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Gloria Steinem, periodista y activista feminista distinguida con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2021. /Foto de Asa Mathat -Creative Commons-Flickr

Gloria Steinem cuenta qué la llevó a defender los derechos de las mujeres y ser un icono del feminismo moderno

El viaje a la India tras la universidad y el discurso famoso de Martin Luther King sentaron las bases de quien es considera una de las "madres" del activismo feminista. WMagazín, con apoyo de Endesa, publica un pasaje de la biografía 'Mi vida en la carretera' de la distinguida con el Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2021

Presentación WMagazín El viaje a la India tras la universidad, en los años cincuenta, fue crucial para el futuro de Gloria Steinem (Ohio, Estados Unidos, 1934) como periodista y activista de la defensa de los derechos de la mujer. La ganadora del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2021 vivió una experiencia inolvidable con las mujeres indias que sentaron las bases de su pensamiento feminista que la llevó a ser considerada como una de las «madres» del feminismo estadounidense y moderno en los años sesenta y setenta. Según el jurado, Steinem «es una referencia icónica esencial del movimiento por los derechos de las mujere, a partir de los ñaos sesenta su activismo marcado por la independencia y el rigor, ha sido motor de una de las grandes revoluciones de la sociedad contemporánea. A lo largo de seis décadas su sólido e inagotable compromios con el feminismo, su ponderación y voluntad de incluir todas las voces han impulsado la igualdad como uno de los valores fundamentales de la humanidad».

WMagazín, con apoyo de Endesa, publica un pasaje de sus memorias Mi vida en la carretera (Alpha Decay, 2016- Traducción de Regina López Muñoz). En sus páginas la periodista y escritora relata aquel viaje que cambiaría su vida y parte del destino de la sociedad. No solo constató desigualdades y ausencias de derechos en la población femenina, sino que conoció el mundo interior de las mujeres trabajando y luchando en comunidad. Allí aprendió a trabajar en equipo y adquirió sus dotes de gran oradora.

Otro momente revelador de la biografía fue cuando en 1963 fue testigo del discurso famoso de Martin Luther King cuando una mujer lo animó a que contara la anécdota de «Tengo un sueño».

Gloria Steinem. /Foto Alpha Decay

Gloria Steinem empezó su carrera como periodista en New York Magazine, en 1968 como parte del equipo fundacional, desde la cual fundó, en los años setetna, junto a Dorothy Pitman Hughes la que se considera la primera revista feminista en papel satinado: Ms. En 1972 fue la primera mujer en dar un discurso en el Club Nacional de Prensa, donde fue muy crítica con la organización de las redacciones.

A continuación un pasaje clave de su biografía:

'Mi vida en la carretera: Círculos de discusión'

Por Gloria Steinem

Por el hecho de considerar a mi padre un hombre errante y desarraigado, mi primera resolución fue convertirme en todo lo contrario. Estaba convencida de que mi peculiar niñez daría paso a una etapa adulta con un trabajo, un hogar y vacaciones una vez al año. En efecto, es posible que anhelase esa vida más que otras personas que crecieron con ella. Podría haberme colocado un letrero en la frente, se busca hogar, pero di por hecho que el hogar verdadero tendría que esperar a que llegaran el marido y los hijos, una suerte que se me antojaba inevitable y que al mismo tiempo no acertaba a plantearme. Ni siquiera en las películas había conocido a una sola esposa que llevase a cabo su propio viaje. El matrimonio siempre era el final feliz, nunca el comienzo. Estábamos en los cincuenta, y yo confundía madurar con sentar cabeza. (…)

Gracias a los dos meses que viví como una rara extranjera en Miranda House, la facultad femenina de la Universidad de Delhi, y a unas simpáticas estudiantes que me enseñaron a llevar sari y a coger autobuses, me di cuenta de que no podría conocer de verdad la India moviéndome sola en coche. (…)

Cuando me encaramé al viejísimo coche de tercera me encontré en un dormitorio común sobre ruedas. Había grupos de mujeres de todas las edades y tamaños charlando, dando de mamar o comiendo de esos envases de latón con varios pisos conocidos como tiffins. La extranjera ataviada con un sari que era yo no tardó en atraer la curiosidad, la amabilidad y los consejos de aquellas mujeres, todo ello acompaña-do de unas pocas palabras en inglés, otras en hindi y mucha gestualidad. (…)

Más adelante oiría a Indira Gandhi describir sus viajes de juventud en esos coches exclusivamente femeninos como la mejor formación para una primera ministra. Era hija de Jawaharlal Nehru, el primer primer ministro de la India, y sin embargo afirmaba haber aprendido más de esas mujeres, cuyo punto de vista era personal. (…)

