Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural Apoya a WMagazín como mecenas cultural

Miguel Bernardeu (izquierda) y Guitarricadelafuente en ‘La bola negra’, de Javier Ambrossi y Javier Calvo. / WMagazín

‘La bola negra’: belleza, amor, igualdad y libertad en la película de Los Javis inspirada en una obra de García Lorca

“Queríamos hacer una película antibelicista y antifascista que fuera grande. Los gais no somos un nicho”, han dicho Javier Ambrossi y Javier Calvo. Una historia de un amor homosexual en la Guerra Civil española en tres épocas que trasciende los hechos Con ella ganaron los premios a la Mejor Dirección en Cannes y del Público en Toronto y San Sebastián y representa a España en la carrera por el Oscar a Mejor Película Internacional

¿Y  quién me defenderá a mí de tu belleza?”, le pregunta Federico García Lorca a Rafael Rodríguez Rapún en la película La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo.

Esta pregunta es el corazón de la película en su forma, en su fondo y en su espíritu. Es la palabra de un concepto que lo contiene todo, porque todos la desean, la buscan, la sueñan, la piensan y la esperan: la belleza en sus múltiples formas.

Y aquí, a través del amor primero, que a su vez lo toca todo, porque lo ilumina y puede ensombrecerlo.

Belleza y amor para hablar de algo que las trasciende porque es lo que las sostiene y sostiene, también, a una humanidad en armonía: libertad, respeto y paz.

La bola negra no es una película sobre el poeta y dramaturgo español Federico García Lorca, fusilado por los franquistas o nacionalistas en la Guerra Civil, a los 38 años, el 18 de agosto de 1936, sino que parte de una obra suya inconclusa, sobre una relación homosexual y de la identidad, para hablar sobre temas que el poeta abordó en sus poemas y obras de teatro.

Por eso, considerar La bola negra una película de amor homosexual en la guerra es reduccionista. Porque, si bien es cierto que parte de un colectivo perseguido históricamente, esto es solo la forma y el espacio utilizados para visibilizar algo más grande: el humanismo. Y en palabras de sus directores: “Queríamos hacer una película antibelicista y antifascista que fuera grande. Los gais no somos un nicho”

Así hicieron un homenaje y una denuncia ante cuestiones elementales, que la convierten en una película que reivindica lo obvio, en un momento oportuno, al hablar de temas que muchos intentan demonizar y señalar como algo negativo:

el amor, la paz, el respeto, la igualdad, la tolerancia, la bondad, la compasión, la solidaridad, la vulnerabilidad, las artes, el agradecimiento, la amistad, la ternura, la expresión de las emociones, la belleza.

Guitarricadelafuente, como Sebastián, en ‘La bola negra’, de Javier Ambrossi y Javier Calvo (2026). /WMagazín

Y la belleza no es una sola.

Es la suma del mestizaje en continua transformación. Lo recuerda La bola negra cuya estructura encarna lo que el personaje de Penélope Cruz dice a uno de sus protagonistas, bajo el rumor de la algarabía de unos soldados en una burbuja de felicidad en medio de la muerte: “El travestismo es la fantasía de la posibilidad… Y la guerra, todo lo contrario”.

Y como esta, hay otras frases, imágenes y silencios que trascienden su literalidad y representan muchas más cosas, que abren ventanas a múltiples interpretaciones y alegorías que van del amor y el deseo a la guerra y la convivencia.

Un mosaico de géneros

La propia película es un ejercicio virtuoso de travestismo cinematográfico: pasa del costumbrismo a la tragedia de la guerra, de la guerra al drama amoroso, del amor a la persecución, de la intolerancia al musical, de la música a la comedia, de la risa al thriller, de la investigación al existencialismo, del existencialismo al surrealismo, del sueño a la cruda realidad y de la dureza del mundo a lo que siempre fortalece: el amor sentido y expresado en palabras, de las palabras a la poesía y de la poesía a lo onírico, al sueño…

Todos estos géneros y momentos entran y salen como viento entre los árboles en La bola negra. Varias películas e identidades en una sola. Como la naturalidad de la vida misma.

Como el propio amor prohibido y perseguido y otros amores, filiales, patrios, artísticos y amistosos que atraviesan esta película: tres historias que se entremezclan. La vida hecha de diversos relatos, pero que aquí recuerda que se trata de vivir y que la vida es “ahora, ahora…”.

Y el latir de ese ahora lleva a la película a un tono operístico que roza el desbordarse por instantes, como el mismo amor que escenifica. Busca atrapar el misterio del que habla Lorca e intenta traspasar la insuficiencia de las palabras y las imágenes, aliándose, también, con guiños a otras películas y directores.

