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Un grupo talibán en Afganistán. /Foto Creative Commons

El origen de los talibanes y la vida fundamentalista que espera a los afganos

El periodista relata en el libro 'Los talibán. Islam, petróleo y fundamentalismo en Asia Central' (Península) cómo este grupo alcanzó el poder y analiza su filosofía extrema y de opresión sobre todo con las mujeres. WMagazín publica un pasaje de esta investigación

Presentación WMagazín El libro Los talibán. Islam, petróleo y fundamentalismo en Asia Central (Península), del periodista paquistaní Ahmed Rashid, es una obra clave para entender el presente de Afganistán ahora que Estados Unidos y las tropas internacionales han salido del país afgano y los talibán han tomado el poder.

WMagazín publica un pasaje de esta investigación en la cual Ahmed Rashid relata cómo los talibanes alcanzaron el poder y analiza su filosofía fundamentalista extrema y de opresión, especialmente sobre las mujeres (puedes ver en este enlace nuestro especial sobre este tema).

Por Ahmen Rashid

Poco antes de que aparecieran los talibán, a fines de 1994, Afganistán se hallaba casi en un estado de desintegración. El país estaba dividido en feudos regidos por señores de la guerra, y todos ellos habían luchado, cambiado de bando y luchado de nuevo en una serie asombrosa de alianzas, traiciones y derramamientos de sangre. El gobierno del presidente Burhanuddin Rabbani, predominantemente tayiko, controlaba Kabul, sus alrededores y el nordeste del país, mientras que tres provincias del oeste, cuyo centro era Herat, estaban en manos de Ismael Khan. Al este, en la frontera de Paquistán, tres provincias pashtunes se encontraban bajo el control independiente de una shura (consejo) de muyahidín, radicado en Jalalabad. Una pequeña región al sur y el este de Kabul estaba controlada por Gulbuddin Hikmetyar.

Al norte, el señor de la guerra uzbeko, el general Rashid Dostum, dominaba seis provincias y en enero de 1994 había abandonado su alianza con el gobierno de Rabbani y se había unido a Hikmetyar para atacar Kabul. En el centro de Afganistán los hazaras controlaban la provincia de Bamiyan. El sur de Afganistán y Kandahar estaban divididos entre docenas de insignificantes señores de la guerra ex muyahidín y bandidos que saqueaban a placer a la población. Con la estructura tribal y la economía hechas jirones, sin ningún consenso sobre el liderazgo pashtún y dada la renuencia de Paquistán a conceder ayuda militar a los durranis como se la habían proporcionado a Hikmetyar, los pashtunes meridionales estaban en guerra entre ellos.

Las organizaciones internacionales de ayuda temían incluso trabajar en Kandahar, pues la misma ciudad estaba dividida en grupos hostiles. A fin de conseguir dinero, sus dirigentes lo vendían todo a los paquistaníes a precios de saldo, derribaban postes y tendidos telefónicos, talaban árboles, vendían fábricas, maquinaria y hasta apisonadoras a los chatarreros. Los señores de la guerra se apoderaban de hogares y granjas, expulsaban a sus ocupantes y entregaban los edificios a quienes les apoyaban. Los jefes militares abusaban de la población a voluntad, raptaban chicas y chicos para su placer sexual, robaban a los mercaderes en los bazares, se peleaban y alborotaban en las calles. En lugar de refugiados que regresaran de Paquistán, una nueva oleada de refugiados empezaron a abandonar Kandahar con destino a Quetta.

La situación perjudicaba a la poderosa mafia de los camioneros radicados en Quetta y Kandahar, hasta el punto de hacerse intolerable. En 1993 recorrí los 209 kilómetros de carretera entre Quetta y Kandahar, y en esa distancia relativamente corta nos detuvieron por lo menos veinte grupos diferentes, que habían colocado cadenas por encima de la calzada y exigían peaje para circular. A la mafia del transporte, que intentaba abrir rutas para el contrabando de mercancías entre Quetta, Irán y el estado de Turkmenistán, que acababa de obtener la independencia, le resultaba imposible llevar a cabo sus negocios.

Para los muyahidín que habían luchado contra el régimen de Najibulá y luego se habían ido a casa a fin de proseguir sus estudios en las madrasas de Quetta y Kandahar, la situación era especialmente mortificante.

