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Detalle de la portada de la novela ‘Encuéntrame’, de André Aciman (Alfaguara). /WMagazín

André Aciman continúa en ‘Encuéntrame’ el enigma del amor de ‘Llámame por tu nombre’

WMagazín publica en primicia un avance de la secuela de una de las novelas más esperadas del verano sobre la historia de Elio y Oliver. Profundidad y delicadeza alrededor del tiempo, la memoria y las máscaras del miedo ante el amor de toda estirpe

Presentación WMagazín «La naturaleza tiene formas astutas para encontrar nuestro punto más débil», escribió André Aciman en Llámame por tu nombre (Call Me by Your Name) en 2007. Trece años después aquella historia del despertar del deseo, la lujuria y el amor de Elio y Oliver continúa en Encuéntrame (Alfaguara). Esta vez el escritor estadounidense nacido en Alejandría va más allá de la frase citada y ahonda en la naturaleza de la condición humana sobre ese punto débil llamado amor inesperado, y que aquí pareciera seguir la frase de Toni Morrison en Jazz: «A mi el amor no me hace caer, el amor me levanta».

WMagazín avanza en primicia un pasaje de una de las novelas más esperadas del verano que llega a las librerías españolas el 11 de junio. A la expectativa contribuye la exitosa y conmovedora adaptación cinematográfica que hizo Luca Guadagnino en 2017. (Puedes leer en este enlace el artículo de WMagazín Llámame por tu nombre, el origen de un amor homosexual y una película exitosa). En Encuéntrame una de las claves está aquí:

«Nunca he tenido el valor de llamarlo, de escribirle, mu­cho menos de visitarlo. Lo único de lo que soy capaz cuando estoy solo es de susurrar su nombre en la oscuri­dad. Pero después me río de mí mismo».

La magia literaria de Llámame por tu nombre continúa diez años después de donde terminó aquel romance. Solo que mientras allí había un despertar continuo de sensaciones frente a las nuevas emociones y sentimientos impulsados por la ilusión; en Encuéntrame la luz es otoñal, una bella luz de melancolía y sabiduría para tratar de descifrar el enigma del amor. Los sentires ya se conocen, se añoran porque viven dentro de los personajes. ¿Acaso basta con eso? Las historias ahora son tres, y Samuel, el padre de Elio, juega un papel más importante y evidente. Aciman recupera la tersura de la narración de la primera novela para abordar el amor y sus contradicciones, y otros miedos, pero la misma esperanza que no duerme.

Es de nuevo el tiempo, la memoria, los recuerdos, el deseo de revivir y dar una segunda oportunidad. La belleza que palpita en el amor real o soñado. En Encuéntrame el paraíso está guardado en un corazón que hace avanzar los días. La reseña de la crítica en The New York Times Book Review habla de Sísifo, «sobre la tarea de Sísifo de intentar replicar la pasión de un amor de juventud». Cuánta razón y que acertada la imagen y todo lo que la rodea. En Encuéntrame hay otras historias donde la aparición de un nuevo amor es como la subida de la roca a la espalda, pero un amor conocido, no realizado, es otra cosa, puede hacer la roca más pesada  o más ligera si se quiere.

Aciman aborda con maestría y delicadeza estos temas. Los personajes y su psicología están más desarrollados. Elio es ahora un pianista bien considerado, Oliver es profesor, padre de familia, y Samuel, el padre de Elio, en un viaje para visitar a su hijo tendrá un encuentro que cambiará su vida.

Nacido en Alejandría en 1951, André Aciman vivió parte de su adolescencia en Italia y luego en Estados Unidos. Ha obtenido premios como el Lambda Literary Award, mejor Libro del Año según The Washington Post y Publishers Weekly. Dirige en la Universidad de Nueva York el Writer’s Institute. Antes había sido profesor de Literatura comparada y creativa del Bard College y la Universidad de Princeton. Es autor de cuatro novelas /en 2019 publicó Variaciones Enigma), un volumen de cuentos, cuatro ensayos y del libro de memorias La huida de Egipto con el cual empezó su carrera literaria en 1995.

Antes del fragmento elegido como prepublicación, va este pasaje:

«He conocido a muchas mujeres y a más hom­bres en mi vida, pero lo que está grabado en esta pared eclipsa a todos los que he conocido. Cuando vengo aquí, puedo estar solo o acompañado, contigo, por ejemplo, pero siempre estoy con él. Si me quedo una hora mirando esta pared, habré estado con él una hora. Si le hablara a esta pared, ella me respondería.

—¿Qué te diría? —preguntó Miranda, fascinada por la idea de Elio y la pared.