Hay otras dos sensaciones que van por el torrente sanguíneo de La bola negra: desamparo y orfandad. El desamparo amoroso, el desamparo de una sociedad que no sabe, no quiere o no puede acoger determinadas formas de amar; el desamparo de quien queda solo ante la incomprensión, la persecución o el rechazo. Y la orfandad de ese amor, de esa vida que no encuentra dónde reconocerse, dónde cobijarse, dónde sentirse posible y debe travestirse para que la persona sea otra. Desamparo y orfandad que sus personajes sienten e incluso se infligen a sí mismos.

Desamparo y orfandad como la otra cara de la belleza y del amor: cuando faltan la libertad y el respeto, aquello que debería sostener la vida deja de hacerlo. Y entonces amar puede convertirse en una forma de intemperie. Como se refleja en el diálogo entre Lorca y Rafael, cuando el poeta le cuenta que está escribiendo una obra:

“Escribo una obra de gente como tú y como yo.

-¿Cómo?

De la cáscara amarga. (…) Habla de lo que perdemos cuando nos negamos.

-¿Qué nos perdemos?

La vida… Mira, cuando yo era chico, los labradores de mi pueblo compraron unos arados nuevos con púas de acero que arañaban el campo. Y yo, que era un niño curioso, seguía con la mirada el arado. Me gustaba ver el tajo que hacía en la tierra, del que brotaban raíces en vez de sangre. Pero un día el arado se detuvo. Había tropezado con un mosaico griego enterrado hace siglos, con la historia de Dafnis y Cloe. Una historia de amor.

Este país tiene demasiadas historias de amor enterradas en los campos. Hay que arañar la tierra para que salgan, para que puedan existir más”.

No es casual que esta película que busca hacer de la belleza una forma de libertad haya empezado su recorrido con reconocimientos importantes. Javier Ambrossi y Javier Calvo ganaron el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes y La bola negra obtuvo después el Premio del Público del Festival de Toronto. Además, representa a España en la carrera por el Oscar a la Mejor Película Internacional y ya está en las quinielas para otros premios, entre ellos Película, Dirección y Guion.

Tres historias de amor, dolor y esperanza

Guitarricadelafuente (derecha) y Miguel Bernardeu en ‘La bola negra’, de Javier Ambrossi y Javier Calvo (2026). /WMagazín

La bola negra narra tres historias de hombres homosexuales en épocas distintas, basadas en hechos reales, literarios e imaginados, que al final confluyen.

La primera historia se sitúa en 1937: relata la vida de Sebastián (Gitarricadelafuente), un joven soldado nacionalista del bando del general Francisco Franco, que ganaría la guerra en 1939 y se convertiría en dictador hasta su muerte, en 1975, y de Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeu), oficial republicano capturado y herido, a quien Sebastián debe vigilar. Se inspira en la pieza teatral La piedra oscura, del dramaturgo español Alberto Conejero, que, a su vez, se inspira en la obra inacabada de García Lorca del mismo título. La película parte, así, de dos obras que se encuentran a través del tiempo.

Milo Quifes, como Carlos, en ‘La bola negra’ (2026). /WMagazín

La segunda historia transcurre en 1932: recrea la obra de teatro inconclusa que dejó García Lorca, La bola negra, titulada después La piedra oscura, de la cual se conservan solo cuatro páginas, y que cuenta la vida de un joven (Milo Quifes) que pide entrar como socio en el casino de Granada y es rechazado por homosexual. La película imagina más allá de lo escrito por el poeta.

La tercera historia sucede en 2017: cuenta la vida de un historiador (Carlos González) y su relación conflictiva con su madre (Lola Dueñas) y el modo en que esta historia acabará enlazando las dos primeras y revelando el pasado de ellos dos.

Lola Dueñas (derecha) y Carlos González en ‘La bola negra’, de Javier Ambrossi y Javier Calvo (2026). /WMagazín

Con estas tres historias que se van trenzando, la película se convierte ella misma en la naturaleza del amor que relata: temblorosa ante el hallazgo de lo desconocido, intentando mantener la calma, mientras por dentro bulle todo, se desborda el sentimiento hasta el dolor, el llanto, la incertidumbre. Y se pregunta, en silencio todo el tiempo, cómo es posible que lo más deseado, buscado, soñado, pensado y esperado por cada persona sea prohibido, perseguido, castigado o desdeñado. Y qué queda cuando ese amor no encuentra refugio: el desamparo, la intemperie, la sensación de orfandad ante los otros y ante la propia vida.

