El Nobel de la Paz a Santos da otro argumento a las paradojas novelescas de Colombia

Un repaso a la cartografía literaria y artística que ha contado la violencia que suma otro episodio a su vorágine de historias

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”

Esa frase como una letanía que parecen haber interiorizado muchos colombianos, como su sino fatal, es la que ha querido conjurar hoy el Comité Noruego del Nobel de Paz al conceder el galardón al presidente de Colombia Juan Manuel Santos. Esa frase con la que José Eustasio Rivera (1888–1928) abre su novela La vorágine es a la que no ha hecho caso el Comité del Nobel. Y menos caso ha hecho aún a los colombianos que el domingo pasado votaron NO a los acuerdos de paz del gobierno con las FARC, cuyo plebiscito resultó ganador, porque pareciera que ellos quisieran perpetuar aquella frase en la vida real.

Conjurar es el verbo a conjugar.

Y los creadores colombianos lo han intentado en sus libros, en sus películas, en sus cuadros, en sus canciones, en sus esculturas, en sus obras de teatro, en todo lo que se les ha ocurrido. Una violencia que les ha servido de tristísima materia prima para sus obras. Un género en sí mismo. Y con nombres esenciales. En literatura, desde Rivera, hasta Gabriel García Márquez, pasando por autores contemporáneos como Fernando Vallejo, Héctor Abad, Evelio Rosero, Darío Jaramillo, Juan Gabriel Vásquez y Laura Restrepo. En artes plásticas desde Alejandro Obregón, hasta Doris Salcedo, pasando por Débora Arango o Fernando Botero.

Este es un momento, también, para dar las gracias a todos esos creadores que han reflejado los muchos años de dolor e injusticia en sus diferentes manifestaciones artísticas. Por habernos contado, ilustrado e incentivado a reflexionar y tomar conciencia de la realidad colombiana.

Ya sé que la felicidad y la paz no venden mucho en la literatura, pero igual es buen momento para contar cómo los finales de aquellas historias recreadas por grandes autores pueden empezar a cambiar. Ojalá que este premio ayude a impulsar el proceso para enterrar ya la violencia y los escritores escriban sobre aquello como algo remoto, pasado. “Hubo una vez…”.

Y no es por aguar la fiesta del Nobel a Santos, pero Colombia es pura paradoja. No sería raro que alguien este escribiendo ya la historia de un presidente que impulsó el proceso de paz y obtuvo un Nobel, después de que bajo su ministerio de Defensa, cuando era presidente su ahora enemigo Álvaro Uribe Vélez, que hoy debe estar con ulcera porque saboteó con mentiras el plebiscito en favor del NO, se llevaron a cabo en Colombia uno de los últimos y más infames asesinatos colectivos conocidos como Falsos positivos. Cuando los militares mataban a campesinos, indigentes, drogadictos o quien se les cruzara por el camino, los vestían de guerrilleros y los contaban como bajas de las FARC para obtener beneficios, ascensos, o, simplemente, permisos a rumbear el fin de semana. Un episodio que aún está por juzgar. (Puedes leer dos artículos aquí: Uribe tropieza con al guerra sucia, publicado en EL PAÍS en noviembre de 2008, y La guerra sucia que oscurece a Colombia, tres semanas después.

Mapa literario de la violencia

Sobre la cartografía literaria básica para entender la violencia colombiana, la periodista y escritora Marbel Sandoval Ordóñez ha escrito: “ El conflicto en sí mismo, la irrupción de actores como el paramilitarismo y el narcotráfico, con la corrupción que ha generado al interior de todas las instituciones, incluida la misma guerrilla, así como la violación constante de derechos humanos fundamentales, han proporcionado material abundante no sólo para la literatura sino para el periodismo y la investigación. De las viejas guerras, como la de los Mil días, a finales del XIX y principios del XX, que nutren obras como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, o El coronel no tiene quién le escriba, a una vorágine en la que se han gestado textos como Las muertes de Tirofijo, el mítico fundador de las FARC, aunque en realidad es una colección de cuentos, La bola del monte, o El diario de un guerrillero, todos de Arturo Álape, y todos situados en los inicios de esa guerrilla; o Abraham entre bandidos, una novela de factura más reciente, 2010, del escritor Tomás González, que recrea el tránsito que hacían el bandolerismo y las guerrillas liberales hacia lo que finalmente se conoció como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), guerrilla de origen eminentemente rural y cimentada en sus inicios en el derecho de los campesinos a la tierra”. Fue en un artículo que le pedí para el diario EL PAÍS, hace cuatro años cuando empezó el diálogo entre el Gobierno y las FARC. En este enlace puedes leer el artículo completo.

