Escritores y editores: montaña rusa de amor y odio que ha dado grandes libros

La película sobre la tormentosa relación de Perkins y Wolfe permite recordar las de Unseld y Bernhard, Liveright y Faulkner…

Todos los editores son hijos del diablo. Para ellos tiene que haber un infierno especial”, sentenció Goethe.

“Es fácil llevarse bien con los autores… si a uno le gustan los niños”, parece haber contestado siglo y medio después el editor y escritor británico Michael Joseph.

Ambas frases, cargadas de ironía, sarcasmo, ingenio, verdad y pasión, retratan la tensión y los lazos excepcionales establecidos entre muchos editores y autores. Pero gracias a esa montaña rusa de amor y odio han salido algunas obras maestras o varios de los mejores libros de la literatura universal. Un territorio en el que, a veces, no se sabe quién crea a quien. Donde se baten en duelo un editor inteligente y paciente con un escritor en quien pudo haber visto a alguien brillante en ciernes o a un maestro con sus demonios insomnes.

Maxwell Perkins

Son memorables las parejas, alianzas o romances creativos tormentosos. Una de las más fructíferas fue la del editor estadounidense Maxwell Perkins (1884–1947) en Scribner’s (que editaba a James y Wharton) con Francis Scott Fitzgerald, de la cual salió A este lado del paraíso y El gran Gatsby; Ernest Hemingway, con quien trabajó Fiesta y Adiós a las armas; y Thomas Wolfe, de la cual emergió El ángel que nos mira (Valdemar) y Del tiempo y el río. Solo que con Wolfe (1900–1938) la relación fue un campo de batalla creativo que ha recordado una reciente película: Genios. El editor de libros, dirigida por Michael Grandage. Un pretexto para leer la biografía en la cual está basada: Max Perkins: Editor of Genius, de Andrew Scott Berg, National Book Award en 1978.

Un película que habría podido titularse: El editor artesano, una estirpe en extinción. Al menos la de los herederos de Perkins cuya entrega y dedicación a un trabajo minucioso, emocional y pasional, mano a mano con el autor, apenas sobrevive. Entre otras cosas porque el modelo de negocio editorial ha cambiado, y los hábitos de lectura y consumo viven una revolución impulsada por el mundo digital y el ciberespacio.

Y, paradójicamente, como en el ciberespacio todo cabe, es precisamente ahora cuando más se necesita a esos editores, a esos profesionales con mística y corazón en la edición de libros, cuando más se requiere de su mirada que busca sacar lo mejor de cada autor. Con desencuentros, seguramente, pero en un trabajo en el cual editor y escritor perfeccionen la obra cuando haga falta. Aún hay herederos y ahijados de Perkins, Sí. Pero se agradecerían más en medio de tanto ruido en un mundo donde todo parece inacabado, a medio hacer. Desastres del vértigo del tiempo, del ansia de la fama. Deberían volver los Perkins adaptados a los tiempos de hoy, claro, pero con el espíritu de siempre, la búsqueda de la belleza y de ayudar a dar fulgor a lo mejor de cada creador para que los lectores tengamos obras maravillosas que leer, disfrutar.

 

Pero Max Perkins no ha sido el único editor al que se deben grandes obras luego de trabajar con sus autores. Existen otras figuras que como él establecieron binomios de lujo para la literatura, binomios de relaciones perfectas de ni contigo ni sin ti. Porque todo lo que tiene que ver con la creación es personal, íntimo. En homenaje y agradecimiento a ellos y a los escritores, recordaré algunas de esas parejas ya indisociables para la creación lieraria.

La del poeta y editor italiano Ezra Pound con su colega británico T. S. Eliot, que dio como resultado ese monumento de la poesía titulado La tierra baldía (Lumen). Días de trabajo de dos amigos y dos grandes, lo que complicaba más la situación. Días de debate y de nobleza porque entendían que discutir por una coma o un cambio de palabra o frase no era cuestionar o irrespetar al otro, sino intentar la búsqueda de una razón que entendiera el corazón o la cabeza de la cual había salido aquel detonante de la discusión con tanto esfuerzo.

La de Horace Liveright con William Faulkner, a quien tras publicarle los dos primeros libros le rechazó Sartoris (Alfaguara). Faulkner buscó otro editor. Alicaído aceptó cambios, y mientras corregía y cortaba a regañadientes Sartoris escribía El ruido y la furia (Alfaguara).

La de la desconocida Tay Hohoff con una treintañera Harper Lee a quien aceptó luego de que en el verano de 1957 diez editoriales le dijeran NO al original del que saldría Matar a un ruiseñor (HarperCollins). Ello tras un trabajo de varios meses y un nuevo enfoque y estructura. Fue Hohoff quien sugirió que la historia fuera contada por la niña, Scott, y potenciara el caso en el que su padre y abogado, Atticus, defendía a un hombre negro acusado de un crimen. El año pasado se publicó aquel original con el cual Harper Lee vagó aquel verano por Nueva York en busca de un editor: Ve y pon un centinela (HarperCollins).

La tensa relación de Jonathan Cape y Malcolm Lowry que estalló con la edición de Bajo el volcán (Tusquets). Una novela que Cape cubrió de correcciones. Correcciones que ofendieron a Lowry y que este ignoró. Decidió escribirle una carta de 40 páginas en las que explicó por qué no seguía sus indicaciones.

La de Siegfried Unseld con Thomas Bernhard muy estrecha y complicada en todos los aspectos. Básicamente por el carácter complejo del escritor que Unseld soportó estoicamente. Cuando Bernhard murió, su editor escribió un texto que explica al escritor, como si hubiera sido escrito por él mismo: “La vida de ese hombre encantador fue un caminar por la cuerda floja, aspiraba a lo total y lo perfecto, sabiendo que lo total y lo perfecto no pueden alcanzarse”.

