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Páginas interiores de la primera edición del poemario ‘Desolación’, de Gabriela Mistral, publicado en 1922.

Gabriela Mistral, cien años de ‘Desolación’, el poemario que sembró sus pilares literarios

Con 33 años, la poeta y Nobel chilena, publicó en Nueva York el libro con el cual empezaría su prestigio. La naturaleza, los niños, la vida, la muerte y lo religioso se hacen presentes en esta obra. La analizamos y publicamos algunos poemas

La Nueva York de 1922 fue la primera en leer el poemario Desolación, considerada la primera obra maestra de Gabriela Mistral (Vicuña, Chile, 7 de abril de 1889 – Nueva  York, 10 de enero de 1957). Entonces la profesora y poeta chilena tenía 33 años, pero la mayoría de sus versos los había escrito diez años antes. Lo editó el Instituto de Las Españas, un año después salió en Chile. Luego vendrían poemarios escenciales como Ternura, Tala y Lagar,

Veintitrés años después de Desolación, en 1945, Gabriela Mistral se convirtió en el primer escritor latinoamericano en ser distinguido con el Premio Nobel de Literatura, y el tercero en lengua española. El motivo por el que la Academia Sueca concedió el Nobel a Mistral fue «por su poesía lírica que, inspirada en poderosas emociones, ha hecho de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas de todo el mundo latinoamericano».

Desolación es el fluir natural del palpitar de los sentimientos de Gabriela Mistral, bautizada Lucila Godoy Alcayaga, ante situaciones, escenarios y pensamientos que ya serían los temas capitales de su obra poética y que los refleja en los títulos de las secciones de ese libro: Vida, Escuela, Infantiles, Dolor y Naturaleza. Esta primera edición incluye Los sonetos de la muertos con los que ganó en 1914 los Juegos florales que empieza así:

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Los poemas de Desolación tienen como origen el dolor y las oscilaciones emocionales producidas por el suicidio de su enamorado: «Romelio Ureta se llamaba el enamorado de la joven Gabriela, quien se suicida no por ella, sino angustiado por unas deudas contraídas. Él le inspira los tres Sonetos de la muerte, escritos en alejandrinos, con los que gana su primer lauro. Es la escritora posmodernista que el dolor la convierte —ojalá que no me equivoque— en una expresionista a ojos vistas, y, más aún, en una tremendista a carta cabal», dijo Carlos Germán Belli.

La gama de sensaciones de soledad, nostalgia, tristeza, incertidumbre y orfandad se sienten en sus versos. Más allá de las palabras y de las historias que narran, los poemas hablan de un estadio vital de descubrimiento de vida y muerte. La edición de Chile de Desolación sumó dos apartados: Prosa y Prosa Escolares y Cuentos.

Gabriela Mistral, detalle de la fotografía de la edición conmemorativa de la RAE y ASALE. /Archivo del Escritor: Biblioteca Nacional de Chile.

A partir de este poemario el nombre de Gabriela Mistral empezó a circular entre el mundo de los escritores y buenos lectores. En el prólogo de la edición de Estados Unidos se cuenta la historia de Desolación y cómo surgió:

«En febrero de 1921 uno de nuestros directores, D. Federico de Onís, profesor de Literatura española en la Universidad de Columbia, dio una de las conferencias organizadas por el INSTITUTO y habló en ella de la poetisa chilena Gabriela Mistral: Este nombre, hoy glorioso, sonaba probablemente por primera vez en los oídos de la mayor parte de los numerosos asistentes, casi todos maestros y estudiantes de español. Pero apenas fue conocida la admirable personalidad de la joven escritora y maestra chilena, a través de 1o que el Sr. Onís dijo y de la lectura que hizo de algunas de sus obras, puede decirse que Gabriela Mistral conquistó no sólo la admiración, sino el cariño de todos. Porque todos vieron en la escritora hispanoamericana, no sólo el gran valor literario, sino el gran valor moral.

Los maestros de español, muchos de ellos mujeres también se sintieron más vivamente impresionados que nadie al saber que la autora de aquellas poesías conmovedoras era además, y era, sobre todo, una maestra como ellos. Su sentimiento de admiración y simpatía por Gabriela Mistral era doble: nacido por una parte, de su amor al espíritu español   —8→   que hablaba con vigor y voz nuevos en la poesía de una escritora de primer orden, y por otra, del fondo de vocación profesional que les llevaba a sentir una hermandad profunda con la noble mujer que en el Sur de América consagra su vida a un ideal del magisterio ejemplar.

Corrieron de mano en mano las pocas poesías de Gabriela Mistral que habían sido publicadas en periódicos y revistas y la «Oración de la maestra» fue rezada en lengua española por muchas voces con acento extranjero. Y vino, naturalmente, el deseo de conocer más, de conocer la obra entera de tan excelsa escritora. Cuando los maestros de español supieron que esto era imposible por no haber sido coleccionada en forma de libro por su autora, surgió entre ellos la idea de hacer una edición y dar así expresión a su admiración y simpatía por la compañera del Sur.

