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Ilustración de Antonio Santos para ‘La metamofosis’, de Kafka en Nórdica Libros. /WMagazín

‘La metamorfosis’, de Franz Kafka, interpretada y explicada en el siglo XXI como reflejo de la vida

Hace 110 años, en 1912, el escritor checo gestó la que sería una de las novelas clásicas y con más interpretaciones: la historia del un hombre que se despierta convertido en insecto. WMagazín recupera una de sus lecturas más originales

Presentación WMagazín Hace 110 años Franz Kafka (1883-1924), con 29 años, gestó una de las grandes obras de la literatura: La metamorfosis (o La transformación) que publicó en 1915. Una novela a la que le bastaron 60 o 70 páginas para convertirse en un clásico del siglo XX. Es uno de los libros con más interpretaciones por parte de críticos y escritores y anécdotas de sus lectores. Una de las más interesantes y originales del siglo XXI es la del autor español Juan José Millás, rescatada por Nórdica Libros en edición cartoné de la que hizo por el centenario de la publicación de la novela, en 2015, con la nueva traducción de Isabel Hernández y las ilustraciones de Antonio Santos.

WMagazín publica algunos pasajes de la mirada singular de Juan José Millás sobre la historia de Gregorio Samsa, el hombre que una mañana amanece convertido en un escarabajo. Si ya la novela se presta a diversos análisis, la visión de Millás y su contextualización, tanto de la época en que fue publicado, como del momento en que la leyó por primera vez y en otras ocasiones, enriquece el mundo de Kafka. En su mejor estilo, Millás ofrece capas de lectura, del humor a lo serio, de lo serio a lo absurdo, de lo absurdo a lo profundo, de lo profundo a lo fantástico, de lo fantástico al realismo… Y así para hablar de una mirada sobre el ser humano del siglo XX y XXI. Como cuando dice:

«No importa cuántas veces penetre uno en este libro; al final siempre se pregunta lo mismo: ¿Cómo lo ha hecho? Y es que se trata de una novela sin forro. Quiero decir con ello que le das la vuelta y es exactamente igual por un lado que por otro: ni siquiera es fácil advertir, una vez colocada del revés, esa fina cicatriz que en los calcetines delata si se encuentran de uno u otro lado. No hay forma de verle las costuras. […] La simpleza aparente del relato es tal que si uno va levantando capas de materiales narrativos en busca del motor primordial, cuando levanta el último velo no hay nada detrás. Nada. En eso, curiosamente, La metamorfosis nos recuerda a la vida».

Esperamos que disfrutes esta original lectura de La metamorfosis y sea la vía para releer la novela o descubrirla:

'La metamorfosis', de Franz Kafka

Prólogo: Mamíferos e insectos

 

por Juan José Millás

James Joyce, con Ulises, y Franz Kafka, con La metamorfosis, se encuentran en los dos extremos de un arco en cuya curva cabe casi toda la literatura que se ha escrito a lo largo del siglo xx. Tratándose por otra parte de dos de las novelas que mejor lo han contado, llama la atención que sean tan distintas. Ulises es un libro complejo y de apariencia complicada al mismo tiempo: un artefacto literario lleno de palancas y botones y luces y compartimentos que solo se deja conducir por lectores muy experimentados. Además, es una novela larga. La metamorfosis, en cambio, que no tendrá más allá de 60 o 70 folios, es a primera vista un relato sencillísimo, sin dificultades formales visibles, en el que podría penetrar un adolescente cuya biografía lectora acabase de comenzar. La del irlandés es de 1922; la del checo, de 1915. Contemporáneas del todo, en fin. Por eso constituyen también dos modos de aproximarse a la realidad, tanto como a la literatura, y por eso cada una, en su registro, continúa siendo un misterio.

(…)

La metamorfosis, en cierto modo, era lo contrario de lo que representaba Ulises: corta, simple, muy manejable (cabía en el bolsillo de atrás de un pantalón vaquero tratándose también de una edición argentina), sin referencias cultas visibles que le atosigaran a uno. Y la había leído un día del mes de agosto de 1964 que nada tendría que envidiar al 16 de junio de 1904. Me sorprendió que nadie, en los círculos que frecuentábamos entonces, hablara de esta novela, pero por otra parte, me decía, ¿puede tratarse de una obra maestra acumulando tantas características que la alejan del modelo vigente, el Ulises? Pues a las diferencias citadas todavía era preciso añadir una más: contaba la historia de alguien que se transforma en insecto. ¿No sería, pues, una novela fantástica apta para jóvenes que se iniciaban en la lectura, pero no para un verdadero gourmet literario? No me atreví, pues, a recomendarla a aquellos temperamentos sesudos con los que discutía cada día de cine, literatura y teología, pues éramos expertos en todo, no tanto por la suficiencia característica de esa edad como por las carencias de la época que nos tocó vivir.

Un día, no obstante, en un momento de debilidad me atreví a hablar de La metamorfosis a uno de los lugartenientes del grupo con el que había llegado a trabar cierta intimidad. Recuerdo que me miró con cierta condescendencia y me dijo lo que ya me temía oír:

—Es una buena novela juvenil.

Maldije mis gustos literarios, pero continué visitando y revisitando La metamorfosis en la intimidad, mientras continuaba acudiendo en grupo a las expediciones organizadas para visitar el Ulises (o la catedral). Tuvieron que pasar muchos años antes de que pudiera entrar en la novela de Joyce sin la impresión de estar en medio de un grupo de turistas japoneses (que tenían los rostros de mis compañeros de facultad, curiosamente), y sin que un listo (chino y prochino, si pensamos en la época) me explicara al oído por qué llevaba Leopold Bloom una patata en el bolsillo. Por fortuna, cuando esto sucedió yo ya no tenía ningún complejo en reconocer a La metamorfosis como una de las grandes novelas del siglo XX. Ni al Ulises, desde luego, aunque entendidos de la época me ayudó a comprender algunas cosas que luego me fueron más útiles para la vida que para la literatura.

