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Por qué la Ilustración debe continuar como guía del ser humano

En momentos en que se atacan los valores que sembraron un nuevo orden de vida y progreso en armonía, el director del Centro de Neurociencia Cognitiva McDonell-Pew en el MIT sale en su defensa en un libro. Pinker explica, en este avance, la importancia de la Ilustración

Presentación WMagazín. Por diferentes motivos y corrientes, los principios y valores de la Ilustración son menoscabados, cuando no atacados directamente. Principios, valores e ideas sobre las que se levanta la sociedad moderna en la cual buscan convivir en armonía la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Igualdad y respeto, derechos y deberes. La Ilustración es atacada a pesar, o por eso mismo, de ser una de las principales conquistas del ser humano que estableció un nuevo orden para vivir y convivir mejor.

Sobre estos aspectos trata el último libro de Steven Pinker: En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, editado por Paidós. Pinker (Montreal, 1954) es profesor del departamento de ciencias cognitivas y del cerebro y director del Centro de Neurociencia Cognitiva McDonell-Pew en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Se trata de un destacado psicólogo experimental, científico cognitivo y un popular escritor, conocido por su defensa enérgica y de gran alcance de la psicología evolucionista y de la teoría computacional de la mente.

WMagazín publica un pasaje de la última obra de Pinker editada en España. En ella recuerda los pilares de la Ilustración que cambiaron el mundo y lo lanzaron a la modernidad en aras de un mejor mundo con mejores personas y ciudadanos en una mejor convivencia. Un análisis interesante y que vale la pena conservar y difundir y no olvidar.

¡Atrévete a saber!

