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Arundhati Roy (arriba a la izquierda), Salman Rushdie y Kiran Desai. /WMagazín

Arundhati Roy, Kiran Desai y Salman Rushdie: escribir para entender la vida mientras ocurre

Tres de los escritores más relevantes de la India comparten experiencias personales y literarias de sus obras más recientes. Libros para los que parecen que llevaban preparándose muchos años

Hay libros que parecen haber sido escritos durante toda la vida de sus autores, incluso desde niños. Preguntas, castigos, alegrías, toda clase de emociones y descubrimientos que ellos viven, a veces de manera desconcertante, pero de los que, sin saberlo, van tomando notas. Desde pequeños quieren comprender por qué sucede lo que sucede; quieren ordenar el mundo y, para eso, van canibalizando todo a su alrededor, como si la vida fuera un cuaderno en permanente construcción, con un impulso constante por entenderse, y con un elemento clave: la búsqueda de la identidad y de contar el lugar del que proceden.

Lo han hecho escritores indios como Arundhati Roy, Kiran Desai y Salman Rushdie, que, en los últimos meses, desde ciudades como Madrid, Bogotá y Nueva York, han vuelto sobre esa misma idea: la escritura como una forma de memoria en movimiento, como una forma de entender la vida mientras ocurre.

Mundo Kiran Desai

 

La última en hacerlo ha sido Kiran Desai (54 años, Nueva Delhi, 1971), en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026. Ha presentado La soledad de Sonia y Sunny (traducción de Aurora de Echevarría en Salamandra), una novela después de veinte años de silencio, cuando en 2006 obtuvo el Premio Man Booker con El legado de la pérdida. Kiran Desai conversó con la escritora colombiana Pilar Quintana sobre algunos temas en común, como la soledad, la mujer enfrentada al machismo, la violencia intrafamiliar o cómo concibe la escritura y la literatura, siempre en diálogo con esa necesidad de entenderse a sí misma a través de lo que escribe:

“Con esta novela traté de pensar mucho en lo que significa la soledad para una mujer y qué significa para la vida creativa de una mujer, porque la protagonista es una joven. También pensé en Virginia Woolf, quien dijo que una mujer necesita un cuarto propio y un ingreso propio para poder escribir. Entonces pensé en ciertos países donde una mujer necesita reconocimiento. Muchas de ellas deben, también, superar las barreras que les ponen los hombres en sus caminos.

Yo viví una vida solitaria cuando escribí La soledad de Sonia y Sunny. Esto me permitió entender muchas cosas. Hasta cierto punto fue extremo. Vivía en Nueva York y viajé a México tratando de estar más sola. De hecho, de tanta soledad había perdido la referencia de lo que es para mí el género, de tal manera que ya no me sentía ni como mujer. Me aislé tanto del mundo que me sentí muy libre de las categorías”.

Esa idea de aislamiento como forma de conocimiento conecta con una escritura que no busca respuestas inmediatas, sino que indaga y en ese ejercicio va creando un tiempo y un mundo, incluso en la deriva:

“Escribo con un lenguaje profuso y siento envidia de autoras como Pilar Quintana que logran escribir de manera tan concisa y directa. En mi último libro escribo sobre escritores que tratan de escribir, sobre cómo hacerlo sobre la India y dicen que es como una serie de cruces de caminos, porque uno empieza en uno y termina encontrando una conexión que nos lleva a otro… Y así, en una profusión de bifurcaciones donde todo se puede decir”.

Esa “selva” de la que habla no es solo temática, sino también un método:

“Mi madre, que también es escritora (Anita Desai), antes de escribir hace un gran trabajo previo. Y me doy cuenta de que no soy nada disciplinada. Me permito ir en todas las direcciones durante años, explorar una vertiente de la historia sin saber si esto va a terminar en un libro, crear miles de personajes y, al final, he creado una inmensa selva en la que yo misma me pierdo. Pero confío en que, de alguna manera, voy a salir viva de esta selva y tengo que confiar, de lo contrario me enloquecería del miedo. Después de ese magma termino sacando una narrativa y veo que hay cosas que entran en resonancia y ahí, poco a poco, voy creando una estructura, pero no es algo muy disciplinado”.

Mundo Arundhati Roy

En el caso de Arundhati Roy (64 años, Shillong, 1961) esa toma de apuntes desde la vida tiene un origen más íntimo y más doloroso. Entró en la literatura por la puerta grande cuando, con 36 años, en 1997, publicó la novela El dios de las pequeñas cosas. Su siguiente novela la publicó veinte años después, en 2017, El ministerio de la felicidad suprema. Entre medias, obras de no ficción que reflejaban su compromiso con la sociedad y el mundo. En 2025 editó unas memorias tituladas Mi refugio y mi tormenta (traducción de Catalina Martínez Muñoz en Alfaguara), sobre su relación con su madre. En un encuentro con sus lectores madrileños en el Espacio Fundación Telefónica compartió parte de esa relación conflictiva y el motivo que la llevó a escribir este libro:

“No sé si he estado escribiendo este libro toda mi vida, pero desde luego lo he hecho en mi cabeza para tratar de explicarme mi vida a mí misma. Porque era la única forma de gestionar las cosas, hacerles frente. Por ejemplo, cuando mis padres se separaron, yo no había cumplido los tres años y mi madre volvió a Kerala y fue humillada. Esa humillación la gestionó volviéndose contra sus propios hijos. Pude ver cómo esa ira se volvía contra nosotros. Siempre digo que hay una parte de mí que era la que recibía los golpes y había otra que estaba tomando apuntes, no porque pensara que me iba a convertir en escritora, pero la historia de por qué ocurría fue lo que me llevó a publicar Mi refugio y mi tormenta”.

Ahí aparece con claridad esa doble mirada: la que vive y la que observa, la que sufre y la que registra.

“En cierto sentido, este libro es mi conversación con ella. Creo que esta mujer se merece una obra literaria y quería ver, como escritora, si tenía la habilidad de compartir este personaje con el mundo, el de una mujer tan extraordinaria, tan impredecible, con tantas facetas. La verdad es que nunca fue posible etiquetarla”.

También para Roy, como para Desai, escribir es una forma de organizar el caos sin simplificarlo:

Los escritores y las escritoras son, a veces, la gente más cruel. Dicen que los autores, a veces, se comen a sus propias creaciones. En cierta medida, todo lo que te pasa es canibalizado.

En mi caso estudiar arquitectura y trabajar en el cine, y sobre todo, escribir guiones, es algo muy importante para mí en lo referente a la disciplina del trabajo en sí mismo. Mi propio trabajo como escritora tiene influencias de la arquitectura en lo que se refiere a la planificación, el diseño del libro, es algo que amo, no solo la escritura. He aprendido una cierta forma de mirar.

Cuando una escribe tiene su propia integridad, su propio lenguaje y encontrar ese lenguaje, la estructura, no siempre sé cuáles van a ser exactamente. Pero, al mismo tiempo, y dado que me interesa tanto la estructura de la escritura, no solo la historia que voy a narrar, nunca empiezo por el principio y acabo por el final. Es como diseñar un edificio y sí que sabes cuándo has terminado”.

Mundo Salman Rushdie

En Salman Rushdie (78 años, Bombay, 1947), esa misma pulsión adopta otra forma: la del lugar como punto de partida. Es el que lleva más tiempo de estos tres autores indios en el mundo de la literatura. Debutó en 1975 con Grimus y su segunda novela, Hijos de la medianoche, se ha convertido en un clásico contemporáneo. Ha publicado una veintena de libros. Ha sido perseguido por la publicación de su novela Los versos satánicos, de 1988, por la que recibió amenazas de muerte luego de que el ayatolá Ruhollah Jomeini emitiera una fatwa contra el escritor. Tuvo que vivir escondido y con protección policial muchos años. En 2022 sufrió un atentado en Nueva York por el que perdió un ojo y sufrió otras secuelas.

Su volumen de cuentos La penúltima hora (traducción de Luis Murillo Fort, en Random House) surgió tras el atentado. En una rueda de prensa virtual reflexionó no solo sobre la violencia, sino sobre el estado del lenguaje y la literatura:

“No creo en la vida después de la muerte, pero es una ficción muy útil. (…)

Vivimos momentos de mucha oscuridad en la vida pública estadounidense. La censura es terrible, y sucede que si un solo padre presenta una objeción sobre un libro en una biblioteca escolar, se retira, y esto está afectando a obras como Cien años de soledadBeloved, de Toni Morrison, Matar a un ruiseñor o Huckleberry Finn. Afortunadamente, muchas prohibiciones no han salido adelante, pero hay que seguir luchando. (…)

La comunicación entre las distintas partes de la sociedad se está viniendo abajo. Cada día es más difícil hablar. Incluso compartiendo el mismo idioma no nos entendemos, cuando eso sucede, es muy peligroso. (…)

Hemos dejado de ser los amantes de la poesía que éramos antaño, los aficionados a la ambigüedad y devotos de la duda, para convertirnos en moralistas de bar. (…)

La literatura no puede derrocar regímenes, pero puede aumentar nuestra comprensión del mundo”.

Pero, más allá del contexto político, su reflexión vuelve al núcleo del oficio:

“A veces, cuando comienzo a trabajar en una historia, para mí es muy importante saber dónde sucede. Esta pregunta del dónde siempre está en el centro de mi proceso literario. Hasta que no sé exactamente dónde y cuándo se va a situar la historia, no puedo empezar a escribir”.

Tres autores, tres trayectorias distintas, pero una misma intuición: escribir es, en el fondo, una forma de tomar apuntes de la vida, de intentar entenderla mientras sucede y de encontrar, en ese proceso, un lugar propio en el mundo.

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Winston Manrique Sabogal

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