Una vez perdido el pudor, me entregué sin culpa también a la lectura de Kafka, de todo Kafka, aunque cuando tenía un rato volvía a La metamorfosis, que era el lugar del crimen, por decirlo de un modo rápido. Y regresaba, lo mismo que el criminal, para preguntarme cómo había sido posible la ejecución de aquella obra (después de todo, leerla es una forma de escribirla). No importa cuántas veces penetre uno en este libro; al final siempre se pregunta lo mismo: ¿cómo lo ha hecho? Y es que se trata de una novela sin forro. Quiero decir con ello que le das la vuelta y es exactamente igual por un lado que por otro: ni siquiera es fácil advertir, una vez colocada del revés, esa fina cicatriz que en los calcetines delata si se encuentran de uno u otro lado. No hay forma de verle las costuras. Y nosotros, qué le vamos a hacer, estamos educados para hablar de las costuras. Gran parte de la crítica literaria consiste en un ejercicio de retórica sobre las costuras. Sin ellas, los estudiosos de este o de aquel autor se habrían quedado sin trabajo, o sin becas. Pues bien, en esta novela no hay cicatrices por las que perderse, o por las que introducir el dedo en la llaga. Si tratas de abrirla para verle el mecanismo te la cargas porque la caja que la contiene y la maquinaria son la misma cosa. Nos gustaría decir que es una pieza de relojería, pero tampoco sería cierto. Los relojes fascinan por el ritmo de las ruedas dentadas que transmiten el movimiento de un lado a otro del artefacto. Pero aquí tampoco hay ruedas dentadas, casi no hay artefacto. Si me apuran, no hay ni movimiento. La simpleza aparente del relato es tal la distinta consideración de que gozaban en los medios que si uno va levantando capas de materiales narrativos en busca del motor primordial, cuando levanta el último velo no hay nada detrás. Nada. En eso, curiosamente, La metamorfosis nos recuerda a la vida. 

(…)

Y es que, si no hay duda de que La metamorfosis puede ser calificada desde algún punto de vista como una novela de humor, también, y simultáneamente, nos parece una novela de terror. Quizá en esta mezcla reside su acierto. A partir de su lectura uno comprende que el terror sin la risa, o viceversa, es puro género, y el género, ya lo sabemos, es una enfermedad que a veces le sale a la literatura. Cuando al atravesar las páginas de un libro el lector duda de si debe reír o llorar, excitarse o calmarse, padecer o gozar, porque no hay notas a pie de página, ni guías turísticos que lo indiquen, es cuando uno puede tener la seguridad de encontrarse frente a una verdadera obra de arte en cuyo interior de nada sirven los recursos morales o estéticos prefabricados. Pese a ello, como decíamos antes, La metamorfosis puede ser leída, y seguramente comprendida, por un lector no experimentado, por un adolescente que apenas haya comenzado a construir su biografía lectora. ¿Se puede dar más en tan poco espacio?

Así pues, el que parecía el autor del absurdo se nos revela de súbito como el escritor del sentido. Y el libro que se nos venía presentando como una novela de terror deviene ahora en un relato de humor. Lo curioso es que todo ello, referido a La metamorfosis, es rigurosamente cierto. Más aún: tratándose de una novela fantástica, La metamorfosis es al mismo tiempo sorprendentemente realista. Tampoco es de extrañar, después de todas estas contradicciones, que sin dejar de ser uno de los relatos más sencillos de su siglo sea también el más complejo.

Personalmente, si tuviera que repasar las habitaciones en las que he vivido, no podría dejar de mencionar la de Gregorio Samsa. Y no se trata de una afirmación retórica. Es tal el grado de realidad exudado por ese espacio fantástico, que, tras cerrar el libro, permanece en la memoria como un acontecimiento que le hubiera sucedido al mismísimo lector. Uno, pues, ha sido Gregorio Samsa, y se ha despertado un día convertido en un monstruoso insecto. Uno recuerda la puerta de madera a través de la que intentaba comunicarse con su familia y no ha podido olvidar la mutación de su voz cuando intentaba tranquilizar a su madre, que le llamaba desde el otro lado. A veces, en la cama, evoco sin esfuerzo el instante en el que descubrí que, gracias a una sustancia pegajosa segregada por mis patas, podía trepar por las paredes y permanecer durante horas en el techo, boca abajo, encontrándome, pese a la postura, más a gusto que en el suelo.

La metamorfosis, en fin, se incorpora a la propia biografía con una facilidad sorprendente para tratarse de una historia disparatada: la de un hombre que se transforma en un insecto. Con el paso del tiempo, si uno conserva el grado de ingenuidad preciso para no convertirse en algo peor (un contribuyente, pongamos por caso), tiene que reconocer que lo que le sucede a Gregorio Samsa es bastante normal, aunque no seamos capaces de explicarlo.

  • La metamorfosis. Franz Kafka. Prólogo de Juan José Millás. Traducción de Isabel Hernández. Ilustraciones de Antonio Santos (Nórdica Libros).

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Un comentario

  1. Buenísimo prólogo de J J Millás, estoy completamente de acuerdo, cómo escapar del miedo, de esa sensación de pánico, de despertar una mañana y no sólo no conocerse, sino parecer un insecto que te provoca, más encima, repulsión…la lectura fluye sencilla, natural, real, como respirar…hasta que te encuentras en encrucijadas y situaciones tan difíciles por resolver…y dando respuestas que te hacen decir -yo no soy esto-…

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