palabra prohibida era la indígena: Guarumo, y la aceptada la europea: Padua. Ese conflicto y tensión entre el mundo europeo y americano, esa idea de que lo europeo es ilustre y lo nuestro es desdeñable ha marcado mi aventura como escritor porque me he pasado la vida preguntándome de qué manera la vida europea y americana puede ser una síntesis y no un eterno conflicto.

Ahora vuelven a parecer los pueblos indígenas como protagonistas de la Historia cuando se trata de echarles tierra. Escribí el libro sobre Juan de Castellanos para tratar de demostrar que era imposible narrar América sin palabras indígenas. La sola lengua de Cervantes por riquísima que fuera no podía nombrar América, no podía decir caimán, canoa, guanabana… Había que aceptar el mestizaje de la lengua y eso es aceptar el mestizaje mismo. Los jóvenes sienten que ese mundo indígena forma parte de su futuro y no solo del pasado.

W. Manrique Sabogal. La naturaleza está muy presente en toda su obra, su riqueza, variedad y exuberancia y en el libro Ensayos que recopila varios de sus artículos. ¿Qué más podemos hace al respecto en cuanto al reencuentro y recuperación con la naturaleza?

W. Ospina. Esto es el comienzo. Así como estamos en la agonía de un mundo, estamos en el comienzo de otro. Vamos a tener que inventarnos el mundo de nuevo. Sospecho que tendremos que reinventar las instituciones, las que heredamos de la Revolución Francesa, la Ilustración que no son suficientes para los desafíos de esta época que necesita salvar el planeta, frenar esta fuga loca hacia ninguna parte; recuperar nuestra humanidad que va desapareciendo porque somos cada vez más fantasmas, prolongaciones electrónicas. La pandemia nos ha revelado que nos íbamos volviendo animales de sangre fría.

W. Manrique Sabogal. La historia de sus antepasados, que es el penúltimo capítulo de la historia de Colombia, recuerda que sí se puede vivir en paz y desmonta esa idea de que los colombianos parecen abocados a la violencia.

W. Ospina. Yo descubrí eso escribiendo el libro. No tenía claro que esos años de mis bisabuelos habían sido de paz, y de tanta picaresca, hospitalidad, cordialidad y valores que solo el contraste con este mundo urbano y locura contemporánea va devolviéndole la nitidez. Para mí fue muy grato descubrir en Colombia remansos de paz, pero fue la llegada de los imperativos de cierta modernidad manipulada de los pactos de la Segunda Guerra Mundial que trajo el caos y destruyó el mundo campesino, pero no creó un mundo urbano que respondiera a los imperativos de la civilización.

W. Manrique Sabogal. Los cinco sentidos están presentes en Guayacanal, los paisajes, las voces y los sonidos, la música que ocupa un lugar especial. Cuenta cómo su bisabuela Rafaela muere bailando un vals.

W. Ospina. A mí me han preguntado qué libros influyeron en mi vocación literaria, y digo que fueron los cuentos e historias que me contaban en mi infancia, lo que cuento en este libro, y las canciones, sobre todo porque mi padre cantó toda la vida y era un gran guitarrista con una voz hermosa y se sabía todas las canciones. En mi casa no había libros, pero había canciones. Comprendí temprano que en el cancionero latinoamericano había un corpus poético extraordinario de veinte naciones distintas hablando y cantando en la misma lengua tantos mundos. Hay que escribir un libro sobre cómo las canciones populares han configurado la sensibilidad y la educación sentimental de un mundo. A mí me configuró mi sensibilidad el cancionero popular, la música de Latinoamérica desde los bambucos colombianos, pasillos ecuatorianos, las rancheras mexicanas, los sones cubanos, el tango argentino, los ritmos del Caribe, vallenato, cumbia, la samba… Todo converge.

Y mi padre estaba allí. Era como si América Latina estuviera en mi casa, estaba en el país del viento. No recuerdo un momento de mi vida que no pueda decir esta canción sonaba en ese año.

En Colombia estaban todos esos sonidos y ritmos latinoamericanos tal vez por su posición geográfica. Aunque no tengamos mucha noción el rumor del continente está en nosotros. Incluso para esos campesinos era muy interesante porque en el tango estaba ya presentido dónde iban a ser arrojados en los arrabales.

W. Manrique Sabogal. El tiempo y el espacio, la memoria y las ilusiones, el pasado y el futuro se citan en Guayacanal todo como uno solo.

W. Ospina. En la gran reflexión sobre la filosofía moderna pienso, sobre todo, en Martin Heidegger. En el mundo contemporáneo hay tensión creciente y abrumadora de convertir el Tiempo solo en instante, en actualidad y en simultaneidad. Pero el Tiempo como Historia, Memoria personal, colectiva va borrándose cada vez más en el horizonte de la vida cotidiana. Esa lucha por la memoria que está en Ursúa, en Juan de Castellanos, en El verano que nunca llegó, que fue el horno estético del Romanticismo, es fundamental. Tenemos que luchar por una memoria que no sea solo lo actual y urgente, inmediata. A eso dedico mi vida: a salvar la memoria que es una manera de salvar la integridad de un mundo y su futuro. Estoy seguro de que sin memoria no tendremos futuro. En este caso es un poco más cercano reconstruir la memoria de mis abuelos y porque sé que bajo el disfraz de un relato familiar está el relato de un mundo. Todos los que han leído el libro me dicen es la historia de sus abuelos o bisabuelos o tíos. Es interesante ver cómo toda memoria personal es una memoria familiar y toda memoria familiar es memoria de país. Cómo las artes, que son las hijas de la memoria, según la mitología griega, no hay arte si no hay memoria.

@winstonmanrique

@W_Magazin

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Un comentario

  1. El año 2020 trajo en mi caso algo maravilloso y fue empezar a conocer la obra de William Ospina, de quien me declaro admiradora por su capacidad para aclararnos nuestra historia. Empecé por Guayacanal porque también hice una crónica familiar con los archivos de nuestros padres, que regalé solo en la familia, con ese gusto por rescatar la memoria y transmitirla. Gracias por estos contenidos.

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