El pensador y escritor español Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 4 de diciembre de 1927- Madrid, 1 de abril de 2019).

Muere Rafael Sánchez Ferlosio, un sabio de las aventuras de la razón

El escritor y pensador español tenía 91 años. Obtuvo el Premio Cervantes y entre sus obras destacan 'El Jarama' 'Industrias y andanzas de Alfanhuí' y 'Vendrán más años malos y nos harán más ciegos'. Es una referencia de la posguerra española, del pensamiento y las ideas alrededor del lenguaje

Ha muerto Rafael Sánchez Ferlosio uno de los pensadores y escritores contemporáneos más importantes y originales del español. Sabiduría, fluidez, agudeza, finura, ritmo y vocación de diálogo y debate reclamó en sus textos e ideas. Dedicó buena parte de sus escritos a la lengua y la gramática como organismos vivos conectados con la realidad y al servicio de esa realidad para apreciarla mejor.

Sánchez Ferlosio (Roma, 4 de diciembre de 1927-Madrid, 1 de abril de 2019) obtuvo el Premio Miguel de Cervantes en 2004 y el Nacional de las Letras Españolas en 2009. Era hijo del periodista y escritor Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de la Falange. Pertenecía a la Generación de los años 50 cuando publicó sus dos primeras obras que lo colocaron como referente literario de la España posguerra civil: las novelas Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) y El Jarama (1955),  premio  Nadal y de la Crítica. Su tercera y última novela la publicó en 1986, El testimonio de Yarfoz. El resto de su creación la dedicó a los cuentos y, sobre todo, a los ensayos. Entre estos últimos destacan:

Las semanas del jardín, Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, Campo de Marte 1. El ejército nacional, La homilía del ratón, Ensayos y artículos, I y II, Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, Non olet y el último Guapo y sus isótopos, del año 2009.

En su último libro Páginas escogidas (2017) reunió cuentos y fragmentos narrativos, poemas, apuntes, artículos, ensayos, discursos y textos de no ficción. Una oportunidad de repasar o descubrir su obra. Páginas que son “apasionantes aventuras de la razón y de la lengua”, describe acertadamente el crítico literario Ignacio Echevarría en la presentación de este volumen.

Agudeza

Aunque con mucho prestigio, Sánchez Ferlosio no era un autor muy popular. Ignacio Echevarría aclara dos malentendidos que acompañan la obra de Ferlosio y que a la vez son clave en su obra y que recuperamos aquí: “Lo cierto es que la descomunal extensión de algunos de los artículos publicados por Ferlosio en la prensa periódica, sumada a la imprevisibilidad y a la agudeza con que vertebra sus argumentos, suelen reclamar una atención, una tensión intelectual que se compadecen mal con la superficialidad y las prisas que determinan por lo común la lectura de los diarios. De ahí que no sea raro que a muchos se les antojen poco menos que inaccesibles determinados textos que, leídos en otras circunstancias, apreciarían como apasionantes aventuras de la razón y de la lengua”.

“La impaciencia de algunos frente a lo que a menudo, en relación tanto a los ensayos como a los artículos de Ferlosio, se considera prolijidad y complicación excesivas —cuando no gratuitas— tiene que ver, sobre todo, con el hecho de proceder Ferlosio en un sentido contrario al que determina el curso de una época tutelada por los genios de la publicidad y del periodismo.  (…) Rechazo o vacío que amplifica la muy extendida propensión a confundir la complejidad con la oscuridad, cuando precisamente la primera es una de las armas de que dispone la razón para adentrarse en la segunda”.

