Génesis y presencia de la palabra Macondo en la obra de García Márquez

MACONDO DÍA 1¿Por qué el autor colombiano decidió poner Macondo a su pueblo mítico? La primera vez lo escribió a finales de los años 40, pero la primera vez que apareció fue en otro libro

En uno de esos viajes en los que el tren pasaba entre los bosques y plantaciones de bananos de la costa caribe colombiana fue cuando el niño Gabriel García Márquez vio un letrero de lata que decía “Finca Macondo”. Allí en su cabeza se quedó ese nombre. Era el de un árbol de origen africano y forma parecida a la de la ceiba pero estilizada o al de los baobabs. Era comienzos de los años treinta y el niño iba con su abuelo Nicolás Ricardo Márquez.

García Márquez vivió en Aracataca con sus abuelos maternos hasta los ocho años. Lo hizo entre el mundo racional y de guerras y política que le relataba su abuelo, el coronel Márquez Mejía, y las historias sobrenaturales entre las que habitaba su abuela, Tranquilina Iguarán Cotes. Vivía en un caserón poblado de mujeres, tías, asistentas y vecinas, donde solo había dos hombres: su abuelo y él.

El niño se hizo periodista y escritor. Su territorio literario tiene sus raíces en aquellos primeros años. Siempre quiso escribir sobre aquellos años en esa casa. El nombre de Aracataca lo cambió por el de Macondo, donde creó un territorio mítico. Cuando García Márquez le puso Macondo al pueblo de Cien años de soledad, fundado por los Buendía, ya lo había creado y usado a finales de los años cuarenta.

 

La primera vez que utilizó ese nombre fue entre 1948 y 1949 cuando empezó a escribir su primera novela, La hojarasca, que se publicó en 1955. Lo hizo en la narración introductoria:

“De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. (…) hasta los desperdicios del amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca. (…) Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez. (…) Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a verlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra”. Y es una línea más abajo cuando el escritor deja constancia de la fecha más antigua de ese pueblo en la tierra, al fechar ese informe así: ‘Macondo, 1909”.

La verdad es que como hasta 1955 no se publicó La hojarasca el nombre publico de Macondo se pudo leer por primera vez en el cuento Un día después del sábado, que dice:

“Pero ese sábado llegó alguien. Cuando el padre Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar se alejó de la estación, un muchacho apacible, con nada de particular aparte de su hambre, lo vio desde la ventana del último vagón en el preciso instante en que se acordó de que no comía desde el día anterior. Pensó: ‘Si hay un cura debe haber un hotel’. Y descendió del vagón y atravesó la calle abrasada por el metálico sol de agosto y penetró en la fresca penumbra de una casa situada frente a la estación donde sonaba el disco gastado en el gramófono. (…) Y ahí penetró, sin ver la tablilla: Hotel Macondo; un letrero que él no había de leer en su vida”.

La segunda vez que la gente lo lee, y cree que es el origen del nombre del pueblo es porque lo lleva en el mismo título del cuento: Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo.

Pero es hasta 1967 cuando se publica Cien años de soledad y Macondo es el pubelo fundado por los Buendía cuando entra en el imaginario universal como uno de los territorios literarios más emblemáticos y populares. Su aparición es en las primeras líneas de la novela:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

En 2002 en sus memorias Vivir para contarla, García Márquez contó el origen de la palabra Macondo:

“Esta palabra me había llamado la atención desde los primeros viajes con mi abuelo, pero sólo de adulto descubrí que me gustaba su resonancia poética. Nunca se lo escuché a nadie ni pregunté siquiera qué significaba. La había usado ya en tres libros míos como nombre de un pueblo imaginario, cuando me enteré en una enciclopedia casual que es un árbol del trópico parecido a la ceiba, que no produce flores ni frutos, y cuya madera esponjosa sirve para hacer canoas y esculpir trastos de cocina. Más tarde descubrí en la Enciclopedia Británica que en Tanganyka existe la etnia errante de los makondos y pensé que aquel podría ser el origen de la palabra”.

 

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