Por primera vez fui testigo de la magia tan antigua como moderna de los grupos donde todos pueden hablar por tur-nos, todos deben escuchar, y el consenso se considera más importante que el tiempo. No tenía ni idea de que los círculos de discusión habían sido una forma de gobierno muy común a lo largo de casi toda la historia del ser humano, desde los bosquimanos del sur de África, antepasados de todos nosotros, hasta las primeras naciones de mi propio continente, donde algunos estratos de dichos círculos se convirtieron en la Confederación Iroquesa, la democracia ininterrumpida más antigua del mundo. Los círculos de discusión también existieron en Europa antes de que las inundaciones, las hambrunas y las normas patriarcales los sustituyeran por las jerarquías, los sacerdotes y los reyes. En el momento en que nos sentábamos a hablar en Ramnad yo ni siquiera sabía que en las iglesias negras de mi país se estaba produciendo una oleada de círculos de discusión y «testimonios» que prendería la llama de los movimientos por los derechos civiles. Y de ninguna manera sospechaba que una década más tarde vería con mis propios ojos grupos de concienciación, círculos de discusión compuestos por mujeres que fundarían el movimiento feminista. Lo único que sabía era que una profunda parte de mí se estaba nutriendo y transformando junto a los aldeanos.

Veía que los gandhistas escuchaban, y por eso mismo se les escuchaba. Dependían de la generosidad, y por eso mismo generaban generosidad. Transitaban el camino de la no violencia, y por eso mismo lo hacían posible. He aquí las enseñanzas prácticas sobre activismo que me enseñaron:

  • Si quieres que te escuchen, tienes que escuchar.
  • Si aspiras a que la gente cambie su forma de vida, tienes que saber cómo vive.
  • Si quieres que te vean, tienes que sentarte con ellos y mirarlos a los ojos.

Naturalmente, yo no sabía que, más o menos una década después, el activismo itinerante empezaría a ocupar la mayor parte de mi vida.

Habían pasado casi veinte años cuando volví a la India. Para entonces, a finales de los setenta, los movimientos civiles y anti-Vietnam habían provocado más cambios en mi país, inclusive entre mujeres comprometidas que fueron fundamentales en estos movimientos, donde, sin embargo, raras veces encontraban igualdad. Esas mujeres tomaron conciencia de la necesidad de crear un movimiento feminista independiente e inclusivo que se ocupara de las políticas de género tanto globales como personales.

Se produjo un contagio similar en muchos países. En general, se propagaba una nueva consciencia a medida que las mujeres se congregaban o leían sobre las demás, ya en pequeñas reuniones y publicaciones feministas underground, ya en citas a escala global, como la Conferencia Mundial sobre la Mujer de la onu, celebrada en México, D.F. en 1975. La yesca de la desigualdad estaba por todas partes, esperando que le arrimasen una chispa.

Devaki Jain, economista gandhista y amiga de mi primera etapa en la India, me invitó a volver a finales de los setenta para hablar con algunos de esos nuevos grupos de mujeres. Era como si ambas hubiéramos tenido las mismas revelaciones mediante telepatía. Terminábamos las frases de la otra. Inspiradas por nuestros respectivos caminos, que desembocaban en un lugar común, se nos ocurrió la idea de recopilar tácticas gandhistas en un panfleto para movimientos feministas del mundo entero. A fin de cuentas, la táctica de Gandhi de la satyagraha, la resistencia pacífica, parecía muy apropiada para las mujeres, tanto como las marchas multitudinarias y los boicots al consumo.

Como parte de nuestras investigaciones entrevistamos a Kamaladevi Chattopadhyay, una de las pocas líderes de la lucha independentista. Trabajó con Gandhi, dirigió la organización nacional de la mujer, lo previno contra la división de India y Pakistán como precio de la independencia y a continuación encabezó un renacimiento de la artesanía india que se sirvió del talento de millones de refugiados desplazados por la partición.

Cuando le expusimos la idea de difundir las tácticas gandhistas entre los movimientos feministas nos escuchó, paciente, sin dejar de mecerse en el porche y dando sorbos a su té. Una vez hubimos acabado, nos dijo: «Pues claro que sí, queridas mías. Todo lo que Gandhi sabía se lo enseñamos nosotras». Nos partimos de risa, y nos explicó que en la India, bajo el dominio de los británicos, Gandhi había sido testigo de un multitudinario movimiento femenino organizado, entre otras cosas, contra el sati, el ritual de inmolación de las viudas en las piras funerarias de sus maridos. (…)

Cuando regresé a casa tras la segunda visita a la India vi mi propio pasado con otros ojos.