Narrador y articulista

El segundo de los malentendidos, continúa Echevarría, tienee que ver con “la recepción de la obra de Ferlosio que suele dar lugar es el que establece una estricta divisoria —por no hablar de incompatibilidad— entre su faceta de narrador y sus facetas de articulista y de ensayista, supuestamente divergentes. Son muchos los que, habiendo leído El Jarama cuando jóvenes —a menudo por imperativo académico—, conocen de Ferlosio solamente esa primera faceta de narrador, conservando un recuerdo más o menos fosilizado, según la edad, de aquella novela o, en el mejor de los casos, de un libro todavía más antiguo: Industrias y andanzas de Alfanhuí. También en esto es el mismo Ferlosio el principal responsable de que muchos piensen que, poco después de haber publicado El Jarama, embargado de ‘horror o repugnancia por el grotesco papelón de literato’ al que lo abocaba el éxito de esa novela, renunció a su carrera como narrador para consagrarse en lo sucesivo a sus ‘altos estudios eclesiásticos’ (como ha llamado con ironía a sus estudios de gramática), y, más adelante, a sus artículos y ensayos (a los que, con la misma ironía, él mismo alude en ocasiones como ‘sermones’ y ‘homilías’)”.

Rafael Sánchez Ferlosio fue un maestro de ideas y pensamientos trasladados en textos cortos o pecios, desde aforismos y citas hasta relatos y fragmentos ensayísticos. Según Echevarría, “Los pecios son sin duda la vía más llana para cobrar conciencia de la escritura de Ferlosio, cualquiera que sea el género al que se oriente, es esencialmente proteica, combina casi siempre numerosos registros (entre ellos, constante, así sea en sordina, el humor) y, ya discurra linealmente o lo haga ‘tridimensionalmente’, mediante esas largas y complejas frases poliarticuladas de largo aliento que caracterizan su estilo de madurez, se atiene siempre a lo que él mismo, tomándolo de Fernando Savater, ha señalado como el ‘principio general de la lealtad a la palabra: ‘Que no se hable en vano”.

Pecios

La verdad de la patria la cantan los himnos: todos son canciones de guerra.

Difícil, quizá imposible, quitar toda afectación al sentimiento. Pero eso no dice nada en contra de él.

La voz más pobre se hace siempre la más autoritaria: no consiguiendo ya ser entendida, tiene que resignarse a no ser más que obedecida.

Todo ya se me va antojando tan imaginario, que nada puede perder siendo fingido, como nada puede ganar siendo real.

El fascismo consiste sobre todo en no limitarse a hacer política y pretender hacer política.

El destino es un invento de la desventura, como el pecado es un invento del castigo y el juez es un invento del verdugo.

Si pasara ya el futuro de una vez, empezaríamos a tener tiempo de hacer algunas cosas.

¡Qué día tan desgarradoramente azul para el recuerdo del día más alegre!

La justicia moderna reverbera la antigua venganza, porque la culpa ya no parece ser el daño, sino la impunidad.

Lo más sospechosos de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.

Mundo feliz aquel en que los niños no entendiesen ni aun remotamente la pregunta capital del verdadero corruptor de menores: “Y tú, ¿qué queres ser de mayor?”.

“Conócete a ti mismo”; ¡sí, hombre, como si no tuviera otra cosa en que pensar!

Tan cierto es que la unión hace la fuerza, que hace precisamente solo eso: la fuerza, sacrificándole todo lo demás: los sentidos, el entendimiento, la palabra, el albedrío.

Discurso al recibir el Cervantes

Los siguientes son algunos pasajes del discurso de Sánchez Ferlosio la recibir el premio Cervantes en 2004, titulado Carácter y destino, que retratan su filosofía de la litrauta y de la vida:

(…) “La manifestación del carácter en su plenitud, que es igual que decir “en su gratuidad”, es privilegio eminente de la comedia. La palabra “drama” quiere decir precisamente “acción”, y es la acción, la acción con sentido, la proyección de intenciones y designios, los trabajos racionalmente dirigidos al logro de los fines lo que constituye un “argumento” en el sentido fuerte, y no pertenece por lo tanto al orden del carácter, sino al orden del destino”.

