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John Banville: “La misión del artista es hacer que el mundo se ruborice con la belleza” (y 2)

El autor irlandés revive sus primeros encuentros con la belleza y desgrana claves sobre su concepción de ella, del amor, la literatura, la pasión y la realidad a la hora de escribir y opina de la situación de Europa

Hace 45 años John Banville (Irlanda, 1945) publicó la que él considera su primera novela editada ahora en español: Regreso a Birchwood (Alfaguara). Aunque su verdadero debut novelístico fue en 1971 con Nightspawn que ha preferido olvidar y un año antes el volumen de cuentos Long Lankin, su verdadero debut literario, un género al que no ha vuelto. Cuando empezó a publicar había recorrido buena parte del mundo gracias a su trabajo en una aerolínea y ya trabajaba como periodista en The Irish Press, donde estuvo un cuarto de siglo.

Banville es miembro de la Royal Society of Literature y es considerado uno de los mejores narradores contemporáneos por su prosa exquisita. Con 72 años solo se dedica a escribir literatura y colaboraciones para publicaciones como The New York Review of Books. El escritor traza para WMagazín el arco de su vida literaria. Esta es la segunda entrega de la entrevista con el autor de obras como El mar.

Puedes leer la primera parte de la entrevista en este enlace:

“La verdad solo existe entre líneas. Esa es la verdad de los artistas, solo puedes dar una pequeña sombra”

Los invitamos a continuar con la segunda parte de la entrevista en la cual Banville da más claves sobre su concepción de la belleza, el amor, la literatura, la pasión y la realidad a la hora de escribir y la situación de Europa.

John Banville, en Madrid. /Fotografía de Lisbeth Salas

“La misión del artista es hacer que el mundo se ruborice con la belleza”

¿Qué puede salir de un niño que muy pequeño descubre la belleza gracias a un cuco, a los 11 o 12 los poemas de John Keats y luego Dublineses, de James Joyce? Una literatura sensible con una narración esparcida de fulgores poéticos, un tempo de ensoñación, una contemplación de la vida rica en detalles comunes y los sentimientos casi como de un tiempo ido, pero donde los dioses envidian a los mortales por su capacidad de enamorarse del brillo de las cosas corrientes y por otras, como el amor.

Casi medio siglo lleva John Banville en busca de atrapar esa belleza, de la perfección literaria en un volumen de cuentos, 19 novelas con su nombre y diez bajo el seudónimo de Benjamin Black con obras policiacas, y en una de las cuales, La rubia de ojos negros, revivió con éxito al famoso detective de Raymond Chandler: Philip Marlowe. El autor irlandés empezó a ser más conocido a nivel mundial a partir de la novela El mar por la que obtuvo en 2005 el Premio Man Booker, el más importante de Reino Unido. Luego han venido otros como el Franz Kafka y el Príncipe de Asturias de las Letras.

Con su aspecto inofensivo y modoso de camisa azul noche de cuello mao y un blazer de finos cuadros, John Banville continúa el trazo del arco de su vida literaria acompañado de su humor negro y muchos grises.

W. Manrique. ¿Recuerda en qué momento fue consciente de la belleza, por primera vez o la reconoció? La búsqueda de la belleza está en su vida y es otro tema muy presente en su obra.

J. Banville. Supongo que cuando empecé a leer la poesía de Keats, era joven con 11, 12 años… (Y piensa un momento a la vez que mueve los ojos). Antes también. Vivía a las afueras de un pueblo donde pasé mucho tiempo de mi infancia en los campos, rodeado de naturaleza. Recuerdo que era un niño pequeño y un día paseaba a mi perro por un campo en el que había tres árboles y en uno de ellos un cuco, un pajarito. Alcé la vista, lo miré… y él me miró… Voló luego al siguiente árbol, y yo lo seguí al siguiente árbol… Nos miramos… Fue un momento un poco extraño de comunicación con el mundo de la naturaleza…

Tras un breve silencio, Banville vuelve a hablar entusiasta y cuenta con asombro y graciosa novelería otro episodio afortunado de su vida.