Por Steven Pinker
¿Qué es la Ilustración? En un ensayo de 1784 con esa pregunta como título, Immanuel Kant respondía que consiste en “la salida de la humanidad de su autoculpable inmadurez”, su “perezosa y cobarde” sumisión a los “dogmas y fórmulas” de las autoridades religiosas o políticas. El lema de la Ilustración, proclamaba Kant, es: “¡Atrévete a saber!”, y su demanda fundamental es la libertad de pensamiento y de expresión. “Una época no puede establecer un pacto que evite que las épocas subsiguientes amplíen sus ideas, acrecienten sus conocimientos y purguen sus errores. Eso supondría un crimen contra la naturaleza humana, cuyo auténtico destino reside precisamente en semejante progreso”.
Una formulación de la misma idea en el lenguaje del siglo XXI puede hallarse en la defensa de la Ilustración que lleva a cabo David Deutsch en El comienzo del infinito. Deutsch arguye que, si nos atrevemos a saber, es posible el progreso en todos los campos: científico, político y moral. El optimismo (en el sentido que yo he defendido) es la teoría de que todos los fracasos —todos los males—, se deben a un conocimiento insuficiente […]. Los problemas son inevitables, porque nuestro conocimiento siempre estará infinitamente alejado de la completitud. Ciertos problemas son arduos, pero es un error confundir los problemas arduos con problemas de improbable resolución. Los problemas son solubles y cada mal particular es un problema que puede ser resuelto. Una civilización optimista está abierta a la innovación y no la teme, y se basa en las tradiciones de la crítica. Sus instituciones siguen mejorando, y el conocimiento más importante que encarnan es el conocimiento de cómo detectar y eliminar los errores.
¿Qué es la Ilustración? No existe una respuesta oficial, porque la era designada por el ensayo de Kant nunca fue demarcada mediante ceremonias inaugurales ni de clausura como los Olímpicos, ni se estipularon sus principios en un juramento ni en un credo. La Ilustración suele ubicarse convencionalmente en los dos últimos tercios del siglo XVIII, aunque dimanó de la revolución científica y la Era de la Razón del siglo XVII y se desarrolló hasta llegar al apogeo del liberalismo clásico de la primera mitad del siglo XIX. Provocados por los desafíos a la sabiduría convencional de la ciencia y la exploración, conscientes del derramamiento de sangre de las recientes guerras de religión e instigados por la fácil circulación de ideas y de personas, los pensadores de la Ilustración buscaban una nueva comprensión de la condición humana. La era fue una cornucopia de ideas, algunas de ellas contradictorias, pero conectadas por cuatro temas: la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. El más importante de ellos es la razón. La razón es innegociable. Tan pronto como se implique en la discusión de para qué deberíamos vivir (o cualquier otra cuestión), tan pronto como insista en que sus respuestas, cualesquiera que sean, son razonables, están justificadas o son verdaderas y, por consiguiente, otras personas también deberían creerlas, se ha comprometido ya con la razón y con el intento de que sus ideas respondan a estándares objetivos.
Si algo tenían en común los pensadores ilustrados era su insistencia en que apliquemos enérgicamente el estándar de la razón a la comprensión de nuestro mundo y no recurramos a generadores de engaño como la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas o el análisis hermenéutico de los textos sagrados. Era la razón la que llevaba a la mayoría de los pensadores ilustrados a repudiar la creencia en un Dios antropomórfico que se interesaba por los asuntos humanos. (…)
Muchos autores actuales confunden la defensa ilustrada de la razón con la tesis inverosímil de que los humanos son agentes perfectamente racionales. Nada podría estar más alejado de la realidad histórica. Pensadores como Kant, Baruch Spinoza, Thomas Hobbes, David Hume o Adam Smith eran psicólogos inquisitivos y plenamente conscientes de nuestras pasiones y debilidades irracionales. Insistían en que solo desafiando las fuentes comunes de la insensatez podíamos confiar en derrotarlas. La aplicación deliberada de la razón era necesaria precisamente porque nuestros hábitos de pensamiento comunes no son sobre todo razonables. Esto conduce al segundo ideal, la ciencia, el refinamiento de la razón con el fin de comprender el mundo. La revolución científica fue revolucionaria de una forma que hoy resulta difícil de apreciar, ahora que sus descubrimientos están profundamente arraigados en la mayoría de nosotros. (…)
Para los pensadores ilustrados, la huida de la ignorancia y la superstición mostraban cuán equivocada podía estar nuestra sabiduría convencional, y hasta qué punto los métodos de la ciencia (el escepticismo, el falibilismo, el debate abierto y la comprobación empírica) constituyen un paradigma de cómo lograr el conocimiento fiable. Ese conocimiento incluye una cierta comprensión de nosotros mismos. La necesidad de una «ciencia del hombre» era un tema que unía a pensadores ilustrados que discrepaban acerca de otros muchos asuntos, incluidos Montesquieu, Hume, Smith, Kant, Nicolas de Condorcet, Denis Diderot, Jean-Baptiste d’Alembert, Jean-Jacques Rousseau y Giambattista Vico. La creencia de que existía algo parecido a una naturaleza humana universal, que podía estudiarse científicamente, los convirtió en precoces cultivadores de las ciencias que se bautizarían solo unos siglos después. (…)
Los pensadores de la Era de la Razón y la Ilustración veían una necesidad apremiante de dotar a la moral de una fundamentación secular, pues estaban atormentados por la memoria histórica de siglos de matanzas religiosas: las Cruzadas, la Inquisición, las cazas de brujas o las guerras de religión europeas. Pusieron los cimientos de lo que hoy llamamos humanismo, que privilegia el bienestar de hombres, mujeres y niños individuales. (…)
Dado que estamos equipados con la capacidad de compadecernos de otros y empatizar con ellos, nada puede impedir que el círculo de la compasión se expanda desde la familia y la tribu para abrazar a toda la especie humana, especialmente a medida que la razón nos incita a percatarnos de que no hay nada exclusivamente meritorio en nosotros mismos ni en los grupos a los que pertenecemos.