—¿Qué diría? Simple: «Búscame, encuéntrame».

—¿Y qué dirías tú?—

Yo digo lo mismo. «Búscame, encuéntrame.» Y somos felices. Ahora ya lo sabes.

—Quizá te haga falta ser menos orgulloso y más valiente. El orgullo es el apodo que le ponemos al mie­do. Antes no te daba miedo nada. ¿Qué ha pasado?

—Te equivocas con lo de mi valentía —dijo Elio—. Nunca he tenido el valor de llamarlo, de escribirle, mu­cho menos de visitarlo. Lo único de lo que soy capaz cuando estoy solo es de susurrar su nombre en la oscuri­dad. Pero después me río de mí mismo. Ruego por que no me dé por susurrarlo delante de otra persona».

El siguiente es un pasaje de Encuéntrame, de André Aciman (Puedes suscribirte gratis a la Newsletter de WMagazín en este enlace):

El escritor André Aciman.

'Encuéntrame'

Por André Aciman

Entonces, mientras admiraba la vista y observaba dos remolcadores que se deslizaban despacio a contracorriente, pensé que un día, cincuenta años después, otra persona saldría seguramente a aquella misma terraza y admiraría desde allí aquella misma vista, albergaría pensamientos parecidos, pero no sería yo. Sería un adolescente o un octogenario, o tendría la misma edad que yo tenía ahora y seguiría añorando, como yo, un viejo y único amor, intentaría no pensar en algún alma desconocida que, justo igual que yo esa noche de cincuenta años antes, hubiera deseado a su amado e intentado, igual que yo había intentado y no conseguido después de todos aquellos años, no dedicarle ni un pensamiento.

El pasado, el futuro, qué máscaras son.

Y qué máscaras eran aquellos dos, Erica y Paul.

Todo era una máscara y la vida misma era una dis-
tracción.

Lo que importaba ahora estaba por vivir.

Miré la luna y quise preguntarle por mi vida, pero su respuesta llegó mucho antes de que yo pudiera formular la pregunta.

Durante veinte años has vivido la vida de un muerto. Todo el mundo lo sabe. Hasta tu mujer y tus hijos y la amiga de tu mujer y la pareja que conociste en la conferencia sobre judíos expatriados del Tercer Reich te lo ven en la cara. Erica y Paul lo saben, y esos académicos que  estudian el fuego griego y los trirremes griegos, hasta los mismos presocráticos que llevan muertos dos mil años se dan cuenta. El único que no lo sabe eres tú. Pero ahora hasta tú lo sabes.

Has sido desleal.

¿A qué, a quién?

A ti mismo.

Me acordé de que unos días antes, mientras compraba cajas y cinta de embalar, había visto a un conocido al otro lado de la calle. Lo saludé con la mano, pero él no respondió al saludo y siguió andando, aunque yo sabía que me había visto. Quizá estaba molesto conmigo. Pero ¿molesto por qué? Unos minutos después vi a alguien del departamento que iba camino de una librería. Nos cruzamos a la altura de un puesto de fruta en la acera y, aunque él también miró en mi dirección, no me devolvió la sonrisa. Un poco más tarde, vi a una vecina de mi edificio por la calle; por lo general, intercambiamos comentarios en el ascensor, pero no me dijo nada ni correspondió a mi inclinación de cabeza cuando la reconocí. De repente, se me ocurrió que la única explicación era que me había muerto y que así era la muerte: ver a la gente pero que la gente no te viera a ti o, peor todavía, estar atrapado siendo quien eras en el momento en que moriste —mientras comprabas cajas de embalar— y no convertirte nunca en la persona que podrías haber sido y sabías que eras en realidad y nunca corregir el error que desvió tu vida de su rumbo y quedar atrapado para siempre haciendo la última estupidez que estuvieras haciendo, comprar cajas y cinta de embalar. Tenía cuarenta y cuatro años. Ya me había muerto y, sin embargo, era demasiado joven, demasiado joven para morirme.

Cuando cerré las ventanas, volví a pensar en el «Arioso» de Bach y empecé a tararearlo mentalmente. En momentos como este, cuando estamos solos y tenemos la cabeza completamente en otra parte, enfrentándose a la eternidad y lista para hacer balance de esta cosa llamada vida y de todo lo que hemos hecho, medio hecho o dejado sin hacer, ¿cuál sería mi respuesta a las preguntas de las que el viejo Bach dijo que ya conocía la respuesta?

Una persona, un nombre. Él lo sabe, pensé. Ahora mismo, él lo sabe, todavía lo sabe.

