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La escritora Fernanda Trías (Uruguay, 1976), al recibir el premio Sor Juana Inés de la Cruz 2025, de la FIL de Guadalajara (México), por su novela ‘El monte de las furias’. /Foto Universidad de Guadalajara

Fernanda Trías: “Espero no sentirme demasiado cómoda en la escritura, desacomodarme primero para incomodar después”

La escritora uruguaya recibe el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2025, de la FIL de Guadalajara, por la novela 'El monte de las furias'. Una obra sobre la exploración de una mujer que cuida una montaña y la relación y descubrimiento con la naturaleza y la violencia a través de la búsqueda de un lenguaje preciso. Publicamos pasajes de su discurso y del libro

Restablecer los vínculos del ser humano con la naturaleza, redescubrir los lazos que lo unen a ella, explorar las vías para una mejor convivencia en armonía, aprender a conocer, domar o desterrar la violencia. Eso es parte de El monte de las furias (Random House), la novela por la que Fernanda Trías obtuvo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), de México, 2025. Una obra entre lo ecológico, lo místico, lo fantástico y el gótico andino. En la frontera donde se encuentran todos estos géneros, como el mismo lugar donde está su protagonista: en una casa en las laderas de una montaña con toda su naturaleza.

Se trata, desveló la escritora (49 años / Uruguay, 1976) en su discurso de aceptación del premio, el 3 de diciembre de 2025, de una especie de exploración sobre la convivencia e interrelación entre una mujer y una montaña, que se observan y se interpelan mediadas por la soledad, incluso por sus propias naturalezas inquietas y violentas. “La mujer y la montaña desean. Ambas habitan una soledad radical… cuando la mujer entiende que ella no vive en la montaña sino con ella, una pequeña distinción lingüística se marca el inicio de un tránsito”, dijo la escritora uruguaya en el auditorio Juan Rulfo.

Y es en ese reconocimiento y exploración donde Fernanda Trías despliega el poder de la palabra, del milagro y la magia del lenguaje en busca de los términos precisos para describir, contar y analizar esa relación que trasciende a esta mujer para llevarla al plano de todos los seres humanos. El vínculo con la Tierra, con la naturaleza, con su paisaje, con su belleza, con sus miedos agazapados.

Trías, que ya recibió ese premio en 2021, por Mugre Rosa, junto a la mexicana Cristina Rivera Garza, son las dos únicas personas que han repetido este galardón. En esta ocasión, según el jurado, se le otorgó por “una novela que se enraíza en la tradición narrativa latinoamericana, reconfigurándola mediante un excepcional punto de vista femenino lleno de hallazgos y matices”.

El monte de las furias relata la historia de una mujer que vive en las faldas de una montaña, con la tarea de cuidar los linderos y avisar al celador de cualquier anomalía. “En sus cuadernos escribe sobre su rutina parsimoniosa y los recuerdos de una infancia marcada por una madre brutal y por el deseo insatisfecho de aprender. Al fondo, se escucha la cantera y el ruido de las camionetas blindadas sobre la carretera destapada. Un día aparece en su jardín un cuerpo, y turbados y cuidadosos de no llamar la atención, con el celador deciden enterrarlo. Pero aparece otro. Y otro y otro y otro…”.

Poco a poco las necesidades mutuas afloran, las violencias visibles y subterráneas se hacen presentes de múltiples formas.

Las siguientes son algunas ideas de Fernanda Trías al recibir el premio con las que se autorretrata como escritora y lectora:

“Beckett decía que solo nos queda fracasar mejor. Y supongo que ganar este premio por segunda vez es mi manera de hacerlo. Como escritora he intentado no solo fracasar mejor, sino fracasar de distintas maneras. Sin olvidar que el trabajo literario no es el tema, esas obsesiones que desde siempre me acompañan, sino lo que el lenguaje hace con el tema. El monte de las furias fue el resultado de continuar la búsqueda de un decir poético, pero asumiendo nuevos riesgos que me pusieran al borde de una caída estrepitosa o, bien, de una peripecia emocionante. Creo que ese estado de riesgo es un buen lugar para una escritora como yo. Y espero no sentirme demasiado cómoda en la escritura, desacomodarme primero para incomodar después”.

“Cuando las escritoras nos reapropiamos de esos lugares asignados, pero dándoles otra vuelta de tuerca, generamos incomprensión y hasta molestias en aquellos que nos leen arrebujados en la comodidad de sus amplios espacios o columnas de poder. Y yo me alegro, me alegro mucho cada vez que incomodo a las personas correctas. Me reafirma en que voy por el buen camino”.

Narrarnos a nosotras mismas no es un capricho, sino una manera de reafirmar nuestra existencia”.

