El poeta y narrador español Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976). /Foto cortesía del autor
Joaquín Pérez Azaústre convierte la paternidad a distancia en poesía en ‘Defender El Álamo’
POEMA DEL MES El poeta español regresa a la poesía con un libro sobre la paternidad a distancia, el paso del tiempo y la lucha por preservar el vínculo con su hijo. Premio Internacional Generación del 27, el poemario convierte la ausencia en testimonio y legado
“La palabra poética se convierte en testimonio de la construcción del amor desde la ausencia, pero también en una carta hacia el futuro. Pese a las dificultades, la paternidad es el mayor regalo que me ha concedido la vida, sólo comparable a mi propia condición de hijo”, dice el poeta y narrador español Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976).
El descubrimiento de uno de los asombros supremos: un hijo. También, el de otra dimensión del amor que despierta. Y el del tiempo, que adquiere un nuevo estadio ante el deseo imperioso de garantizar un porvenir ajeno al propio: el yo que vive una metamorfosis. Una conjunción de hechos que hacen convivir felicidades inéditas con temores escondidos y desconocidos.
Una vivencia eterna, pero compartida ahora con las extraordinarias variaciones que impone este mundo dual, analógico y digital, marcado por la inteligencia artificial. Todo ello se refleja en el poemario Defender El Álamo (2018-2020), publicado por Visor, en el que Joaquín Pérez Azaústre convierte la experiencia de la paternidad en la distancia en una forma de resistencia y de amor.
El libro ha sido distinguido con el Premio Internacional Generación del 27 porque “articula su discurso en torno a la experiencia de la paternidad en la distancia. La palabra se convierte en carta y legado para el hijo, un canto de amor con advertencias sobre la dureza del futuro, en una intimidad frágil, pero persistente”.
Pérez Azaústre vuelve a la poesía después de haber publicado, sobre todo, novelas:
Defender El Álamo, explica, “es un libro sobre la paternidad en la distancia, con mi hijo en el horizonte. El Álamo no es solamente esa vieja misión española en la que los voluntarios de Texas resisten el avance del general Santa Anna y la película de 1960 de John Wayne, sino también un símbolo de batallas que merecen ser libradas, aunque sepamos que vamos a perderlas. Cuando tu hijo vive en otro continente, el ejército de Santa Anna no es sólo la lejanía, sino el tiempo. La palabra poética se convierte en testimonio de la construcción del amor desde la ausencia, pero también en una carta hacia el futuro. Pese a las dificultades, la paternidad es el mayor regalo que me ha concedido la vida, sólo comparable a mi propia condición de hijo. Este libro quiere salvaguardar ese legado”.
Ante esa experiencia, el poeta acude a la creación literaria en busca de señales:
“La poesía quizá no salve, ni cure, pero sí alivia. Yo he acudido a ella como a una tabla de náufrago, para resistir la separación de mi hijo, durante los últimos ocho años, y construir nuestra relación desde ahí. Es una resistencia dura y lenta, con los muros del fuerte cada vez más erosionados. Sin embargo, lo que se protege y se cuida dentro sigue siendo algo verdadero: el cariño profundo entre un padre y un hijo. Es puro y frágil, porque está sometido a demasiados vientos. Se combate contra el olvido y contra el ahogo de una soledad mutua. Y el hijo necesita poder sentir y percibir siempre que el padre hace cuanto puede por estar cerca. Por eso continúo defendiendo El Álamo”.

WMagazín publica dos poemas de Defender El Álamo, la experiencia transformada en escritura, en poesía.
CASA DEL PADRE
La casa del poeta es la casa del padre.
Antes hubo unas rejas hacia el patio celeste
con la cruz del futuro templando el horizonte
y pájaros vacíos con un silbido blanco.
Luego fue tener un reino propio
en Metropolitano, con ébano en los muros,
nevera y biblioteca para la eternidad,
los pechos de manzana
con ojos de cobalto modernista
y las perlas rosadas en el roce del labio.
Cuanto amé allí dentro
la sana libertad del curso derrocado.
Después la Residencia de Estudiantes,
con sus postigos de provocación
en fanfarrias y voces de cadetes altivos
tomándose un gin-tonic que no se acabará.
Y entre la casa azul,
con Bruselas y Argel como llamas de paso,
ahora vuelvo a Madrid, puerto sangriento,
como a un retrato curvo que me ha visto morir.
Pero ahora vivo aquí
y mi casa es tu casa.
Tú dices:
Me gusta nuestra casa de Madrid.
Y me tocas y hablas en todas las paredes
en que habita tu rostro.
Todo es mi casa ahora:
tus mensajes de voz, las huellas de tus manos
con pinturas cambiantes,
tus dibujos, tus juegos,
que me nombran a mí
como un cuerpo nacido con su propia armadura.
Y también el avión, la PCR:
todo es mi casa ahora
si me lleva hasta ti.
O volverme a sentar en este bar
del siglo diecinueve, en que Manuel Machado
seguro fue feliz, igual que yo,
y que te gustará,
o en otro parecido dentro de algunos años,
donde te esperaré,
o quizá algún amigo podrá hablarte de mí.
Todos sabrán quién eres.
Todo te nombra a ti.
Todo te mira a ti
en la casa del padre.
***

VIDEOLLAMADA
Y llegará un momento en el que nadie
nos corte la llamada.
Esa estación redonda se amoldará a la piel
como la lluvia cálida de agosto
en los columpios junto a la piscina,
cuando todos sentimos en los brazos
el último silbido que es cárdeno en las hojas
y un calor de cigarras pronuncia el horizonte.
Estamos preparando esas palabras:
una conversación que ya ha empezado
con todos nuestros lances de aventura.
No importa lo que ahora nos suceda.
No importa que esos tajos al cortar nuestras voces
igual que un carnicero de nuestras despedidas
nos dejen la garganta
y la respiración
con la niebla raspando su golpe de silencio.
No importan los impactos
sobre un aire de púas,
el fuego proceloso de una chimenea
que nos danza en los ojos,
porque ya hemos hablado y la dulzura
siempre aparece antes o después,
naciente en nuestros juegos como una flor de cactus
que nos llama a lo lejos desde la plenitud
en que tú y yo cantamos tu canción favorita
y podemos beber nuestra copa de tiempo.
Porque antes o después habrá siempre un segundo,
después de conquistar toda Britania
o nadar ante el mar de Alejandría
con los libros volantes y legiones doradas,
tras haber sido César, Arturo o Robin Hood,
en el que tú te tumbes, después de la batalla,
y me sigas mirando,
y me digas No cuelgues,
en ese instante eterno de una videollamada
entre un padre y un hijo.
Por eso lo bendigo
y rezo por estar en tus visiones
igual que cada día nace y duerme contigo
cuando te nombro, hijo, al dormir y nacer,
al tocar la extensión de mi cuerpo en el tuyo
con su voz de vacío.
Y eso, por ahora, es todo lo que tengo.
Todo lo que tenemos,
el momento de gloria:
Saber que tú me miras, y me ves.
Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, España, 1976) ha obtenido premios como el Adonáis 2001por Una interpretación (2001) y el Loewe Joven 2006 por El jersey rojo, el Loewe Internacional 2011 por Las Ollerías y el Gil de Biedma 2013 por Vida y leyenda del jinete eléctrico. Entre sus novelas figuran La larga noche (2022, Premio Jaén) y El querido hermano (2023, Premio Málaga y Andalucía de la Crítica), sobre Manuel y Antonio Machado.
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