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El escritor portugués Rui Couceiro (Oporto, 1984), en la editorial Siruela, de Madrid (España)./WMagazín

Rui Couceiro: “Es una pena que a los profesores, con una profesión tan hermosa, los hayan despojado de respeto los gobiernos y la sociedad”

El escritor portugués debuta con la novela 'Baiõa sin fecha de muerte', una obra muy relevante sobre la manifestación del Tiempo en las cosas, en la memoria, en las emociones y en las acciones humanas. Desde el neorrealismo mágico porque "quizás es una necesidad de fabular ante la realidad que es tan mala, tan dura"

A los siete años escribió su primer cuento: Attila y los tres mosqueteros en París de la Conchinchina. A los doce o trece llegó el deslumbramiento de la lectura de libros con Las uvas de la ira, de John Steinbeck. A los quince empezó a trabajar en medios de comunicación. A los 22 entró en una editorial. A los treinta y ocho publicó su primera novela, uno de los debuts más destacados en Portugal: Baiõa sin fecha de muerte (Siruela con traducción de Antonio Jiménez Morato). Una obra sobre el Tiempo, o mejor, el rastro y las manifestaciones del Tiempo en todo lo que conocemos, visible e invisible, desde nuestro cuerpo hasta los edificios o las emociones o la memoria.

Él mismo, Rui Couceiro, es un hombre de 41 años (Oporto, 1984) que hubiera querido vivir años atrás y su interés siempre ha sido, desde niño, conversar y escuchar a las personas más mayores que él.

Todo esto resuena en Baiõa sin fecha de muerte en una trama con temas de actualidad con un profesor como narrador que despliega asuntos que van del abandono de los pueblos a la precariedad laboral, el maltrato a la mujer, la situación de los ancianos o el irrespeto a los profesores.

La novela relata la historia de un hombre mayor que decide empezar a restaurar las casas abandonadas de un pueblo y la presencia de un joven profesor testigo de lo que sucede, dos mundos que confluyen unidos por la idea de detener la desaparición, el olvido.

El Tiempo, el Tiempo, el Tiempo y sus huellas que Couceiro describe en un estilo fronterizo entre la realidad y la fantasía como dimensión indicada para contar en una fabulación de neorrealismo mágico una realidad para la cual no alcanzan las palabras y las situaciones del mundo real. “Soy un pesimista que analiza, pero soy optimista en la acción”, reconoce Rui Couceiro en la gran mesa de la biblioteca de editorial Siruela, en Madrid.

El escritor Rui Couceiro (Oporto, Portugal, 1984), en editorial Siruela, Madrid. /WMagazín

Todo empezó…

“Mis padres eran lectores. Había muchísimos libros en mi casa. Mi madre era profesora de geografía, mi padre de historia. He sido un privilegiado. Éramos mi hermana mayor y yo. Cuando me iba a dormir mis padres me leían. Hace dos o tres años, mi madre encontró en una gaveta un librito muy pequeño que yo escribí cuando tenía siete años. Se llamaba Attila y los tres mosqueteros en París de la Conchichina. Lo había escrito y dibujado las ilustraciones, hecho la portada, todo.

La historia empieza muy bien, pero, a medida que avanzaba, las páginas tenían menos texto porque yo quería terminar ese libro para empezar otro; y para ir a jugar. Era un chico muy activo.

De niño quería ser futbolista, explorador, alpinista, cantante, periodista, que lo he sido, todas esas cosas las he dejado de querer, pero solo una cosa he querido ser siempre: escritor.

Para mi familia y mis amigos no fue una sorpresa que publicara un libro. Al contrario, me dijeron que había tardado mucho.

Yo leía en mi casa que quedaba al lado de una biblioteca pública. Entonces, cuando estaba lloviendo y no podía jugar fútbol en la calle me iba para la biblioteca”.

 

El deslumbramiento

“Viví hasta los 18 años en Espinho, una pequeña ciudad pesquera, cerca de Porto, porque mis padres enseñaban en las escuelas de allí. Y he jugado voléibol hasta muy tarde.

El primer autor que me ha emocionado y donde encontré gran literatura fue John Steinbeck. Tenía unos doce o trece años cuando leí Las uvas de la ira. Después leí Doctor Zhivago, de Boris Pasternak.

Ese salto lo di porque la profesora de Historia me dijo: ‘No, no, no, no. No puedes seguir leyendo esos libritos para chicos. Empieza a leer de verdad”. Y me dio esos dos librazos. John Steinbeck sigue siendo un autor que me gusta mucho. Y tras Pasternak empecé a leer a otros autores rusos.

 

Autores que lo acompañan

“De los portugueses el primero fue Memorial del Convento, de José Saramago, y luego otros suyos porque pienso que es un autor genial, asombroso.

Otros autores son Bulgakov con El maestro y Margarita; Tolstoi me gusta mucho; Dostoievski, Chejov, los clásicos rusos.

Cuando me acerqué a ellos tenía como dieciséis años. En ese periodo, influenciado por Steinbeck, empecé a leer a los neorrealistas portugueses que, para mí, son muy importantes. Y esta novela es una forma decir muchas gracias a los neorrealistas. Todas esas novelas portuguesas suceden en el Alentejo, y yo conocí primero esa región en la literatura y luego en la realidad.

También me gustan los españoles y me encantan los latinoamericanos. Juan Rulfo, pero no solo Pedro Páramo, porque sus cuentos son perfectos. También Carlos Fuentes, Bioy Casares, Tomás Eloy Martínez, Vargas Llosa que, pienso, que es el novelista más perfecto de nuestro tiempo. Me gustaría muchísimo ser capaz de escribir un libro como los de Vargas Llosa. Y pienso que García Márquez tiene un talento más puro. La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, es una obra maestra.

La historia de Baiõa sin fecha de muerte

“Hice una versión cuando tenía entre 28 y 31 años, la primera novela que conseguí terminar. Pero cuando la leí descubrí que era muy mala. Estaba muy lejos de todo lo que me gustaba leer. Y me dije: ‘No soy capaz, no consigo ser un escritor’. Y me dediqué a hacer la tesis doctoral sobre políticas públicas para la cultura y festivales literarios. Era muy fácil. No dependía del talento, sino de la información y la reflexión.

Cuando estaba terminando la tesis, Elena, mi mujer, me dijo: ‘Rui, pienso que te estás engañando a ti mismo. Lo que tú, realmente, quieres es hacer una novela’. Entonces le pregunté que qué debía hacer y me contestó. ‘Coge el teléfono y llama a tu directora de tesis y le dices que no quieres continuar’. Al día siguiente lo hice, le di las gracias y me despedí. Me contestó que si estaba loco o enfermo o qué me pasaba. Le dije que iba a escribir una novela.

Dos o tres años después, con 33, empecé la segunda versión desde cero. Me llevó como seis años escribirla de nuevo. Solo podía escribir los sábados y los domingos. El resto de la semana trabajaba en la editorial Bertrand.

 

Ecos de recuerdos olvidados

“Hay algo que me interesa mucho que es la criptomnesia, es decir, las memorias encriptadas. Las cosas que vemos o hacemos y se quedan en nosotros sin que seamos conscientes de ellas y que cuando aparecen creemos que son propias. Recuerdos que no son accesibles en todo momento. Pero, creo, que cuando estás escribiendo, en un momento de mucha concentración, esas cosas conectan y comparecen, aparecen en el texto. Es muy bueno porque es espontáneo. Cuando yo era joven lo que me ocurría era que tenía muchas ideas y cosas y no sabía qué hacer con esa imaginación, con esas ideas”.

 

Ecos del niño y adolescente fantasioso y realismo mágico

“Cuando era adolescente mis amigos me llamaban Rui Spielberg, porque siempre estaba inventando y diciendo mentiras. Después empiezas a llegar a la mayoría de edad y a entender. En la vida real no se puede mentir. Yo no tenía un lugar donde poner mis mentiras. Y el realismo mágico me ha mostrado que había un lugar para esa imaginación y que ese lugar era la literatura, eran las historias y qué podía hacer lo que quisiera. Porque la novela es un paso de libertad total. Puedes hacerlo todo. Al contrario de la realidad.

Necesitamos contarnos historias y nos gusta que otros nos cuenten las historias. Por eso nos gusta la literatura o el cine y hay otras personas que necesitan escribirlas. Necesitan tirar de dentro de sí mismos. Vargas Llosa les llama los demonios de los escritores. García Márquez hizo Cien años de soledad con todos sus fantasmas, obsesiones, angustias. Yo de manera no consciente he hecho lo mismo con esta novela. Mis demonios están ahí”.

Rui Couceeiro, autor de la novela ‘Baioa sin fecha de muerte’ (Siruela), en 2025. /WMagazín

Realismo mágico para contar la verdad

“No sé por qué en los últimos años hay esa coincidencia del realismo o neorrealismo mágico en diferentes idiomas. En Portugal nadie lo hace. Quizás es una necesidad de fabular ante la realidad que es tan mala, tan dura. Yo estaba un poco cansado de las novelas superrealistas y totalmente realistas que buscan una imitación de la realidad pura. Eso es muy aburrido. No me gusta.

Lo que he intentado hacer es lo que me gusta en cuanto lector y no lo que me gusta en cuanto editor. Quería hacer lo que yo quería hacer. Hay una cita de Eduardo Galeano sobre que la ficción o la mentira es la mejor manera de contar la verdad. El papel del ficcionador no es darte las respuestas, no es moralizar. Es ayudarte a hacer las preguntas. Contar la realidad y generar preguntas, despertar preguntas. Y cada lector hace las suyas.

 

Bajo el paraguas del Tiempo

“En cuanto individuo, en cuanto persona, vivo obsesionado con el paso del Tiempo. Yo no tengo el don de la fe, no creo en otra vida, en una segunda oportunidad. Pero, además, soy muy contradictorio porque siempre estoy pensando en la muerte. La mía y la de los míos, mis padres, mis amigos. Me gustaría creer. Pienso que nos da más confort. Pero no lo consigo. Estoy obsesionado con eso.

Ese demonio que yo tengo dentro de mi cabeza necesitaba que fuera a una novela, no para ayudarme, porque escribir literatura para mí no es terapia, ni para conjurar, sino para tratar de entenderlo un poco mejor, es una investigación.

Pienso que sí, que el paso del Tiempo es el tema de mi novela. Pensaba que había escrito un libro sobre la muerte, pero es un libro sobre el Tiempo. Cómo su huella se hace presente de mil cosas y formas y a través de las acciones humanas”.

 

Olvido y memoria

El olvido para mí es una cuestión muy dolorosa. Es muy injusto lo que hacen las personas de salir de sus pueblos que no les brindan un futuro mejor y marchan a la ciudad. Olvidan a los suyos, los lugares, las personas, los ancianos y los visitan por la Navidad. Y los viejos me dicen: ‘A mi hijo no lo veo hace tres o cuatro años’. Para mí eso es muy doloroso porque cuando yo era niño me gustaba más hablar con los mayores. Mis amigos eran para jugar. Son los que te enseñan cosas y te hablan de asuntos que te gustan, son quienes te inquietan.

Por eso necesitaba escribir sobre esas personas. Ahora sé que no consigo escribir sobre otro tipo de personas. Porque mi segunda novela es lo mismo, Morro da Pena Ventosa. Tengo un libro de cuentos que ya está hecho donde, también, los personajes son viejos”.

 

El trabajo más bello es el peor del mundo

“Elegí como narrador a un profesor. Es una pena que a los profesores, con una profesión tan hermosa, los hayan despojado de respeto los gobiernos y la sociedad. Pero nosotros tenemos memoria y yo me acuerdo muy bien de profesores muy buenos que han jugado un papel importante en mi vida. Mira, esa profesora que me dio a leer cuando tenía doce o trece años.

 

La transición a lo digital

Tengo miedo de que pueda ser el principio del fin de la literatura como la conocemos. Pienso que va a ocurrir. He leído que en Japón una escritora ganó un premio y dijo que lo había hecho con inteligencia artificial. Ya no podemos volver atrás. Nuestra alimentación ya no son los libros. Todo va a ser diferente.

Soy más apocalíptico que integrado. Pero también estoy abierto a otras dimensiones. Ya no se enseñan cosas como antes que parecen poco importantes pero que, en realidad lo son en la formación de cualquier persona. Es un poco aterrador. No sé para dónde vamos, sé que vamos a crear cosas muy buenas, que van a ser nuevas maneras de contarte historias y de hacer. Eso es bueno. Y de vivir. Pero el libro y la literatura van a ser, cada vez más, algo minoritario”.

 

Rui Couceiro tiene ahora dos misiones: su próximo libro que será de no ficción, sobre personas que tienen una relación singular o excéntrica con los libros. En esa búsqueda está recorriendo medio mundo, de Colombia a Marruecos, de Brasil a Italia. La segunda misión es la organización de un festival literario en Portugal, en 2026, que tomará calles y librerías con escritores de todo el mundo.

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Winston Manrique Sabogal

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