EL INSTITUTO DE LAS ESPAÑAS acogió con entusiasmo la noble idea y se propuso llevarla a cabo empezando por comunicársela a la ilustre escritora. Su respuesta, bien generosa por cierto, fue el envío de este libro, en que por primera vez aparece coleccionada su obra anterior, lo mismo la publicada que la inédita. Si nosotros tenemos motivo para estar agradecidos a Gabriela Mistral por haber correspondido de manera tan espléndida a nuestros deseos, seguramente el mundo de habla española y los amantes de la cultura hispánica de todos los países agradecerán a los maestros de español de los Estados Unidos y al INSTITUTO DE LAS ESPAÑAS el hecho de haber logrado que este libro se publique de manera que puedan leerlo todos».

Gracias a aquellos versos de la conferencia del profesor Onís y al entusiasmo que despertó en quienes los oyeron surgió Desolación y fue la génesis de la Gabriel Mistral más conocida y leída.

La voz de su poesía se corrió rápido. Tuvo detractores, pero también muchos críticos que la elogiaron. La Casa Editorial Nascimento editó en 1923 el poemario que en uno de sus prólogos analiza su obra con estas palabras:

«Hebrea de corazón, tal vez de raza -dejamos el problema a los etnólogos e investigadores- el genio bíblico traza su círculo en torno a Gabriela Mistral y la define.

Su acorde íntimo y profundo, lo que llamaríamos la nota tónica de su personalidad, es un canto de amor exasperado al borde de un sepulcro. Allí está ella.

Hablará con ternura delicada de los niños, les compondrá rondas ágiles, tratará de sonreírles para que no tengan temor: aún en sus palabras más suaves como en la fábula del Lobo y Caperucita Roja, se siente la garra de la fiera y uno experimenta el temor de que espante de súbito a sus criaturas infantiles con algún rugido.

Irá hacia la Naturaleza en busca de apaciguamiento y sabrá traducir por momentos la armonía universal; cuando la dicha la visite hablará de paz, de reconciliación y apegada al  oído de Cristo le dirá plegarias de una dulzura sencilla, aclarada en la fuente evangélica.

Inventará símbolos maravillosos, parábolas y cuentos llenos de un prestigio antiguo, dejará el verso para ser más simple y tocará en prosa los lindes mismos de la perfección.

Pero todo eso no es ella.

La fuerza de Gabriela Mistral está en su sentimiento del amor y de la muerte, esos dos polos de la especie humana».

(…)

«Gabriela Mistral adora al Dios único, hijo del desierto, al Dios vengador y terrible que abomina los pecados de la carne, Dios violento, inmensamente distante de su criatura, Dios solitario y resplandeciente. En vano levanta y quiere echarle la túnica de Jesús; se siente detrás su sombra de espanto y en la plegaria insistente que le dirige, en sus arrebatos de amar por el preciso, tiembla sordamente el miedo de su propia condenación. Se diría que sus ruegos piérdense, sin hallar un eco.

El nombre de su libro lo revela: Desolación.

Y la elección de las palabras dice constantemente su afán de intensidad. Todas las expresiones le parecen débiles, busca el vigor por sobre todas las cosas y se desespera de no hallarlo, retuerce el lenguaje, lo aprieta, lo atormenta, quiere imitar el acento de fuego que oyeron los videntes de Israel y que ha quedado en las letras del Antiguo Testamento. No le importa nada sino eso, la energía, la máxima energía. Tiende la cuerda del arco hasta romperlo y lanas la flecha de acero con la loca esperanza de alcanzar hasta el corazón de la divinidad. (…)

Gabriela Mistral no ha sido la primera en romper con las tradiciones de la poesía castellana; halló el terreno preparado por toda una evolución que inició Rubén Darío; pero ha dado a su obra un sello que la distingue y que está en la fuerza bíblica, en el amor intenso y único, del cual derivan todos sus cantos, el cariño a los pequeñuelos y el sentimiento de la Naturaleza, el fervor religioso, los mismos intervalos de   —23→   serenidad en que se siente el jadeo del cansancio y la languidez que dejan los espasmos. Su amor es el sol creador de mundos, la inmensa hoguera de donde saltan chispas y se derraman claridades, el que al quebrarse en las montañas y los árboles figura sombras monstruosas y tiende penumbra delicadas, llega a las cimas, baja a los abismos, entibia, calienta, incendia, ilumina y deslumbra, sirve de guía al caminante o lo extravía y lleva al borde mismo de los precipicios.

No saciada con la pasión terrena, sube constantemente hacia Dios, le interroga, imagina la región misteriosa donde habitará el amado…».

La poeta chilena Gabriela Mistral.
La poeta chilena Gabriela Mistral.

Poemas

El pensador de Rodin

Con el mentón caído sobre la mano ruda,
el Pensador se acuerda que es carne de la huesa,
carne fatal, delante del destino desnuda,
carne que odia la muerte, y tembló de belleza.

Y tembló de amor, toda su primavera ardiente,
y ahora, al otoño, anégase de verdad y tristeza.
El «de morir tenemos» pasa sobre su frente,
en todo agudo bronce, cuando la noche empieza.