La de Gordon Lish con Raymond Carver, que dio como origen De qué hablamos cuando hablamos de amor (Anagrama) Una relación polémica porque luego se ha acusado a Lish de haber creado un estilo Carver, exitoso, sí, pero alejado del original.

La de Jérôme Lindon y Jean Echenoz durante poco más de dos décadas. Empezó con desencuentros por los primeros libros que Lindon le rechazó, hasta que obtuvo el éxito con Cherokee (Anagrama). Armonía y discusiones, disputas y equilibros sin fin.

¿Ángeles o demonios?

Es un duelo, un pulso que sostienen de manera permanente el creador y el editor. La mirada sentimental de quien escribe frente a la externa y fría del que lo lee. Jorge Herralde, editor de Anagrama, ha asegurado en diferentes ocasiones que se trata de una casuística compleja e infinita. Reconoce que ha tenido muy buena relación con la mayoría de sus autores. Cuando le envían el manuscrito lo lee y si está bien se publica. Aunque reconoce que “en muchos casos hay que hacer cirugía menor, en otros cirugía mayor, y si es mucha el libro se devuelve. Lo que siempre han tenido claro los autores es que las posibles intervenciones están a favor del texto”. Herralde explica que el autor por estar demasiado implicado en el texto carece de una mirada objetiva. Por eso, ha afirmado, es clave el editor que puede ayudar a reforzar escenas o reconstruir determinados pasajes o reestructurar algo. En Anagrama, dice, “no se hace buscando un bestseller, sino para reforzar lo que el libro es. Se les edita de la forma más pulcra y cuidada posible. Incluso se les consulta la imagen que ilustrará el libro”.

David Villanueva, editor de Demipage, un sello pequeño atento al talento nuevo detalla más pistas sobre esa relación: “Mi estilo es no meterme demasiado en el texto original y procurar que haya un trabajo previo que exija revisiones propias de autor (durante años a veces), salpicadas con comentarios subliminales, aciertos y desaciertos, y un seguimiento orientado a una fecha determinada de publicación que me guardo para mí todo lo que puedo. Convivir con autores es compartir, su talento como sus ataques de ira, su portentosa imaginación y su mala educación, en general, sus desnortados cambios de humor en épocas de creación, sus agradecimientos ante las buenas críticas, son relaciones que oscilan entre picos agudos de personalidad más que en trazos lineales.

Si bien, de lo que más orgulloso estoy en mi relación con los autores, más que en cualquier acierto técnico que pueda haber tenido (si es que lo he tenido), es en poder visualizar -entre tanta niebla que generan iras, ataques de celos, odios, dudas, desesperanza, falta de reconocimiento, y demás amarguras-, cuando hay que ocuparse de un problema tangible, como puede ser de salud, económico, de pérdida, de locura real. Sigamos editando y publicando”.

Genios. El editor de libros, dirigida por Michael Grandage, se adentra en ese mundo. Tiene momentos buenos, tiene su punto didáctico y ofrece un aura mítica sobre los editores y los escritores. Y, sobre todo, plasma la importancia de dos cosas que escasean, en general: Mística, pasión y entrega total.

Como escribió Juan Cruz en EL PAÍS (periodista, escritor y editor de Alfaguara en los años 90): “Thomas Wolfe se murió a los 38 años, había nacido con el siglo XX. Su tormentosa vida, también atormentada, estuvo signada por la gracia de la escritura y la desgracia de su carácter, que volvió locos a los que estuvieron con él. Era un escritor magnífico, y tuvo un magnífico editor, Maxwell E. Perkins, que reunía todos los valores canónicos de quien se dedica a ese oficio. En la película que está ahora en los cines, El editor de libros, parece que se idealizan esas cualidades, pero en realidad se enuncian a través de metáforas que es útil refrescar. Perkins se sorprende ante la escritura del autor nuevo, alcanza una fe ciega en su porvenir y se dispone a trabajar con él como si tuviera delante a la literatura misma. Como hacían Brancusi, Moore o Chillida con las piedras que tuvieron a su disposición, se dedicó a moldearlo hasta confundirse con su estilo y con su vida”.

Más adelante, Cruz, añade: “En el prólogo que Perkins hace a la edición de El ángel que nos mira, tras la muerte del novelista y antes de su propio fallecimiento, en 1947, explica que quizá no debió acortarle tanto los textos. Aunque, añade, esos cortes luego resucitaban vivísimos en las obras siguientes del impetuoso joven al que él había descubierto. Todas son metáforas del trabajo de un editor: paciencia, buen juicio, respeto por la escritura. La película pone de manifiesto esos valores, que muchas veces se olvidan o se desdeñan. El autor no es un incordio, es el don principal de la literatura”.

Y es verdad que algunos autores pueden descolocar al editor por su escritura, lo pueden sacar de su territorio literario conocido. Pero ahí está la gracia, en saber leer y avistar si esa mirada singular es otra forma de contar las cosas como si fuera la primera vez, y quizá, pueda ayudar a esos creadores a afinar su mundo. Una clave es no tener miedo, arriesgar y abrirse a nuevas sensibilidades y valorarlas. Como lo hizo Perkins desde que leyó, por primera vez, la novela de Thomas Wolfe titulada entonces Oh Lost y que al final se titularía Look Homeward, Angel (Mira hacia casa, Ángel). Una novela autobiográfica traducida al español como El ángel que nos mira (Valdemar) desde cuyas primeras palabras Perkins detectó su magia:

…una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas.

Desnudos y solos llegamos al desierto. El oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo.

¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?”.

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