¡Y el año pasado me ocurrió algo parecido!: había un pajarito, creo que una urraca, se acercó al jardín, ¡es una criatura increíble!, siempre viene a mi jardín. Yo estaba apoyado sobre una valla y le silbé, y el pájaro hizo ¿Umm? Me miró de repente y le escuché decir algo así como: ¡Así no se hace tonto!… (y el autor ríe como un niño) Se hace así: ¡y cantó!, y estuvo así como unos diez minutos. ¡Estaba enseñándome a silbar!,  ¡a ser un pájaro como él!… Ese momento fue sublime, de gran felicidad…

W. Manrique. Es hermoso, es milagroso, extraordinario.

J. Banville. ¡Extraordinario! Eso dije, y me pregunté: ¡¿Qué es eso?! ¡¿Qué ha pasado?!

Y Banville ríe con entusiasmo juvenil, su rostro se expande, su voz sube un poco el tono al haber vivido dos milagros, dos momentos sublimes. Luego hace una breve pausa con la sonrisa dibujada en sus labios.

W. Manrique. Muy bonito. Otro de los temas que atraviesa su obra es el amor, el puzle del amor, que tiene que ver con otra fantasía de la que hace un momento hablaba. Walt Whitman escribió en su novela recién aparecida, Vida y aventuras de Jack Engle, publicada como folletín tres años antes de Hojas de hierba: “Aprende a amar de forma irreflexiva, ¡ese glorioso privilegio de la juventud!”.

J. Banville. …Sí… Siempre pienso que la gente enamorada es como dos espejos, uno frente al otro. Uno mira los ojos de la persona amada y dice: “¡Qué guapo soy!” (y ríe travieso antes de decir entre grave y burlón). Nos enamoramos de nosotros mismos a través de un objeto amado. Creo que eso es lo que pasa… Y lo llaman amor.

Deja la frase colgando mientras su cara se muestra entre feliz y burlón al tiempo que actúa al subir los hombros y fruncir los labios.

W. Manrique. Con Banville es un tema presente, menos con Black, aunque en Las sombras de Quirke Evelyn cuenta que la noche anterior ha tenido sexo con Quirke y dice que lo ha hecho feliz y su reflexión sobre el amor y el sexo es que este último no es tan importante como se cree.

J. Banville. (Sube las cejas antes de decir muy rápido) ¡Es como esta relación entre el orgasmo y el estornudo! (y suelta una discreta carcajada). Es como decir algo así. Estoy de acuerdo, el sexo es fantástico, pero no dura mucho.

W. Manrique. Al leer aquello recordé una frase de una novela de García Márquez cuando escribe: “El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor”.

J. Banville. Bueno sí… El amor es un fenómeno tan extraño, no es natural (dice en una sobreactuación profesoral) ¿Sabes lo aburrida que es la gente cuando se enamora? Los enamorados se agarran de las manos y todo el mundo alrededor dice qué aburrimiento (risas)… Y luego se enamoran ellos también y los demás piensan lo mismo… Y así…

W. Manrique. Es un bicho raro el amor. Como cuando un autor se enamora de lo que está escribiendo. Hace un momento decía que empieza a escribir con euforia en busca de una obra maestra, pero luego se encuentra con la realidad. ¿Qué función cumplen la pasión, la ilusión y la razón en el momento de la escritura?

J. Banville. De alguna manera tienes que estar en un estado… No puedes escribir bajo un estado de pasión porque lo que consigues no es un sentimiento. El artista no pone sus sentimientos en el libro, pone cómo se sienten los sentimientos. No somos muy especiales, no tenemos una visión especial del mundo. Estás simplemente como escritor. Simplemente nos concentramos en escribir y leer lo que todo el mundo sabe. ¡Es extraordinario! Una mujer un día me dijo que había leído El mar y que esa era su vida. Es maravilloso.

W. Manrique. Voy a leer unas líneas de El mar que, creo, retratan su literatura: “Myles, Chloe y yo pasamos, al parecer, casi todo el día en el mar. Nadamos bajo el sol y la lluvia; nadamos por la mañana, cuando el mar está inmóvil como una sopa, nadamos por la noche, cuando el agua nos recorre los brazos como ondulaciones de satén negro”… Ahí veo pasión, ilusión, razón, poesía, amor…

J. Banville. Esto es lo que hace el lenguaje, la literatura. Cuando el placer viene con la pasión brilla, esa es la labor del artista: hacer que los objetos brillen. Describes algo y puede ser cualquier cosa, un árbol en el campo, una mujer bonita, todos son objetos… Lo corriente puede brillar. Si alguien se fija en nosotros nos hace brillar y produce una sonrojés. Es como ser consciente de uno mismo, de lo que está ocurriendo. La misión del artista es hacer que el mundo se ruborice con la belleza.