Había recorrido poblaciones indias en los cincuenta con-vencida de que no tenían ninguna relevancia en mi vida. Pero ahora estaba surgiendo una revolución feminista a partir de círculos de discusión. En mi país yo había estado en todos lados, desde centros de acogida para mujeres maltratadas y clínicas para mujeres sin apoyos hasta centros femeninos en campus y manifestaciones de madres solteras que luchaban por prestaciones sociales. Mi transformación en activista feminista itinerante no era más que una versión occidental de patearse los pueblos.

Aunque había imaginado para mí una vida de periodista y observadora, segura de no querer hacerme responsable del bienestar de otros (como me había pasado con mi madre), me vi comprometida con unas colegas y una revista cuyas nóminas me quitaban el sueño. No obstante, esa responsabilidad había originado una comunidad, no un lastre.

Había querido huir de mi niñez viajera, y sin embargo ahora viajaba y descubría que la gente normal es inteligente, que la gente inteligente es normal, que las mejores decisiones las toman las personas a las que les atañen y que el ser humano posee una capacidad casi infinita para adaptarse a las expectativas del entorno, lo cual puede ser un arma de doble filo.

Por último, veía que el amor por la independencia y por las posibilidades que me inculcó mi padre hallaba ahora una meta. Todos los movimientos requieren de un puñado de personas que no pueden ser despedidas. Cuando eres dependiente, es muy difícil dejar de buscar la aprobación de quien quiera de quien dependas. Yo me sentía cómoda con esa mezcla de libertad e inseguridad que me permitió convertirme en activista itinerante.

No es una vocación de la que te hablen los orientadores profesionales, ni un oficio para el que se oferten plazas; ni siquiera sale en las películas. Ser activista es imprevisible y a menudo consiste en ganarse el pan dando charlas, escribiendo y subsistiendo gracias a las instituciones, los trabajos esporádicos, los amigos y los ahorros. Pero, salvo en el caso de quien se hace músico de rock o trovador, ningún otro empleo te permite participar a tiempo completo del cambio social. Esta labor satisface tanto mi adicción a la libertad, heredada de mi padre, como la pasión por la comunidad, que me viene de la constatación del precio que tuvo que pagar mi madre por no formar parte de ninguna. Por eso, si tuviese que elegir el hallazgo más importante de mi vida, sería la comunidad portátil de los círculos de discusión; grupos que se juntan con los cinco sentidos y remueven conciencias. Gracias a ellos he encontrado un camino que no es ni solitario como el de mi padre, ni falto de apoyos como el de mi madre. Me enseñaron a hablar y a escuchar. También me mostraron que escribir, que es un acto solitario, casa bien con el activismo, que es un acto colectivo. Pero tardé algo de tiempo en descubrir que puedes llevar a cabo ambas actividades estés donde estés.

II

En 1963 me ganaba la vida como periodista freelance redactando semblanzas de personajes famosos y artículos sobre moda, nada que ver con los reportajes que tenía en mente cuando volví de la India. Leí que Martin Luther King Jr. encabezaría una marcha en Washington, una campaña masiva para exigir empleo, justicia, una nueva legislación y protección federal para los manifestantes por los derechos civiles, que estaban siendo agredidos, encarcelados y a veces incluso asesinados en el Sur, siempre con la connivencia de la policía. Sin embargo, no conseguí que me encargasen nada.

Lo cierto es que tenía un buscadísimo encargo para escribir la semblanza de James Baldwin —que pronunciaría un discur-so en la marcha—, pero perseguirlo entre la multitud me parecía imposible o indiscreto (o ambas cosas). Además, podría ver y escuchar mucho mejor el discurso en la televisión. Por lo demás, en prensa se publicaban funestos augurios de escasa participación y fracaso, o demasiada participación y violencia. La Casa Blanca, inquieta por que la marcha pudiera espantar a los moderados del Congreso, necesarios para aprobar la Ley de De-rechos Civiles, consideró la manifestación demasiado peligrosa, todo lo contrario que Malcolm X, quien la tildó de «dócil» y afirmó que pedir ayuda a Washington era propio de gente necesitada, no autosuficiente y con pocas posibilidades de triunfar.

Por todos estos motivos decidí no ir a la marcha… hasta que me vi de camino. Lo único que puedo decir, años después, es que si te ves arrastrado a una actividad en contra de toda lógica, ve. El universo te está mandando un mensaje.

