Ariana Harwicz: “Estamos en la sala de espera del infierno a ver qué sucede en este siglo”

La escritora argentina cierra con ‘Precoz’ su trilogía sobre las relaciones obsesivas y dañinas entre madres e hijos. De la estirpe de autores que implosionan el lenguaje

Me llamo Ariana Harwicz. Nací en plena dictadura militar en Argentina, en Buenos Aires. Siempre me sentí extranjera, incluso estando en mi país hasta los 30 años. Siempre sentía que estaba en la diáspora, que venía de otro lado, que era una errante. Cuando emigré finalmente a París, y luego el segundo exilio al campo, a la Francia profunda, fue como si, paradójicamente, hubiera encontrado ahí mi identidad, mi identidad en la extranjería; a partir del campo, del paisaje, del bosque. De ese lugar cerrado. Escribí tres novelas: ‘Matate, amor’, ‘La débil mental’ y ‘Precoz’. Las tres transcurren en la marginalidad, en las fronteras, con personajes asfixiados, desesperados, que huyen. Ahora no puedo pensar la vida sin la literatura, como si la literatura, finalmente, inventara la vida”.

Harwicz busca hacerlo desde la implosión del lenguaje, de la gramática. Una escritora de la estirpe subversiva donde el lenguaje es un personaje central de sus libros. Crea palabras envoraginadas que retratan el paisaje externo y el paisaje interior de sus criaturas literarias en la maraña de sus emociones y pensamientos.
Hablan, hablan como si no hubiera filtro entre lo que sienten, piensan y dicen. Fuertes, inclementes, frágiles. En combate consigo mismos. Sentires hechos voces que se aprecian en esta trilogía que la escritora argentina cierra con Precoz (:Rata editorial). Habla, se desahoga, una mujer. Dolida, chapalea ante el dolor de un amor en medio de la guerra. Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) sigue en la línea del monólogo que escarba en las madres y en las hijas, en los amados y en los desamados, en la obsesión… en el hilo empeluzado que puede tejer las relaciones afectivas.

 

 

Sentada alrededor de una mesa, la voz real de Harwicz corre veloz. Casi sin detenerse. Sus respuestas se ayudan de unas notas escritas por ella en una hoja; tal vez, para no salirse de la ruta de sus ideas y reafirmarlas o, quizás, para no repetir lo mismo con cada periodista. Son apuntes suyos y comentarios de algunos lectores que ella, con el crédito respectivo, repite.

“Un lector decía que mi prosa y mi gramática eran expulsivas, revulsivas, y que el lenguaje estaba vapuleado. Decía que mi lenguaje y mi gramática se tomaban una especie de revancha. Una experiencia que se destroza a sí misma. Me gustó. Cuando escribo trato de destrozar el lenguaje. Hay toda una tradición. Entre comillas, intento llevarme mal con el lenguaje, y en ese llevarme a las patadas busco afinarlo como si fuera un instrumento musical, un violín, un piano… ¿De dónde me viene ese impulso, ese deseo? La verdad no lo sé. Me lo propuse porque concibo así la literatura. No podría escribir de ningún otro modo”.

Su cabello muy negro cae sobre los hombros cubiertos por un jersey negro de cuello alto. Tras sus gafas de marco negro mira con frecuencia la chuleta, esa copialina que le da seguridad con apuntes propios y de sus lectores que le ayudan a contar el descifrado de su literatura. Una hoja cuyos comentarios aumentan porque Harwicz pone nuevos a medida que habla, aquellos que le gustan y que no sabía que sabía.

Se decía que Kafka tenía una suerte de combate de la literatura por la literatura. Yo me siento muy identificada. Yo no es que afine el lenguaje o busque estilizarlo para contar algo. No es que en ‘Precoz’ el lenguaje se instrumentalice para contar la historia de la madre trastornada. Ya el lenguaje es el personaje, es el medio. Hay una adecuación entre el lenguaje y el estado mental de los personajes. Todos los personajes de mis novelas salen de alguna guerra. Puede ser una guerra inventada, la tercera guerra mundial. La segunda, los ecos de la segunda. El terrorismo ahora”.

De dónde le viene esa vena subversiva con el lenguaje no lo recuerda muy bien. La escritora argentina lee y escribe desde un lado B, o C. Lo que admira en un escritor es su rupturismo, que altere el orden. No faltan quienes han visto en Harwicz influencias del Samuel Beckett más radical.

“Recuerdo las voces de la dramaturga Sarah Kane, o la de Virginia Woolf. Más que la prosa, ha sido la dramaturgia la que ha roto las formas. Mi formación académica es cine y teatro. Después estudié literatura en París. Mi pensamiento y mis libros proceden más de la dramaturgia y el cine”.