(…)

“Pues bien, precisamente en Hegel nos hemos de apoyar para poner un ejemplo o modelo inmediatamente accesible a cualquier experiencia, que ilustre la oposición entre el orden del carácter y el orden del destino. En uno de los pasajes más celebres y que más han preocupado a toda suerte de lectores de la “Filosofía de la Historia” dice Hegel así: “También al contemplar la Historia se puede tomar la felicidad como punto de vista; pero la Historia no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco. Cierto que en la historia universal se da también la satisfacción, pero ésta no es lo que se llama felicidad, pues es la satisfacción de fines que sobrepasan los intereses particulares. Fines de importancia para la historia universal requieren voluntad abstracta, energía, para ser mantenidos. Los individuos de significado para la historia universal, que han perseguido esos fines, han encontrado ciertamente satisfacción, pero han renunciado a la felicidad”. Hasta aquí la cita. Esta dualidad de Hegel es una contraposición de términos totalmente antagónicos, y constituye el eje de giro de estas mis teologías. Es cierto que, al menos en el castellano de hoy en día, “felicidad” y “satisfacción”, vienen a usarse como palabras casi sinónimas. En particular, el uso de “felicidad” encarece a menudo situaciones anímicas de cumplimiento de designios, de autoafirmación del yo o, en fin, de eso que un sujeto angloparlante suele celebrar con la exclamación “¡I did it!”, por ejemplo, la victoria en un campeonato deportivo, pues no falta quien proclame esa victoria como “el día más feliz de mi vida”. Lo cual me hace pensar si no será que en un mundo de sujetos cada vez más dominados por el paradigma competitivo del “ganar y perder” el lugar de la felicidad viene siendo usurpado y colmado por la satisfacción como única forma conocida de contento humano”.

(…)

“La racionalidad precaria y espectral de la idea de “destino” no admite ser denunciada de frente como irracionalidad ni desautorizada señalándole “contradicciones”, porque desciende de concepciones míticas, ajenas a nuestros usos de razón. Será, en cambio, un refrán, el más espléndido, y a la vez más terrible, de los refranes castellanos, el que nos dé la ilustración más aproximada de la indefinible noción de “destino”; dice así:

“El potro que ha de ir a la guerra, ni lo come el lobo ni lo aborta la yegua”.
(…)
“Finalmente, la sin par naturaleza de Don Quijote estaba en ser un personaje de carácter cuyo carácter consistía en querer ser un personaje de destino. Sus acciones, en la narración que simultáneamente se les superpone, aparecen transfiguradas precisamente como destino. Pero en la misma medida en que tal transfiguración es producto de un empecinado esfuerzo del carácter, no se trata, en modo alguno, de una especie de hibridaje entre los dos órdenes. El ser personaje de destino es la obra de su carácter; por eso, lejos de disminuir su condición de personaje de carácter, la confirma y reduplica.
Walter Benjamín observa que, al menos en la rigurosa concepción de los antiguos, el destino carece de una vertiente que revierta sobre la felicidad. Viene aquí a coincidir, en cierto modo, no sólo con la idea de Hegel, sino también con el sentir del ama de Don Quijote. Pues cuando se están concentrando todos los indicios de que se fragua una tercera salida, aquella sabia y excelente señora coge a parte a Don Quijote y le espeta: “En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está quedo en su casa y deja de andar por los montes y por los valles como ánima en pena, buscando ésas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo desdichas, que me tengo de quejar a voz en grita a Dios y al Rey, que pongan remedio en ello”. Es muy de notar, aquí, la expresividad del ama en su voluntad de poner entre ella y las aventuras la mayor distancia posible : “ésas que dicen que se llaman aventuras”.
Cuando hace ya bastantes años le escribí una carta a Méjico a mi amigo don Jacinto Batalla y Valbellido contándole esta cuestión del carácter y el destino, en el estado en el que entonces se encontraba, me contestó con una postal que traía el palacio episcopal del venerable don Vasco de Quiroga en Pátzcuaro y en la que, con el laconismo propio de su perezosa ancianidad, se limitó a esta glosa: “El argumento se quedó parado y sobrevino la felicidad”.
  • Artículo en proceso de redacción.

 

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