Encuéntrame, dice.

Te encontraré, Oliver, te encontraré, digo. ¿O se ha olvidado?

Pero se acuerda de lo que acabo de hacer. Me mira, no dice nada, me doy cuenta de que se ha emocionado.

Y de pronto, con el «Arioso» todavía en la mente y otra copa más y uno de los cigarrillos de Karen, quise que tocase ese «Arioso» para mí, seguido del preludio coral, que no había tocado nunca antes, y que lo tocase para mí, solo para mí. Y cuanto más pensaba en él tocando, más brotaban las lágrimas de mis ojos, y daba igual que quien siguiera hablando fuese el alcohol o mi corazón, porque lo único que quería era escucharlo en ese momento, tocando el «Arioso» en el Steinway de sus padres en una tarde lluviosa de verano en su casa junto al mar, y sentarme cerca del piano con una copa en la mano y estar con él y nunca más tan completamente solo como había estado durante tantísimos años, solo entre extraños que no sabían nada de él o de mí. Le pediría que tocase el «Arioso» y que al tocarlo me recordara esta misma noche, cuando soplé las velas en la terraza, apagué las luces del salón, encendí un cigarrillo y por una vez en mi vida supe dónde quería estar y lo que tenía que hacer.

Pasaría igual que la primera vez o la segunda o la tercera. Me inventaría un motivo que fuese lo bastante creíble para los demás y para mí mismo, cogería un avión, alquilaría un coche o contrataría a alguien que me llevase hasta allí, conduciría por las viejas carreteras conocidas que seguramente habrían cambiado con los años, o quizá no tanto, y que todavía se acordarían de mí como yo me acordaba de ellas, y antes de que me diera cuenta ahí estaría: el viejo paseo de pinos, el sonido familiar de la gravilla crujiendo bajo los neumáticos mientras el coche frena hasta pararse y, después, la casa. Miro, creo que no hay nadie, no saben que vengo, aunque he escrito que llegaba, pero, por supuesto, ahí está, esperando. Le he dicho que no me esperase levantado.

Por supuesto que te esperaré levantado, responde, y en ese por supuesto todos nuestros años vuelven corriendo, porque hay un rastro de ironía silenciada, que era su forma de sincerarse cuando estábamos juntos, y significaba: Sabes que siempre te esperaré levantado, aunque llegues a las cuatro de la madrugada. Todos estos años te he esperado levantado, ¿crees que no voy a esperar levantado unas cuantas horas más?

Esperar levantado es lo que he hecho toda nuestra vida, esperar levantado me permite estar aquí recordando la música de Bach sonando en mi lado del mundo y dejar que mi pensamiento te busque, porque lo único que quiero es pensar en ti, y a veces no sé quién es el que está
pensando, si tú o yo.

Estoy aquí, dice.
¿Te he despertado?
Sí.
¿Te molesta?
No.
¿Estás solo?
¿Importa? Pero sí.
Dice que ha cambiado. No ha cambiado.
Todavía corro.
Yo también.
Y bebo un poco más.
Ídem.
Pero duermo mal.
Ídem.
Ansiedad, un poco de depresión.
Ídem, ídem.
Vas a volver, ¿verdad?

¿Cómo lo has sabido?
Lo sé, Elio.
¿Cuándo?, pregunta Elio.
Dentro de un par de semanas.
Quiero que vuelvas.
¿De verdad?
Sí.
No subiré por el sendero bordeado de árboles como había planeado, el avión aterrizará en Niza.
Te recogeré con el coche, entonces. Será a última hora
de la mañana.
Te acuerdas.
Me acuerdo.
Y quiero ver al niño.
¿Te he dicho su nombre alguna vez? Mi padre le puso
tu nombre. Oliver. Nunca se olvidó de ti.

Hará calor y no habrá sombra. Pero olerá a romero por todas partes y reconoceré el arrullo de las palomas, detrás de la casa habrá un campo de espliego y girasoles con sus grandes cabezas aturdidas levantadas al sol. La piscina, el campanario al que apodamos para-morirse, el monumento a los soldados muertos en el Piave, la pista de tenis, la cancela desvencijada que conduce a la playa pedregosa, la roca afilada por la tarde, el chirrido interminable de las cigarras, tú y yo, tu cuerpo y el mío.

Si me pregunta cuánto tiempo me voy a quedar, le diré la verdad.

Si me pregunta dónde pienso dormir, le diré la verdad. Si me pregunta.

Pero no lo preguntará. No tendrá que preguntarlo. Lo sabe.

Avances literarios de primavera en WMagazín.

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