Y en la angustia, sus músculos se hienden, sufridores.
Cada surco en la carne se llena de terrores.
Se hiende, como la hoja de otoño, al Señor fuerte

que le llama en los bronces… Y no hay árbol torcido
de sol en la llanura, ni león de flanco herido,
crispados como este hombre que medita en la muerte.

***

Viernes santo

El sol de abril aún es ardiente y bueno
y el surco, de la espera, resplandece;
pero hoy no llenes l´ansia de su seno,
porque Jesús padece.

No remuevas la tierra. Deja, mansa,
la mano en el ardo; echas las mieses
cuando ya nos devuelvan la esperanza,
que aún Jesús padece.

Ya sudó sangre bajo los olivos,
y oyó al que amaba, que negó tres veces.
Mas, rebelde de amor, tiene aún latidos,
¡Aún padece!

Porque tú, labrador, siembras odiando,
y yo tengo rencor cuando anochece,
y un niño va como un hombre llorando,
¡Jesús padece!

Está sobre el madero todavía
y sed tremenda el labio le estremece.
¡Odio mi pan, mi estrofa y mi alegría,
porque Jesús padece!

***

La mujer fuerte

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,
mujer de saya azul y de tostada frente,
que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía
vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

Alzaba en la taberna, honda la copa impura
el que te apegó un hijo al pecho de azucena,
y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,
caía la simiente de tu mano, serena.

Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,
y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,
agrandados al par de maravilla y llanto.

Y el lodo de tus pies todavía besara,
porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara
¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!

***

El niño solo

Como escuchase un llanto, me paré en el repecho
y me acerqué a la puerta del rancho del camino.
Un niño de ojos dulces me miró desde el lecho.
¡Y una ternura inmensa me embriagó como un vino!

La madre se tardó, curvada en el barbecho;
el niño, al despertar, buscó el pezón de la rosa
y rompió en llanto… Yo lo estreché contra el pecho,
y una canción de cuna me subió, temblorosa…

Por la ventana abierta la luna nos miraba.
El niño ya dormía, y la canción bañaba,
como otro resplandor, mi pecho enriquecido…

Y cuando la mujer, trémula, abrió la puerta,
me vería en el rostro tanta ventura cierta
¡que me dejó el infante en los brazos dormido!

***

Futuro

El invierno rodará, blanco,
encima de mi corazón.
Irritará la luz del día,
me llagaré en toda canción.

Fatigará la frente el gajo
de cabellos, lacio y sutil,
y del olor de las violetas
de junio se podrá morir.

Mi madre ya tendrá diez palmos
de ceniza sobre la sien.
No espigará entre mis rodillas
el niño rubio como mies.

Por hurgar en las sepulturas
no veré el cielo ni el trigal.
De removerlas, la locura
en mi pecho se ha de acostar.

Y como se van confundiendo
los rasgos del que he de buscar,
cuando penetre en la luz ancha
no lo podré encontrar jamás.

Orígenes de vida y poesía

En Desolación Gabriela Mistral refleja sus diferentes mundos, Chile-América Latina y Europa; los sentires interiores más profundos y los públicos que denuncian, llaman la atención o abogan por la solidaridad; la naturaleza y lo urbano, lo terrenal y lo divino. «Es una poesía tapizada de lo autóctono, pero donde resuenan el panteísmo religioso y las creencias venidas de ultramar. Desolación es el poemario que empieza a poner en boca de todos la obra de esta maestra de escuela. Coloquial, natural, directa, pasional y sensible a los sentimientos y al entorno, la ilusión y el dolor ante la muerte», escribió Winston Manrique Sabogal, en un artículo de 2018 en WMagazín.

«Es la mujer cuya escritura no traduce sino teje a contrapunto una vida llena de pasión trágica; de amores que no conocen fronteras; de experiencias vitales límite; de compromiso radical con su tierra matria y con el sueño de América», según la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua en la edición conmemorativa que reunió su obra en Gabriela Mistral en verso y prosa (Alfaguara).

Gabriela Mistral nació el 7 de abril de 1889 en Vicuña, en el Valle de Elqui en los Andes chilenos, y murió el 10 de enero de 1957 en Nueva York.  Fue bautizada como Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Hija de Juan Jerónimo Godoy Villanueva, profesor de escuela,​ y de Petronila Alcayaga Rojas, de ascendencia vasca, y exviuda de 44 años. Tuvo dos hermanos medios, Emelina Molina Alcayaga, por parte de su madre, que además se convirtió en su primera maestra, y Carlos Miguel Godoy Vallejos, por parte del padre.

Su padre abandonó el hogar cuando la niña apenas iba a cumplir los cuatro años. Vivió su infancia en Montegrande en medio de la naturaleza. En 1904 empezó a trabajar como profesora ayudante en La Serena y desde 1908 como maestra en La cantera. En 1910 obtuvo el título de profesora de Estado. Con 21 años comenzó a colaborar con artículos en la prensa de la región y el 1 de noviembre publicó su primer poema, Tristeza. En 1914 ganó su primer concurso literario en los llamados Juegos florales. En 1922 parte de esos poemas se editaron en el volumen Desolación.

***

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