Valentino (1932-2026) en una imagen de la web de su casa de modas. /WMagazín
Valentino, el diseñador que sublimó la belleza de la moda y la mujer glamurosa en el color rojo
'El último emperador de la moda', falleció a los 93 años. Glamour y elegancia fueron sus sellos desde los años sesenta del siglo XX. Fue uno de los grandes diseñadores que recordó que la moda es cultura. Un libro y un documental repasan sus aportaciones
Mujeres que quieren verse bellas, elegantes, sensacionales, glamurosas y distinguidas gracias a sus vestidos de telas de apariencia ligera y volátil, preferiblemente de color rojo, de rojo emocional, de rojo profundo, de rojo Valentino. Ese fue el mundo que creó Valentino Clemente Ludovico Garavani fallecido a los 93 años, el 19 de enero de 2026. Conocido como el último emperador de la moda, nació en el poblado italiano de Voghera, al sur de Milán, el 11 de mayo de 1932, y convirtió a Roma en la sede de su imperio.
Valentino Garavani fue uno de los grandes diseñadores de moda del siglo XX cuya estela ha seguido por el siglo XXI y su influencia continuará. Forma parte del Olimpo de los grandes diseñadores que llevaron la moda a una dimensión artística, como Cristóbal Balenciaga, Coco Chanel, Christian Dior, Yves Saint Laurent y Giorgio Armani. Creadores que cambiaron el vestuario, cada uno con su sello, y convirtieron sus diseños en aspiracionales.
Con su trabajo recordaron que la moda es cultura, que la moda es sociología y antropología, que la moda refleja parte del ser humano real y del que sueña, del que se proyecta, del anhelo de cómo desea ser y ser visto.
Y Valentino representa el glamur, la sofisticación y el aura un tanto mágica. Su vida está recogida en el documental Valentino, el último emperador:
El nacimiento del rojo Valentino
Pronto se interesó en la moda cuando ayudaba a su tía Rosa y a Ernestina Salvadeo, la diseñadora del lugar. A los 17 años llegó a París donde estudió en la Escuela de Bellas Artes y en el Sindicato de Moda Parisino.
Su destino definitivo tocó a sus ojos cuando tenía 18 años. Asistió a una función de la ópera Carmen, de Bizet, en el Teatro del Liceo de Barcelona, donde vio a un grupo de mujeres vestidas de rojo. Esa imagen no solo lo inspiró y acompañó toda su vida, porque no era solo el color lo que le llamó la atención, sino el rojo en un ambiente de elegancia con los reflejos de las luces sobre las butacas y el efecto que esas mujeres vestidas con un color tan atrevido para la época irradiaban a su alrededor. La mirada de todos iba hacia ellas.
Fue el soplo de inspiración que afianzó y guio su arte hasta hacerlo su escudo y su emblema.
Después de trabajar con diseñadores como Balenciaga o Jean Desses o Guy Laroche volvió a Roma y abrió su propio espacio que se convertiría en imperio de la moda con gran influencia en la cultura.
El origen de un imperio
Gran parte de todo esto lo relata la periodista experta en moda Karen Homer en el libro El pequeño Valentino. La historia de la icónica casa de moda (con traducción de Rosa Cano Camarasa en editorial Blume).
La periodista lleva al lector por los días de aquel pequeño Valentino, bautizado así por Rodolfo Valentino, lo cual resultó profético, porque su relación con Hollywood y el mundo de las estrellas fue muy estrecha, y su presencia fue notable en las alfombras rojas y de la realeza y de las actrices que parecían inalcanzables.
El relato biográfico del libro va acompañado de imágenes clave de la carrera de Valentino. Historias y anécdotas de sus inicios, de su taller, de su relación con celebridades y cómo ellas lucieron sus trajes, su vínculo con París o Nueva York, su expansión creativa a otros ámbitos de la moda como el perfume o el interiorismo y, claro, el dilema de los nuevos tiempos: la economía, la supervivencia de su imperio cuyo capítulo se titula: Vender o permanecer.
The New York Times recordó así el comienzo empresarial de Valentino:
“Una noche de 1960, no mucho después de establecerse en Roma, estaba en un restaurante abarrotado de la Via Veneto cuando sus amigos le pidieron que compartiera mesa con otro joven, Giancarlo Giammetti, estudiante de segundo curso de arquitectura. Así empezó la relación que daría forma a la vida y los negocios de Garavani.
Él y Giammetti se hicieron amigos, y amantes durante un tiempo, y poco después Giammetti dejó los estudios y se unió al negocio de Garavani, ayudándolo a evitar una temprana bancarrota y despejándole el camino hacia el éxito mundial. Si Garavani aspiraba a ser el rey de la alta costura romana, Giammetti era su primer ministro, protegiendo y haciendo posible su particular visión de la elegancia.
“Nunca me he ocupado de ningún negocio en mi vida”, dijo Garavani a Rose. Ese fue el trabajo de Giammetti desde el principio, y siguió siéndolo. Garavani, en cambio, se centró en desarrollar su estilo como diseñador, que describió en 2007 como: “Vestidos de cóctel muy bonitos. Vestidos de noche muy glamurosos. Vestidos rojos muy pequeños. Glamuroso. Glamuroso. Glamuroso”.
Para él, el volante bien elegido y el lazo perfectamente colocado eran los cimientos de un imperio”.
Valentino Garavani siempre dijo que solo aspiraba a la belleza y que sabía el sueño de las mujeres: “Sé lo que quieren las mujeres. Quieren ser hermosas”. Otra de sus letanías era: “Amo la belleza».
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