Aquel caluroso día de agosto yo era una más de los que se dejaban llevar, despacio, por un mar de humanidad. Avanzaba al lado de la señora «Greene, acabado en e», una ancianita entrada en carnes con sombrero de paja que había acudido a la marcha con su hija, una mujer madura y elegante. La señora Greene me explicó que había trabajado en Washington durante el gobierno de Truman, en la misma sala que los empleados blancos, pero segregada tras un biombo. Como por aquel entonces no había podido protestar, lo hacía ahora.

Conforme nos acercábamos al Lincoln Memorial, me señaló que la única mujer sentada en la tribuna de los intervinientes era Dorothy Height, directora del Consejo Nacional de Mujeres Negras, una organización que había desempeñado labores de justicia racial desde la década de los treinta, y ni por ésas la habían invitado a intervenir. La señora Greene tenía muchas preguntas: «¿Dónde está Ella Baker? Ella fue la que preparó a los muchachos del Comité Coordinador Estudiantil por la No Violencia. ¿Y qué pasa con Fannie Lou Hamer? Le dieron una paliza en la cárcel y la esterilizaron en un hos-pital de Misisipi cuando ingresó por otro motivo que no tenía nada que ver. Así son las cosas: cuando les hace falta, tenemos que parir mano de obra para los campos, y cuando ya no, adiós muy buenas. Mi abuela era más pobre que una rata y le pagaban setenta y cinco dólar por cada criatura que le nacía viva. ¿Qué la diferenciaba a ella de Fannie Lou? Las herramientas agrícolas. Ya no necesitaban tanta mano de obra. ¿Quién contará estas historias de mujeres negras?».

Yo ni siquiera me había fijado en la ausencia de mujeres. Tampoco me había parado a pensar nunca en las motivaciones racistas para controlar los cuerpos de las mujeres. Sentí que algo hacía clic dentro de mi mente. Pasaba como en la India, donde las mujeres de las castas altas sufrían restricciones sexuales mientras las de los estratos más bajos eran explotadas sexualmente. Aquella marcha fue magnética. Gracias a haber vivido en la India pude tomar conciencia de lo segregado que estaba mi propio país. Pero sólo gracias a la señora Greene pude comprender los paralelismos entre raza y casta, y que los cuerpos de las mujeres se utilizaban para perpetuar ambas cosas. Prisiones distintas con una misma llave.

La hija de la señora Greene puso los ojos en blanco cuando su madre contó que había elevado una protesta al jefe de su delegación estatal. Éste había proclamado que Mahalia Jackson y Marian Anderson iban a cantar. «Cantar no es lo mismo que hablar», había respondido ella, sin ambages.

Yo estaba impresionada. No sólo no había manifestado una queja semejante en mi vida, sino que en las reuniones políticas le había expuesto mis sugerencias al hombre que tenía más cerca, sabedora de que a él, por ser hombre, le harían más caso. «Si vosotras, las mujeres blancas —me dijo la señora Greene, como si me hubiera leído el pensamiento—, no os defendéis, ¿cómo vais a defender a otra gente?»

Nos separamos en el momento en que una marea humana desembocaba en el Lincoln Memorial y la tribuna de los intervinientes. Eché mano de mi acreditación de prensa para encaramarme a los escalones, con la esperanza de localizarlas. Pero lo único que vi al darme la vuelta fue un océano de caras, una imagen que jamás olvidaré. Por toda la extensión de césped, más allá del estanque cristalino, más allá del monumento a Washington y hasta el Capitolio se agolpaban doscientas cincuenta mil personas. El mar humano parecía calmado, sereno, ni siquiera trataba de acercarse a los oradores, como si cada individuo sintiera la responsabilidad de demostrar que el temor a la violencia y a los disturbios estaba injustificado. Éramos como una nación dentro de una nación. Me asaltó un pensamiento: Ahora mismo no querría estar en ningún otro rincón de este planeta.

Martin Luther King Jr. leyó su muy esperado discurso con su voz grave y reconocible. Siempre había imaginado que, de estar presente en uno de esos momentos que hacen historia, no sería consciente de ello hasta mucho más tarde; sin embargo, ese día supe que aquel instante ya era historia.

Cuando King estaba concluyendo su intervención, oí que Mahalia Jackson le gritaba: «¡Cuéntales lo del sueño, Martin!» Y él empezó con lo de «Yo tengo un sueño», fuera del guión, mientras la muchedumbre lo aclamaba después de cada frase: «¡Y que lo digas!». Lo más recordado sería lo más espontáneo.

Ojalá la señora Greene oyera a esa mujer que alzó la voz y lo cambió todo.

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