W. Manrique. Usted logra que las cosas en apariencia intrascendentes o corrientes y vulgares brillen.

J. Banville. Sí, sí, esa es la belleza. Hay una poeta que habla de un ángel, es una figura simbólica, y dice: No intentes describir cosas trascendentes al ángel, cuéntale cosas ordinarias de la vida común. Descríbele al fabricante de cuerdas en Roma, cosas comunes. Porque en la esfera trascendente que vive el ángel solo es un aficionado, así que cuéntale cosas que tú conoces… No busques la trascendencia, busca la exactitud. Y a través de la exactitud las cosas se convierten en algo trascendente y se convierten en algo tan vivamente ello mismo que es trascendente…

Aquí es donde entra en juego la pasión.

Y Banville vuelve sobre la idea de que el artista solo puede mostrar la sombra de lo que quiere mostrar. Recuerda que el periodismo debe mostrar lo que es. El mundo es otra cosa, y él está preocupado por el presente.

Son tiempos muy peligrosos. Separecen muchos alos años 30, y ya sabemos lo que ocurrió. Se ha perdido la fe en la política. La información que recibimos es muy preocupante. ¡Pero sobrevivimos!

W. Manrique. Usted ha dicho que es más irlandés que patriota, también es europeísta, ¿qué cree que pasa en Europa? ¿naufraga, está a la deriva?

J. Banville. Son tiempos muy peligrosos. Se parece mucho a los años 30, y ya sabemos lo que ocurrió en los años 30. Hay una gran crisis en la fe de la política por parte de la gente, primero nos gustan y luego los culpamos. Pero nos olvidamos de que quienes los escogimos fuimos nosotros. La mayoría lo hace lo mejor que puede. Alguien describió una vez a los políticos como el mundo de espectáculos para feos (ríe un largo rato). Realmente estoy muy preocupado por Europa como cualquier otro. La información que recibimos es muy preocupante. ¡Pero sobrevivimos! Miremos al norte de Irlanda, destrozada por una guerra en los últimos 35 años y después siguió adelante. Los seres humanos tienen una enorme capacidad para renovarse. Así que, bueno, quizás superemos este periodo, espero que sí.

W. Manrique. Señor Banville, y después de todo esto, ¿cuándo fue ese momento en que sintió que quería ser escritor?

J. Banville. Mi hermano o mi hermana, uno de los dos, se pelean para saber quién fue el que me dio la copia de Dublineses, de James Joyce. Yo tenía como 11, 12 años… Para mí fue un gran descubrimiento porque hasta entonces solo leía novelas de detectives, de aventuras y, de repente, aquí vi que la escritura podría ser como un foco sobre la vida, verla como era tal cual, la vida común de todos. Intenté hacer imitaciones horribles de Dublineses, de Joyce, pero seguí escribiendo a lo largo de mi adolescencia, y llegó un día en el que cuando tenía 17, 18 años escribí un pequeño relato y cuando lo terminé me di cuenta de que ya no me pertenecía. Ahí es donde me di cuenta que podía ser escritor.

Lo dice como si nada. Como algo corriente. De allí viene todo lo que acaba de compartir. Desde aquella primera vez en que siendo un niño un cuco le mostró la belleza del mundo, luego los versos de John Keats la belleza de la literatura y más adelante Joyce la belleza para atrapar la vida en las palabras escritas. La vida en los detalles, darle brillo a lo corriente y darle más envidia a los dioses. Y, de paso, compartir su búsqueda y felicidad con todos nosotros.

  • Regreso a Birchwood. John Banville. Traducción de Damià Alou (Alfaguara).“Regreso a Birchwood representa un punto de inflexión en la literatura irlandesa contemporánea: es una novela en la que la historia se convierte en una divertida comedia negra repleta de alborotos rurales y de personajes góticos, y un sentido de desconcierto hacia la naturaleza del universo llena sus páginas”, dijo Colm Tóibín, otro gran autor irlandés. Regreso a Birchwood cuenta la vuelta de Gabriel Godkin a casa, bajo ese pretexto la novela reflexiona sobre los recuerdos, la distorsión de los mismos y la vida, el amor y la pérdida; de los recuerdos como reflejos de la luz bajo el agua en movimiento.

 

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