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Adam Zagajewski, 21 d ejunio de 1945, 21 de marzo de 2021. / Fotografía de la portada del libro ‘Luces y sombras de Adam Zagajewski’, Anna Czabanowska-Wróbel.

Muere Adam Zagajewski, gran poeta europeo testigo de las grietas del siglo XX

El escritor polaco que murió a los 75 años huyó con su familia de la sombra del imperialismo ruso y sus libros fueron prohibidos. Obtuvo el Premio Princesa de Asturias de las Letras por "el sentido ético de la literatura"

Demasiado sobre la muerte,
sobre las sombras.
Escribe sobre la vida,
sobre un día normal,
sobre el deseo de orden.

Estos primeros versos de Adam Zagajewski en su poema Carta de un lector del libro Tierra del fuego se convierten en un legado a seguir tras su muerte a los 75 años. Así, el poeta polaco que nació en el verano de la paz del 21 de junio de 1945 ha muerto el Día Mundial de la Poesía, el 21 de marzo de 2021.

Adam Zagajewski era uno de los poetas europeos más relevantes y de sensibilidad exquisita que vivió y fue testigo de tragedias del siglo XX. «No podemos olvidarnos del mal, de la injusticia que continuamente cambia de forma», dijo en una entrevista a WMagazín publicada hace un año, en marzo de 2020.

Un poeta, ensayista y narrador en tierras fronterizas de la realidasd y la imaginación. Entre el exilio y el nomadismo. Impuesto y voluntario. De esos predios que son todo y nada, a la vez, procede el universo creativo de quien fuera eterno candidado al Nobel de Literatura. La Historia, la palabra, la música, la poesía, el amor y la belleza son conceptos clave en su vida personal y literaria.

En 2017 obtuvo el Premio Princesa de Asturias de las Letras porque, según el jurado, «confirma el sentido ético de la literatura y hace que la tradición occidental se sienta una y diversa en su acento nativo polaco, a la vez que refleja los quebrantos del exilio. El cuidado por la imagen lírica, la vivencia íntima del tiempo y el convencimiento de que tras una obra artística alienta el fulgor, inspiran una de las experiencias poéticas más emocionantes de la Europa heredera de Rilke, Miłosz y Antonio Machado». (Puedes leer su discurso al recibir el premio en este enlace de WMagazín)

Adam Zagajeswki es autor de poemarios como Ir a Lvov, Lienzo, Tierra del fuego, Retorno y Mano invisible y de los ensayos Dos ciudades, En defensa del fervor, Solidaridad y soledad y Releer a Rilke, todos en editorial Acantilado.  Otra obra suya en español es En la belleza ajena, en editorial Pre-Textos, un libro de memorias y diario. Como traductor ha vertido al polaco obras de Raymond Aron y Mircea Eliade.

Zagajewski nació en Lvov, actual Ucrania, pero entonces territorio polaco. Nació el 21 de junio de 1945 durante el verano de la paz, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial. De Lvov, su familia huyó cuando él tenía cuatro meses escapando del comunismo en vista de que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, se anexaba su ciudad con la complicidad de “tres caballeros de edad provecta que se habían dado cita en Yalta”, dijo en una entrevista de 2014.

La familia Zagajewski, de antepasados amantes de la cultura y profesores de primaria y secundaria de la región de Lvov, tuvo que huir ante la invasión rusa. Llegaron hasta Gliwice, que aunque estaba en Polonia, y quedaría bajo la influencia de la URSS casi medio siglo, la vida allí les parecía menos asfixiante. En Gliwice creció.

La infancia resonaba en sus recuerdos como lo expresa en la continuación del poema Carta de un lector:

La campana de la escuela
puede ser un modelo
de templanza,
hasta de erudición.

Con los años, Zagajewski se haría novelista, poeta y ensayista. En Cracovia estudió Psicología y Filosofía. En 1967 participó en la revista Vida Literaria y fue miembro del Grupo poético Ahora. Debió soportar la prohibición de sus libros. Hasta que en 1982 se exilió en París empujado por el régimen comunista. Después viajó a Estados Unidos donde empezó a dar clases en varias universidades. En 2002 se instaló en Cracovia con su familia. Es uno de los poetas más destacados de la llamada Generación del 68 o de la Nueva Ola.

Sobre la poesía y sus años bajo el régimen polaco dijo en su discurso del Premio Princesa de Asturias de las Letras:

«Cuando tenía poco más de veinte años me fascinaba la poesía crítica ante el sistema totalitario que regía en mi país. En aquel entonces, una época de tormenta e ímpetu, surgieron amistades y alianzas que perduran hasta hoy. Pero casi todos los poetas a los que en aquella época unió la oposición ante la injusticia siguieron un camino diferente, también descubrieron otros continentes artísticos.

Descubrimos la dualidad del mundo, por una parte, la imaginación; por otra, la obstinada realidad de una mañana de noviembre cuando ya han caído las hojas de los árboles. Durante mucho tiempo, no sabía qué era más importante, lo que existe o lo que no existe, la gente que va al trabajo temprano por la mañana, los hombres soñolientos que leen los grandes titulares de los periódicos deportivos y siguen las derrotas y las victorias de sus clubes preferidos de fútbol y las mujeres que dormitan en el autobús; o antes bien las cosas escondidas, la música y la luna, las ciudades que ya no existen, los cuadros de los grandes maestros, actuales y antiguos, en los museos. Y necesité muchos años para entender que hay que tener en consideración ambas caras de este dualismo desigual, puesto que vivimos en una ambivalencia eterna, no podemos olvidarnos del sufrimiento de la gente y de los animales, del mal, que es mucho más tenaz y astuto que los sueños que perseguimos.

No podemos olvidarnos del mal, de la injusticia que continuamente cambia de forma, de las cosas que perecen, pero tampoco de la felicidad, de las experiencias extáticas que los gruesos manuales de teoría política o de sociología no han llegado a prever».

Lo recalca a su manera en los siguientes versos de Carta de un lector:

Demasiada muerte,
un exceso
de negro deslumbramiento.

Mira,
naciones amontonadas
en estadios apretujados
cantan himnos de odio.

En su autobiografía Una leve exageración quedan claros cinco temas sobre los que gira su vida: la palabra, la música, la poesía, el amor y la belleza. En una entrevista con WMagazín en 2019 Zagajewski recordó cómo empezó todo en él:

“…No sé… Creo que todo se originó simultáneamente… Es una pregunta muy interesante, nadie me la había planteado hasta ahora… Lo primero fue el sentimiento de ser testigo de lo extraordinario que es el mundo. Recuerdo durante mi periodo quinceañero momentos se sensaciones de perplejidad y de estar embelesado ante el mundo por el simple hecho de que existiera todo esto, de la existencia misma.

Desde muy joven, también, empecé a leer novelas juveniles. Recuerdo sentirme maravillado porque existieran libros, artefactos que uno leía y le contaban historias.

A tu pregunta, primero fue la palabra en sentido pasivo, estaba bajo el embrujo de las palabras. Después llegó la música. Pertenecía a una familia que no era muy aficionada a la música y la ciudad donde vivía no tenía muchas actividades culturales. De alguna forma estaba predestinado para vivir sin música. Empecé con el jazz, asistiendo a conciertos. Me sentía feliz y orgulloso. Aprendí las costumbres de los conciertos como que después de una improvisación la gente aplaudía. Esos fueron mis inicios con la música. Después llegó la educación en el colegio. Yo no solía aceptar fácilmente lo que me decían los maestros, pero las lecturas de poesía romántica calaron en mí poco a poco.

Pronto empecé a comprar por mi cuenta los primeros libros y a elegir a mis propios autores. Uno de ellos fue T. S. Eliot. Fueron inicios tímidos. Cuando contaba con 17 años nuestro colegio recibió la visita de Zbigniew Herbert. Fue la primera vez que vi a un poeta y despertó mi curiosidad.

La música es para mí la primera experiencia de éxtasis. Ese sentimiento de que está ocurriendo algo extraordinario, maravilloso. Hasta hoy la música tiene ese poder en mí”.

Tanto que lo expresa así en los siguientes versos de Carta de un lector:

Demasiada música,
Falta armonía, tranquilidad,
cordura.

El poeta Adam Zagajewski en Madrid en otoño de 2019. /WMagazín

Otro sentimiento que late en toda su obra es el amor, toda clase de amor. En el libro hay una frase suya que al escucharla en la entrevista la vuelve a repetir en voz baja:

«La música nos recuerda qué es el amor. Si alguien lo olvida, que escuche música.

Hay un paralelismo entre amor y música. Consiste en una especie de aceleración de la vida, como si de repente cuando nos enamoramos empezáramos a correr y a movernos a otro ritmo”.

Zagajewski estaba interesado en la belleza. En su visita al Museo del Prado, de Madrid frente a las pinturas negras de Goya, en otoño de 2019, dijo en la entrevista a WMagazín:

«La palabra belleza es un término insuficiente. No existe una palabra para referirnos a algo que es bello en su escenificación pero que representa la crueldad, la oscuridad, una categoría del mal porque con él también se expresa lo bello, cruel y oscuro. En Goya, por ejemplo, tenemos esas pinturas saturadas de luz y colores en armonía, y , por otro lado, tenemos las pinturas negras que no son bellas, no representan algo bello en el sentido estricto del término, sino que lo bello es el resultado y la manera técnica como lo expresa. Son imágenes muy pesimistas, terribles. Realmente no tenemos una palabra para referirnos a ello. Cuando solemos decir que algo es bello es una palabra que transmite un sentimiento y una sensación positiva. Sin embargo, no tenemos un término para referirnos a esta categoría sobre algo negro, cruel, fatal… Otro término para referirnos a eso que nos despierta ese tipo de sentimiento estético por su negrura, crueldad y horror.

Hace poco escribí un ensayo en el que digo que todos quienes nos planteamos esas cuestiones estaríamos de acuerdo en que vivimos en una especie de tensión permanente en el mundo entre la belleza y el mal, una especie de lucha. Pero no tenemos un término para referirnos a estos dos sentimientos”.

Y Zagajewski vivió todo esto como testigo de la historia de Europa desde que era un bebé. A pesar de todo ese territorio sombrío su optimismo era claro, como intenta contagiarlo en los versos finales de Carta de un lector:

Escribe sobre los momentos
cuando los puentes de la amistad
parecen ser más duraderos
que la desesperación.

Escribe sobre el amor,
sobre los largos atardeceres,
sobre el amanecer,
los árboles,
sobre la infinita paciencia
de la luz.

Ese es su legado. Para todos.

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