Desembocamos así forzosamente en el cosmopolitismo, esto es, la aceptación de nuestra ciudadanía en el mundo. La sensibilidad humanista impelió a los pensadores ilustrados a condenar no solo la violencia religiosa, sino también las crueldades seculares de su época, incluidas la esclavitud, el despotismo, la ejecuciones por delitos poco serios como el robo en tiendas o la caza furtiva, y los castigos sádicos tales como la flagelación, la amputación, el empalamiento, el destripamiento, el despedazamiento en la rueda y la quema en la hoguera. La Ilustración se designa a veces como la «revolución humanitaria», toda vez que condujo a la abolición de las prácticas bárbaras que habían sido moneda de uso corriente en las distintas civilizaciones durante milenios.
Si la abolición de la esclavitud y el castigo cruel no es progreso, entonces nada lo es, lo cual nos lleva al cuarto ideal ilustrado. Con nuestra comprensión del mundo promovida por la ciencia y nuestro círculo de compasión expandido mediante la razón y el cosmopolitismo, la humanidad puede progresar en términos intelectuales y morales. No necesita resignarse a las miserias e irracionalidades del presente, ni tratar de retrasar el reloj hasta una edad dorada perdida. La creencia ilustrada en el progreso no debería confundirse con la creencia romántica decimonónica en las fuerzas místicas, las leyes, la dialéctica, las luchas, los despliegues, los destinos, las eras del hombre y las fuerzas evolutivas que propulsan incesantemente a la humanidad hacia la utopía.
(…) El ideal del progreso tampoco debería confundirse con el movimiento del siglo XX para rediseñar la sociedad al antojo de los tecnócratas y los planificadores, que el politólogo James Scott denomina “alto modernismo autoritario”.
El movimiento negaba la existencia de la naturaleza humana, con sus desordenadas necesidades de belleza, naturaleza, tradición e intimidad social. Partiendo de un “mantel limpio”, los modernistas diseñaban proyectos de renovación urbana que reemplazaban barrios dinámicos por autopistas, rascacielos, plazas azotadas por el viento y arquitectura brutalista. “La humanidad renacerá —teorizaban— y vivirá en una relación ordenada con el todo”.
Aunque estos desarrollos estuviesen ligados en ocasiones a la palabra progreso, el uso era irónico: el “progreso” no guiado por el humanismo no es progreso. En lugar de intentar modelar la naturaleza humana, la esperanza ilustrada en el progreso se concentraba en las instituciones humanas. Los sistemas creados por los humanos como los gobiernos, las leyes, los mercados y los organismos internacionales son un blanco natural para la aplicación de la razón a la mejora del hombre. De acuerdo con esta manera de pensar, el gobierno no es un mandato divino para reinar, un sinónimo de “sociedad” ni una encarnación del alma nacional, religiosa o racial. Es una invención humana, tácitamente convenida mediante un contrato social, destinada a fomentar el bienestar de los ciudadanos coordinando sus comportamientos y disuadiendo de los actos egoístas que pueden resultar tentadores para todos los individuos, pero que dejan a todos en peores condiciones. Como se afirma en el documento más célebre de la Ilustración, la Declaración de Independencia de Estados Unidos, con el fin de garantizar el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, se instituyen entre la gente los gobiernos, cuyos justos poderes dimanan del consentimiento de los gobernados. Entre los poderes del gobierno figura el de imponer castigos, y escritores como Montesquieu, Cesare Beccaria y los padres fundadores estadounidenses reconsideraron la licencia del gobierno para infligir daños a sus ciudadanos.
El castigo a los criminales, sostenían, no es un mandato para implementar la justicia cósmica, sino parte de una estructura de incentivos que disuade de cometer actos antisociales sin causar más sufrimiento del que impide. La razón por la que el castigo debería ser adecuado al delito, por ejemplo, no estriba en equilibrar ninguna escala mística de justicia, sino en garantizar que el malhechor se detenga en un delito menor en lugar de pasar a otro más dañino. Los castigos crueles, con independencia de que sean o no “merecidos” en algún sentido, no resultan más efectivos para impedir el daño que los castigos moderados pero más certeros, e insensibilizan a los espectadores y embrutecen a la sociedad que los implementa. En la Ilustración encontramos asimismo el primer análisis racional de la prosperidad. Su punto de partida no era cómo se distribuye la riqueza, sino la cuestión previa de cómo llega a existir esta. Smith, influido por autores franceses, holandeses y escoceses, observaba que la abundancia de cosas útiles no puede surgir de las manos de un campesino o artesano que trabaje en solitario. Depende de una red de especialistas, cada uno de los cuales aprende a hacer algo del modo más eficiente posible, y de que combinen e intercambien los frutos de su ingenio, su destreza y su trabajo. En un célebre ejemplo, Smith calculaba que un fabricante de alfileres que trabajase en solitario podría hacer a lo sumo un alfiler al día, mientras que en un taller en el que «un hombre estira el alambre, otro lo endereza, un tercero lo corta, un cuarto le saca punta y un quinto lo afila en el extremo superior para ponerle la cabeza», cada trabajador podría fabricar casi cinco mil.
(…)
Esto nos lleva a otro ideal ilustrado: la paz. La guerra era tan común en la historia que era natural verla como una dimensión permanente de la condición humana, así como pensar que la paz solo podría llegar en una época mesiánica. Pero ahora la guerra ya no se consideraba un castigo divino que había que soportar y deplorar, ni una gloriosa competición que había que ganar y celebrar, sino un problema práctico que era preciso mitigar y solucionar algún día. En Sobre la paz perpetua, Kant presentaba medidas que disuadirían a los líderes de arrastrar a sus países a la guerra.
(…) Los pensadores ilustrados eran hombres y mujeres de su época, el siglo XVIII. Algunos eran racistas, sexistas, antisemitas, dueños de esclavos o duelistas. Algunos de los asuntos que les preocupaban nos resultan prácticamente incomprensibles, y planteaban infinidad de ideas absurdas junto con otras brillantes. Más concretamente, nacieron demasiado pronto para apreciar algunas de las piedras angulares de nuestra comprensión actual de la realidad. Ellos habrían sido los primeros en reconocerlo. Si uno ensalza la razón, entonces lo que importa es la integridad de los pensamientos, no las personalidades de los pensadores. Y si uno se compromete con el progreso, no puede presumir de haberlo explicado todo. No supone ningún menoscabo de los pensadores ilustrados identificar ciertas ideas cruciales acerca de la condición humana y la naturaleza del progreso que nosotros conocemos y ellos ignoraban. Sugiero que estas ideas son la entropía, la evolución y la información.
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