Recostado en el borde de la cama del militar herido al que cuida, el soldado lee, en voz baja y entrecortada, un papel escondido que este guarda en secreto, un poema de Lorca de Sonetos del amor oscuro:

EL AMOR DUERME EN EL PECHO DEL POETA

Tú nunca entenderás lo que te quiero
porque duermes en mí y estás dormido.
Yo te oculto llorando, perseguido
por una voz de penetrante acero.

Norma que agita igual carne y lucero
traspasa ya mi pecho dolorido
y las turbias palabras han mordido
las alas de tu espíritu severo.

Grupo de gente salta en los jardines
esperando tu cuerpo y mi agonía
en caballos de luz y verdes crines.

Pero sigue durmiendo, vida mía.
¡Oye mi sangre rota en los violines!
¡Mira que nos acechan todavía!

El soldado termina de leer, mira al enemigo, y apenas atina a decir en voz baja:

No entiendo nada…

 

Genealogía de la belleza

Fotograma de ‘La bola negra’ (2026). /WMagazín

Una misma pregunta sobre la belleza, el deseo y el amor atraviesa cinco siglos.

En aquel poema de Lorca palpita gran parte del ejercicio de transformación y aportación del alma que los directores y guionistas insuflaron a La bola negra. Lo verbaliza García Lorca en aquella última frase dirigida al amor de su vida, y el rastro de esa frase abre el siguiente viaje literario:

Gli occhi mie vaghi delle cose belle (Mis ojos vagan hacia las cosas bellas), escribió Miguel Ángel Buonarroti, hace cinco siglos. El verso se tradujo también al español como: Mis ojos, que codician cosas bellas.

Chi mi difenderà dal tuo bel volto? (¿Quién me defenderá de tu bello rostro?), escribió Miguel Ángel. Stendhal se inspiró en ese verso, hacia 1831 y 1836, para escribir un cuento inacabado sobre el romance del maestro italiano con el joven romano Tommaso Cavalieri. En Francia lo tituló Qui me défendra de ton beau visage? (¿Quién me defenderá de tu bello rostro?). En español, en 1995, se tradujo como ¿Quién me defenderá de tu belleza?.

“Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua, y el acento / que de noche me pone en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento”, escribió García Lorca en Soneto de la dulce queja, del libro Sonetos del amor oscuro, escrito entre 1935 y 1936.

“¿Y quién me defenderá de tu belleza?”, le pregunta con sonrisa triste Federico García Lorca a Rafael Rodríguez Rapún en La bola negra, en 2026, noventa años después del asesinato del poeta y 89 años después de la muerte de Rodríguez Rapún en el campo de batalla.

Las ideas viajan a través del tiempo y se hacen palabras diversas que metamorfosean, pero el sentimiento es el mismo.

La película va trenzando las tres historias con gran pulso narrativo y sensibilidad hasta hacerlas una sola e intemporal, con un falso final doble, muy humano y conmovedor, para luego elevarse hasta la frontera donde se juntan esa realidad y el sueño.

Por un momento reviven las frases que el protagonista de la obra original La bola negra, de Lorca, le dice a otro joven como él cuando este le pregunta:

“Vente conmigo, donde no puedan ahogarte, a una libertad más grande. ¿No me dices na?

“Se me han olvidao todas las palabras”.

Penélope Cruz en ‘La bola negra’ (2026). /WMagazín

La bola negra intenta poner palabras a ese pasado y a este presente y futuro. Es una película de denuncia y reivindicativa del amor, la libertad, el respeto, la igualdad y la paz. Pero, sobre todo, es una oda a la vida, un recuerdo de la fragilidad del ser humano, una invitación a no tener miedo a la belleza. Porque su búsqueda es instintiva y necesita libertad para poder existir y para realizarse en las personas.

En la película resuenan de manera oportuna e inquietante, porque siguen siendo reales, los últimos versos que García Lorca habría regalado a su amado:

Pero sigue durmiendo, vida mía.
¡Oye mi sangre rota en los violines!
¡Mira que nos acechan todavía!

Fotograma de ‘La bola negra’ (2026). /WMagazín

***

Suscríbete gratis a la Newsletter de WMagazín en este enlace.

Te invitamos a ser mecenas de WMagazín y apoyar el periodismo cultural de calidad e independiente, es muy fácil, en este enlace.

Si quieres conocer WMagazín y sus secciones especiales PULSA AQUÍ. 

Visited 386 times, 1 visit(s) today
Winston Manrique Sabogal

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter · Suscríbete a nuestra newsletter ·