De los géneros literarios el que más se ha adentrado en el tema es la narrativa, sin duda. Héctor Abad Faciolince, autor de la referencial El olvido que seremos, sobre el asesinato de su padre, ha destacado la novela Los Ejércitos, de Evelio Rosero, y El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez: “La primera se ocupa de la anomia de la violencia en el campo; la segunda, de la violencia política urbana y rural, contaminada de narcotráfico. Tanto las artes plásticas como la literatura consiguen que un espectador o un lector cómodos, se desacomoden y se pongan en el papel de las víctimas. Las artes educan en la empatía y en la capacidad de salirnos de nosotros mismos. Y en la evocación del propio dolor al ver o al leer el dolor ajeno”, dijo Abad en un reportaje que publiqué el año pasado en EL PAÍS, y que puedes leer en este enlace. El título de aquel reportaje fue: Colombia: la violencia como materia prima de las artes.

Darío Jaramillo, poeta, narrador y víctima de la violencia, explica que en cierto momento, las novelas sobre la violencia se convirtieron en un género. Desde los libros de García Márquez y “Manuel Pacho, de Eduardo Caballero Calderón, Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal y, más reciente, Siempre fue ahora o nunca, de Rafael Baena sobre los últimos 30 años”.

Los escritores más jóvenes no han sido ajenos a ese temática. Juan Gabriel Vásquez, autor de El ruido de las cosas al caer, sobre el narcoterrorismo, dice que “la novela colombiana ha vivido siempre obsesionada con nuestros peores demonios. “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, dice el narrador de La Vorágine, que es un libro escrito en tiempos de paz. Dos décadas después, Colombia estaba hundiéndose en la llamada Violencia: una guerra partidista que nos dejó trescientos mil muertos, un conflicto armado que dura hasta hoy y suficientes novelas como para llenar una biblioteca. La inmensa mayoría eran obras olvidables, hijas de la indignación y del afán de denuncia, y valiosas como documentos, pero carentes de todo interés literario. Uno de los críticos más duros de esas novelas, el joven García Márquez, las acusó ser un mero inventario de muertos, y se puso entonces en la tarea de contar la violencia de otra forma: de ahí salieron El coronel no tiene quien le escriba La mala hora. A partir de entonces, la literatura colombiana ha entendido — de Fernando Vallejo a Laura Restrepo, de Evelio Rosero a Héctor Abad — que la entrada a la violencia debe ser lateral y ambigua. En otras palabras, que no hay que mirar a la Gorgona a los ojos, porque corre uno el riesgo de quedarse convertido en piedra”.

El arte como refugio

“Siguiendo el modelo de Goya o de Picasso, también en Colombia ha habido artistas que han pintado con rabia y horror la violencia”, ha dicho Abad Faciolince. Ahí están Débora Arango, “que se nutrió del expresionismo alemán y del muralismo mexicano”. Alejandro Obregón que hizo la pintura más emblemática del arte colombiano del siglo XX, según Jaramillo, al referirse al óleo Violencia, Premio Nacional de Artistas 1962. Otros artistas son Luis Caballero, Fernando Botero, Ethel GilmourGermán Londoño,y, por supuesto, Doris Salcedo.

“Violencia”, cuadro de Alejandro Obregón

La obra de Salcedo que ha recorrido ya todo el mundo denuncia no solo la violencia como tal, sino la pasividad oficial frente a todos esos hechos, y la indefensión de los campesinos.

La música, el teatro, la danza, todo el arte colombiano del último medio siglo lleva en su ADN la denuncia de la violencia, la plegaria porque todo acabe.

La concesión del Nobel de la Paz a Juan Manuel Santos la considero un premio a los millares de compatriotas inocentes caídos en el rosario de conflictos armados que ha asolado Colombia desde finales del siglo XIX. Desde aquellos años de La Guerra de los Mil días que García Márquez inmortalizó en Cien años de soledad, a través de sus coroneles. Un galardón para todos los muertos y desplazados de un lado y de otro. Un premio a todos los colombianos del SÍ, y también del NO.

Espero que este galardón a Santos ayude a que los colombianos creamos de verdad que merecemos la paz, y que los artistas y escritores sigan escribiendo sobre aquella violencia, pero como algo remoto, en pasado. Un dolor de un país de novela al que el Nobel de la Paz a su presidente le ha dado el penúltimo argumento para la vorágine de sus paradojas, luego de que la mayoría de compatriotas votaron No, mientras sobre el pasado del nuevo Nobel planea una sombra.

 

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