—Todos nos conocíamos: los mulás Omar, Ghaus, Mohammed Rabbani, quien no tiene ninguna relación con el presidente Rabbani, y yo mismo, porque todos procedíamos de la provincia de Urozgan y habíamos luchado juntos—me dijo el mulá Hassan, y añadió—: Yo iba a Quetta y volvía, y asistía a madrasas de allí, pero cada vez que nos reuníamos hablábamos de la terrible situación en que se encontraba nuestro pueblo sometido a esos bandidos. Teníamos las mismas opiniones y nos llevábamos muy bien entre nosotros, por lo que resultó fácil tomar la decisión de hacer algo.

El mulá Mohammed Ghaus, el tuerto ministro de Asuntos Exteriores de los talibán, me dijo algo parecido.

—Discutíamos durante largo tiempo la manera de cambiar la terrible situación. Antes de empezar sólo teníamos unas vagas ideas de lo que podríamos hacer, y pensábamos que íbamos a trabajar, pero creíamos que estábamos trabajando con Alá como sus discípulos. Hemos llegado tan lejos porque Alá nos ha ayudado.

En el sur, otros grupos de muyahidín también discutían los mismos problemas. He aquí lo que me dijo el mulá Mohammed Abbas, quien llegaría a ser ministro de Sanidad en Kabul:

—Mucha gente buscaba una solución. Yo era de Kalat, en la provincia de Zabul, a 136 kilómetros al norte de Kandahar, y me había integrado en una madrasa, pero la situación era tan mala que no podíamos concentrarnos en los estudios, y con un grupo de amigos pasábamos el tiempo discutiendo lo que deberíamos hacer y era preciso llevar a cabo.—Abbas añadió—: El viejo liderazgo muyahidín no había conseguido traer la paz. Así pues, con un grupo de amigos fui a Herat para asistir a la shura convocada por Ismael Khan, pero no se llegó a ninguna solución y las cosas iban de mal en peor. Por ello fuimos a Kandahar, hablamos con el mulá Omar y nos unimos a él.

Tras largas discusiones, estos grupos divergentes pero profundamente comprometidos esbozaron un programa que sigue siendo la declaración de propósitos de los talibán: restaurar la paz, desarmar a la población, reforzar la ley de la sharia y defender la integridad del carácter islámico de Afganistán. Como la mayoría de ellos eran estudiantes en las madrasas ya fuese a tiempo parcial, ya con dedicación plena, es natural que eligieran el nombre que se impusieron. Un talib es un estudiante islámico, que busca el conocimiento, mientras que el mulá es quien proporciona el conocimiento. Al escoger un nombre como talibán (plural de talib), se distanciaban de la política partidista de los muyahidín e indicaban que eran un movimiento para purificar a la sociedad más que un partido que intentara hacerse con el poder.

Todos cuantos se reunieron en torno a Omar eran producto de la yihad, pero estaban muy desilusionados por la división en facciones y las actividades criminales de la dirección muyahidín, a la que habían idealizado. Se consideraban los purificadores de una guerra de guerrillas descarriada, un sistema social erróneo y un estilo islámico de vida que corría peligro debido a la corrupción y el exceso. Muchos de ellos habían nacido en campos de refugiados paquistaníes, se habían educado en madrasas paquistaníes y habían adquirido su pericia como luchadores de grupos muyahidín establecidos en Paquistán.

Los talibán más jóvenes apenas conocían su propio país ni su historia, pero en sus madrasas estudiaron la sociedad islámica ideal creada por el profeta Mahoma 1.400 años atrás, y eso era lo que querían emular.

Algunos talibán afirman que la elección de Omar como dirigente no se debió a su capacidad política o militar, sino a su religiosidad y su firme creencia en el Islam. Otros creen que fue elegido por Dios.

—Seleccionamos al mulá Omar para que encabezara este movimiento—dijo el mulá Hassan—. Era el primero entre iguales y le conferimos el poder de dirigirnos y la autoridad para ocuparse de los problemas de la gente.

El mismo Omar dio una sencilla explicación al periodista paquistaní Rahimulá Yousufzai:

—Nos alzamos en armas para cumplir con los objetivos de la yihad afgana y salvar a nuestro pueblo de más sufrimientos a manos de los llamados muyahidín. Teníamos una fe absoluta en Dios Todopoderoso. Jamás lo olvidamos. Él puede bendecirnos con la victoria o sumirnos en la derrota.

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