 

La voz de los personajes de Harwicz, en concreto la de esta madre y esposa en Precoz, es la de un monólogo en montaña rusa de sentimientos e ideas donde afloran contradicciones. Una voz rápida, aturdida, vívida. Puro teatro. Pensamientos y emociones en movimiento que salen por la boca sin pedir permiso.

“Es una lengua en trance, una lengua alucinada. Por momentos decía que era una poesía de los místicos de santa Teresa, sor Juana. No hay una identidad única. Ella no es madre o no es mujer. Lo es todo. Hay un estado latente del deseo. El lugar que ocupan los hombres que no están, que no son padres, que no figuran. Ella espera ese hombre para poder vivir el deseo. Hay una cosa sexual, pero desde la angustia, desde querer ir hacia el mundo. Y está dispuesta a todo”.

Personajes como este no se le aparecen a Ariana Harwicz de un momento a otro. Sus obras nacen de paisajes. En Precoz fueron los viñedos, porque son ásperos, cortantes, violentos, y a la vez sentimentales. A partir de ahí la novela también plantea los sentimientos como una cárcel.

“En la novela los sentimientos y el deseo y la maternidad son un destino trágico. En la vida real coincido con esa idea, una visión bastante extrema. Bastante barroca. La fatalidad de desear y no desear. No desear es terrible, desear es terrible. En el momento que uno tiene un hijo, que uno desea, está construyendo una prisión. Y siempre la lucha de los personajes. La lucha nuestra es me quiero liberar y no me quiero liberar. Como la ambivalencia, salir del laberinto y no salir. No hay salida. Y hay dos malas soluciones”.

Harwicz frena en seco. Guarda silencio. En el fondo de todo es el amor. El amor del otro, hacia el otro y hacia sí mismo. Amarse en medio del conflicto interior y exterior de guerras atroces. Frunce un poco los labios.

 

“Es el amor en tiempos de cólera. Yo creo que este libro es eso: el amor en tiempos de guerra. Están los helicópteros, están los campos de refugiados, hay toda una atmósfera de guerra. Y ellos se aman en ese contexto. Amarse así en un estado de civilización. Por eso insisto en el paisaje. Como si tú fueras a retratar o hacer un documental, o una nota o un poema, a los campos actuales de refugiados o a Siria, y ver cómo se ama la gente ahí. Saben que pueden morir por un misil, un disparo o de hambre. También se ve gente enloquecida de tanta realidad. Y se siguen amando”.

La voz de Ariana Harwicz sigue de largo para describir cómo se ha podido llegar a una situación de abandono de inmigrantes. De dejar pudrir los conflictos. Cree que la sociedad ha empezado a quitarse la máscara. Que hay un desplazamiento de lo políticamente correcto. Espera a ver qué pasará. Y mientras escribe en su chuleta dice:

“Lo políticamente incorrecto en la política me parece peligrosísimo, en el arte me parece saludable. Ahí está la diferencia. Hay que ver qué pasa con el fin de una era de lo políticamente correcto. Cae la hipocresía, pero ¿qué viene? Después de Obama y el triunfo de unas izquierdas en otros países, ahora vamos a las derechas. No sé qué vamos a hacer en ese péndulo. Es un fracaso de los dos polos”.

“Qué pasa en las compuertas cuando se abren a eso, ya ha pasado antes, pero ¿qué pasa hoy? Estamos todos aquí, desde la sala de espera del infierno a ver qué sucede en este siglo. Alguien decía que el siglo XX ya nos ha mostrado lo que ha sucedido y que ‘Precoz’ como tantas otras producciones literarias de ahora, pre-anuncia un siglo XXI igualmente macabro. Igualmente explosivo. Hay algo de esa continuidad del siglo pasado a este que preanuncia una nueva guerra teniendo en cuenta las anteriores”.

Esos son los temas de lectura actuales de esta escritora nacida en plena dictadura militar argentina y de sentimiento errante: gulag, nazismo, Holocausto, migraciones… Cómo era la risa, el humor, la escatología, los sueños, las pesadillas… Son lecturas para su nuevo libro: Racista. Harwicz está obsesionada con la maternidad, el deseo y la guerra. Los totalitarismos. “Me obsesiona porque es otra vez el ser humano, despojado, arrinconado”. Como la mujer de Precoz, en combate consigo misma, con el mundo y con todo lo que ama. Dura y conmovedora cuando dice:

“Deberíamos acampar en un verano de su infancia y sentarnos al lado a comer ensaladas frías de papa y cangrejo y otros niños correrían hacia abajo con frutos secos. No sé cómo se pide perdón”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *