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La escritora argentina Samanta Schweblin, autora del libro de cuentos ‘El buen mal’. /WMagazín

Samanta Schweblin: así funciona su mundo literario donde la normalidad es una ficción dominada por fuerzas invisibles y reconocibles

La escritora argentina ha vuelto a conquistar a lectores y críticos con su cuarto libro de cuentos: 'El buen mal'. Creamos una antología de sus frases en varias entrevistas donde da las claves de su universo inquietante

El destino de Samanta Schweblin (47 años / Buenos Aires, Argentina, 1978) parecía marcado para que fuera pintora, grabadora, dibujante o cualquier otra expresión plástica, dado que se formó en el taller de grabado de su abuelo Alfredo de Vicenzo, en Buenos Aires, donde veía a toda clase de artistas. Y es a lo que ella se dedicaría, en especial a crear instalaciones artísticas, si no le apasionara la literatura que la ha convertido en una de las escritoras en español más relevantes y reconocidas a nivel internacional.

Samanta Schweblin tiene dos novelas: Distancia de rescate (2014) y Kentukis (2018) y cuatro volúmenes de cuentos, de donde procede, sobre todo, su prestigio: El núcleo del disturbio (2001), Pájaros en la boca (2009), Siete casas vacías (en 2015 ganó el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero y en 2022 el National Book Award y llevada al cine por Claudia Llosa) y El buen mal (Seix Barral, en España, y Random House en América Latina), los relatos de 2025 que prometen volver a ponerla en las listas de los próximos premios internacionales. Su obra se ha traducido a unos cuarenta idiomas y sus cuentos se han publicado en medios como The New Yorker, The Paris Review, The New York Times o Granta.

Inquietantes, perturbadores o incómodos son algunos de los adjetivos con los que suelen describir a la escritora argentina. Un mundo propio que enriquece en cada libro y que empezó aquel 2001, con la exploración, como ha dicho Schweblin, “del pacto de la normalidad para poder convivir” que la llevó a descubrir que “todo parece un malentendido y la normalidad es una falacia absoluta”.

Sus historias crean situaciones cotidianas en las que cobran vida los temores y tragedias que las personas llevan agazapadas de manera consciente o no, hasta desatar escenas que parecen cumplir el libro de un destino donde se funden la normalidad cotidiana y la irrealidad. “Son los miedos que encorsetan o autosecuestran la libertad… Donde la gente no se atreve a reconocerse o vivir como realmente le gustaría. Por eso los lectores perdonan o sienten simpatía por mis personajes”, explicó Schweblin en 2015, tras la primera edición de Siete casas vacías, en una entrevista a Winston Manrique Sabogal en el diario español El País.

Un ADN que ve fortalecido en El buen mal donde, según la reseña de WMagazín, Schweblin “da un paso más en su forma extraordinaria de asomarse al futuro inquietante que se avecina en la cotidianidad. Una narración que adentra al lector en una dimensión ambigua donde sus personajes habitan mundos normales a la vista de todos, pero en cuyas sombras confabulan elementos extraños, como los miedos agazapados, para alterar sus vidas y dejar un rastro de incertidumbre, asombro, dolor, desazón o preguntas”.

Sobre su libro Siete casas vacías dos grandes medios estadounidenses dijeron:

“No hay mejor muestra de la capacidad de Samanta Schweblin para alterar la estabilidad emocional de los lectores que en el cuento La respiración cavernaria, de esta colección”, afirmó The Washington Post. En Siete casas vacías, se ve a Samanta “Schweblin en su forma más aguda y feroz”, según The New York Times (2022).

Desciframos parte del universo literario de Samanta Schweblin a través de sus propias palabras en dos entrevistas a WMagazín, una rueda de prensa en Madrid (España) en la presentación de El buen mal y en entrevistas a algunos medios por este mismo libro:

La escritora argentina Samanta Schweblin, en Casa de América, de Madrid (España), en 2023.

 

¿Se elige ser cuentista?

“No sé si alguna vez tomé esa decisión… Vos sabés que me formé en talleres literarios. En Argentina hay muchísimos talleres literarios, casi todos nos formamos así y ahí se leía mucho cuento. No sé si sea eso, pero un día llegó un cuento. (…) De hecho, la novela Distancia rescate la escribí en el año en que me mudé a Berlín y, por primera vez, en mi vida tuve un año entero, sin interrupción, que me podía dedicar completamente a la escritura de algo. Luego se dio el cambio de género. Es interesante pensar cómo no sé hasta qué punto uno elige el género. Depende de las condiciones”, en WMagazín (2018).

 

Niños y adultos

“Cuando somos muy niños no entendemos las consecuencias, los límites o las razones de algunas cosas, y las tomamos como lo que son. A veces, porque no las terminamos de entender y otras porque las entendemos mejor que un adulto. Ese doble juego me gusta porque relativiza un montón de ideas que los adultos creamos acerca de lo que pensamos que es lo normal”, en rueda de prensa en Madrid.

 

El lenguaje: fuerza benévola o malévola

“Cada vez que el lenguaje se pone en marcha, cualquiera que se haya elegido, acarrea con sus propios límites y posibilidades. El lenguaje es esa fuerza benévola y malévola. Benévola porque nos permite comunicarnos y malévola por todo el ruido que carga el lenguaje.

Por eso para mí es tan cómoda la literatura y tan incómoda esta situación de entrevista. Tiene que ver con el control que uno tiene primero con la conciencia del daño que podés hacer cuando no comunicás exactamente lo que querés o cuando comunicás lo que querés y no deberías. Lo segundo es la inestabilidad en que sucede el lenguaje. En el espacio de la literatura yo detengo el mundo y si me toma tres meses entender una oración de siete palabras me toma tres meses. La oralidad, en cambio, no permite esa suspensión del tiempo. En la oralidad el lenguaje te da coletazos por todas partes, todo el tiempo te está mordiendo la cola. Y piensas: no es exactamente esto lo que quise decir, no lo dije o quería decir esto otro. Es el espacio de la duda, del malentendido”, en WMagazín en 2018.

Samanta Schweblin (derecha) y su traductora al inglés Megan McDowell, durante al ceremonia de entrega del National Book Award por ‘Siete casas vacías’ (16 de noviembre de 2022). /Captura del vídeo de YouTube – WMagazín

La normalidad es una ficción

“Siempre me sentí un bicho raro y traté de entender qué les pasaba a otros obsesionados con pertenecer a la mayor de las ficciones que tenemos, que es la idea de la normalidad”, en rueda de prensa en Madrid (2025).

 

Las disonancias entre la verdad y el mundo

Estamos comandados por fuerzas invisibles que, a veces, olvidamos. Miedos, traiciones, mandatos familiares. Creemos que nuestras verdades son el mundo, no entendemos que una cosa es el mundo y otra nuestras verdades”, en rueda de prensa en Madrid.

 

La fascinación del cuento

Me considero sobre todo una cuentista que cada tanto falla y no le queda sino escribir doscientas páginas más para decir lo que debería haber escrito en diez. Hay algo en la intensidad del cuento que me fascina como lectora. Por eso voy a ese lugar como escritora. Es alucinante que en solo veinte minutos un cuento pueda cambiar mi manera de pensar el mundo, de entenderme a mí misma o incluso pueda incidir en mis decisiones”, en Letras libres.

 

¿Tengo el control sobre lo que escribo?

“Siempre me pregunto si, realmente, tengo tanto control sobre lo que hago. No lo creo… Para mí es determinante lo que pasa entre el lector y yo. Más allá del argumento, de los personajes, de lo que quiero contar. Mi prioridad absoluta es el lector. Puede parecer servicial, pues supondría plegarme a sus expectativas, pero no es así. La literatura es un baile con el lector. Y no es una declaración romántica en absoluto. (…) Si el baile está bien hecho, y si el texto lo amerita, porque hay textos que funcionan de otra manera, la lectura se vuelve tridimensional y pasa algo todavía más maravilloso y es que la información que el lector pone es información vital suya, no es información mía, le pertenece absolutamente a él”, en Letras Libres.

 

El misterio de la idea

Cuando tenés una idea la querés cuidar tanto y a calcular todo y empiezas a agarrarte a esa idea. Te parece súper tuya, te parece súper buena. No entendés que esa misma idea si la escribís el jueves y hacés un cuento completamente diferente y si la escribís en ese mismo momento que estás calculando, también, va a ser uno diferente; y ninguno va a ser mejor que el otro. Es súper inquietante eso. Porque uno, de verdad, cree en ese texto que a uno se le ocurrió, y ningún otro. Yo creo que todo te está tocando todo el tiempo. Que lo que atrapas al final es la mejor instancia que podés de algo que quisiste agarrar y nunca fue lo que, realmente, querías. Y uno todo el tiempo intenta agarrarlo para que no se te escape, cuando el movimiento debería ser absolutamente hacia afuera: qué hay para poner acá”, en el Museo de Artes de Buenos Aires (Malba), en 2025.

El lector completa el libro

“La literatura sucede de a dos. Hay alguien que escribe y hay alguien que lee. Si no están los dos moviéndose juntos es un libro cerrado, un objeto, no hay un evento literario”, en Festival Ja! (España, 2025).

 

Las fuerzas invisibles que mueven la vida

“Me interesa explorar las fuerzas invisibles que comandan nuestras vidas, nuestros miedos, las historias que nos contamos acerca de nosotros mismos, los mandatos en los que vivimos, las culturas en las que nos criamos y las ideas que tenemos sobre el mundo. (…) Me muevo en un mundo cuidadosamente realista y es la inminencia, la posibilidad de que ocurra lo monstruoso, aunque luego nunca llegue, lo que me fascina”, en El Mundo.

 

Una lucha contra el sinsentido

“(los cuentos de El buen mal) encierran una lucha contra el sinsentido de un presente en el que ya no tenemos ninguna certeza. Estamos, como individuos y como sociedad, en un momento terrorífico y de mucha vulnerabilidad, donde todas las cosas que pensábamos y dábamos por hechas a nivel social, de pronto se resquebrajan», El Mundo.

 

La literatura es un ensayo de la vida

“Por eso la literatura, que es un ensayo general para la vida, una manera de anticiparnos a aquello que podría pasar, puede servirnos para tratar de entender cómo serían otros mundos posibles, cuánto dolerían y si seríamos capaces de sobrevivir a ellos”, en El Mundo.

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