Deberíamos inventar palabras nuevas para describir los sentimientos de las plantas… A mí me gustaría que esas palabras fueran un sonido largo, una vocal, pero con un sonido distinto al a e i o u. Un sonido inimaginable, nuevo, un sonido hecho de olor”.

Fernanda Trías, que vive en Colombia desde hace una década, vuelve a unirse a escritoras que han ganado este premio desde 1993 como Elena Garro, Margo Glantz, Cristina Rivera Garza o Daniela Tarazona (México), Nona Fernández (Chile), Almudena Grandes y Clara Usón (España), María Ospina Pizano (Colombia), Gabriela Cabezón Cámara (Argentina) o Gioconda Belli (Nicaragua).

El siguiente es un extracto de la novela:

El monte de las furias

Fernanda Trías

Última hoja

El sonido de la pala, el vaivén del cuerpo. Un tiempo hendido por otras marcas. El peso de la carretilla impulsando el movimiento de la rueda y el tzzz de la tierra al derramarse en el hueco. El borde de la pala que abre, separa, levanta (el vaivén del cuerpo). La tierra que se mece en su cama de metal y cae (estable, gruesa, irregular). Una vibración corre por los brazos, atraviesa el mango de la pala, llega a la hoja y el filo penetra. Luego el cimbronazo vuelve a subir por la pala hasta las manos y el vaivén se torna lento, pausado. El cansancio se instala. Caen los grumos sobre el cuerpo limpio, el pelo desenredado, las uñas al ras, el perfume a jabón Rey mezclándose con el otro, a fermentación y a eucalipto, olor a ternero.

Un tiempo ya lejano. (Digámoslo así).

Pero hubo otra época en que creí que la montaña me había abandonado. Ahora recuerdo al Celador apenas como un insecto. Lo recuerdo con amor porque los insectos cumplen una función en el mundo: comerse lo que sobra, limpiar la podredumbre. La montaña no desperdicia nada. La montaña se sana a sí misma, manda a sus criaturas a limpiar la muerte. Se lame las heridas hasta que estas se convierten en alimento.

No puedo extenderme mucho. Hoy volvieron las mariposas negras. Atraídas por la luz, se estrellan una y otra vez contra mi ventana.

Yo, que nunca había conocido la idea del tiempo como algo escaso, que nunca creí en el tiempo como una sustancia capaz de agotarse, estoy aquí (ironía de la vida) apurándome a llenar esta última hoja antes de que el sol despunte sobre el bosque de niebla. Los ladridos de la jauría, quién iba a decirlo, ahora me tranquilizan. Confirman que no me he quedado ciega y que la oscuridad que empuja al otro lado de la ventana es el color de la noche. En unos minutos, cuando los pájaros estallen en burbujas, sabré que se hace tarde.

Tengo que dejar mi casa.

Tengo que dejarla antes del amanecer, me dijeron. Vinieron de a cuatro a decírmelo, como si con uno no alcanzara. Pero ya voy a llegar a eso también. Antes quiero poner por escrito que las casas sí son cosas, porque cualquiera puede quitártelas.

Esta casa me dio el tiempo de entender el mundo. Mucho he pensado aquí y los cuadernos que llené sirven para demostrarlo. No pienso llevarme nada porque nada de lo que tengo va a servirme adonde voy. Ni siquiera los tallos de mi abuela, esos cogollos de raíces blancas que flotan en un frasco de agua espesa. Podría beber esa agua, que está allí desde hace treinta años, que fue puesta en ese frasco por las propias manos de mi abuela, y aun así sé que no moriré.

Nada de la montaña puede matarme. Alguien dirá: Los hombres sí, los hombres de la montaña pueden abrirte el cuello, pueden arrancarte los dedos de cuajo y cortarte los ojos en cruz con una Gillette, pueden hacerte comer tu propia lengua y por eso huis como una rata de monte. Tal vez, pero ellos nunca fueron de la montaña.

Las mariposas negras insisten contra el vidrio. Son las mismas que escoltaron a mi madre. Madre, te vi irte con la enfermedad a cuestas, mordiéndote la nuca. Si supiera dónde estás te contaría el secreto. Te mecería como se mecen las raíces para ayudarte a morir. Te subiría a la carretilla, te lavaría, te acunaría entre la tierra mojada para que sintieras, como yo, las caricias de la lombriz. Tal vez así te hubiera amado, como amé a los frutos de la montaña.

De chica te enseñan que hay que amar a la madre porque te dio la vida, pero vos no pediste nacer: saliste dando alaridos, con la cara roja de rabia. ¿Cómo explicarlo? Es como cuando hay un agujerito en una tela y vos metés el dedo una y otra vez para agrandarlo, para desgarrar despacio, y vos querés parar pero no podés, no es tu voluntad, es el dedo, la atracción del agujero que te empuja. Así mismo, la vida. Porque darte, la vida no te da nada, pero una se obstina en seguir viviendo.

 

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Diana M. Horta

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