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El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), autor de la novela ‘Los nombres de Feliza’ (Alfaguara). /Foto de Federico Bottia – Cortesía de Alfaguara para WMagazín

Juan Gabriel Vásquez: “Los novelistas lo que hacemos es modelar una materia que ya está allí”

El escritor colombiano perfecciona en 'Los nombres de Feliza' la novelización de vidas reales en un mestizaje armonioso de géneros literarios y del duelo entre emoción y razón. Es la vida de una artista del siglo XX que busca su identidad y se rebela contra la sociedad y el Estado que restringen su libertad. La obra indaga en si "murió de tristeza", como escribió García Márquez

La poesía es la pregunta y la respuesta. Veinticinco años corrió Juan Gabriel Vásquez detrás de una frase poética que hablaba de la muerte de una mujer, hasta que se puso a escribir una novela para desentrañar el enigma que escondían las tres palabras de aquella frase: “murió de tristeza”. Así se encontró con el mundo poliédrico de ella y descubrió que, también, le pertenecía a él porque refleja una época dorada de la creación colombiana y de sus sombras, hasta llevarlo a perfeccionar el propio mundo de su literatura que llamó Los nombres de Feliza (Alfaguara).

“De manera que así, pensando en la vida breve de Feliza Bursztyn, se me iban los días”, confiesa al inicio de esta novela que es la suma de los variados rostros de la narrativa.

La poesía está detrás de las novelas y los cuentos de Juan Gabriel Vásquez (52 años /Bogotá, 1973). De esas historias que parten de un personaje o un hecho real que el escritor colombiano traslada a una nueva dimensión donde confluyen la realidad, la ficción y la memoria.

“La poesía ocupa en mi vida un lugar preciso al que ocupa la oración para los creyentes”, afirma. Y sigue: “La poesía es, entre mil otras cosas, un intento por nombrar lo que de otra manera se nos escaparía, y así la leo y por eso la escribo. Para un novelista, además, la poesía enseña control: control de la frase y sus sonidos y sus efectos, control de los ritmos (de una serie de frases o de un párrafo). Pero es, sobre todo, una manera de ver lo que no se ha visto todavía”.

Y Juan Gabriel Vásquez como oteador de la vida escudriña no solo su horizonte de destino, sino sus alrededores y, sobre todo, el rastro que deja el trayecto en un intento por observar más allá de lo que ven los demás. Llega al territorio donde la emoción y la razón se mezclan y tensan para tratar de descifrar el impacto de la una en la otra, así como del mundo exterior en el interior y viceversa. Retrata el duelo de sus personajes, como reflejo de una lucha que vive cada persona:

Lo que queremos ser y lo que creen que debemos ser.

La travesía de cada individuo en busca de su identidad mientras combate con el tiempo y las fuerzas de la historia.

Los nombres de Feliza es una vida novelada que cuenta cómo se cerraron dos círculos: el de contar la vida extraordinaria de una artista colombiana de origen judío que luchó por su identidad y, sin saberlo, fue enterrada donde quería y un círculo del autor al escribir sobre esta historia que leyó en su juventud cuando soñaba con ser escritor en París. Y con un juego del azar, Juan Gabriel Vásquez empezó la novela a la misma edad que ella falleció y en la misma ciudad: 48 años y París.

“Murió de tristeza” fue la frase de Gabriel García Márquez para definir y despedir a su amiga Feliza Bursztyn fallecida delante suyo una noche de nevada. Fue en el obituario, de 1982, que el Nobel colombiano terminaba así: “La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10.15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París”.

Juan Gabriel Vásquez leyó aquel obituario catorce años después y en la misma ciudad: era 1996, tenía 23 años, y estaba en París impulsado por el sueño de ser escritor. Había estudiado Derecho en Bogotá mientras leía a grandes autores.

Casi tres décadas después, en 2025, y 18 libros (nueve novelas, dos volúmenes de cuentos, cuatro ensayos, una biografía, un libro de periodismo y un poemario), el escritor habla del origen de Los nombres de Feliza y de su proceso con el cual afinó un modo de ver la vida y la literatura para trasladarlas al mundo de las novelas que tanto prestigio le han dado en español y otros idiomas (sus libros se publican en treinta lenguas). Lo hace desde el estudio que tiene en su nueva casa en Madrid (España), donde acaba de instalarse tras el periplo de una vida que lo ha llevado por Bogotá, París, Bélgica, Barcelona, Bogotá, París y Madrid.

Salió de Colombia con 23 años, en 1996, para París “con el pretexto de hacer estudios de literatura en la Sorbona, pero con la idea secreta de tratar de ser escritor”. Allí estuvo hasta enero de 1999. Pasó a Bélgica, cerca de un pueblito llamado Aywaille, donde vivió hasta septiembre de ese mismo año: “Fueron nueve meses de esconderme del mundo para tomar ciertas decisiones después de haber salido de París con una sensación de fracaso”.

En octubre de 1999 llegó a Barcelona y se quedó hasta julio de 2012: “Llegué con el propósito de ganarme la vida con lo único que quería o sabía hacer: leer libros y escribir sobre ellos. Fui redactor de artículos de enciclopedia y negro de libros por encargo, editor de la revista Lateral y traductor de todo lo que hiciera falta, profesor para alumnos norteamericanos y reseñista de El Periódico de Catalunya. Empecé a publicar mis libros ‘oficiales’ con Los amantes de Todos Los Santos, en 2001, y siguieron los demás”.

En 2011 ganó el premio Alfaguara de Novela con El ruido de las cosas al caer y al año siguiente volvió a Colombia con su familia: “Las razones fueron personales, pero el regreso coincidió con el comienzo del proceso de paz, y la coincidencia me pareció maravillosa. Teníamos el proyecto de quedarnos en Colombia cinco años y acabamos quedándonos once. Entonces decidimos volver a España”.

Antes regresó a París. Una ciudad clave en la vida de Feliza, vivió y estudió allí en los años cincuenta y sesenta del siglo XX y volvió a comienzos de los ochenta, exiliada por un malentendido en Colombia, donde pasaría sus últimos meses.

Vásquez tenía clara la idea de la novela, después de rondarle por la cabeza durante tres décadas desde que leyera el artículo de García Márquez. En París vivió de 2023 a 2025 y allí escribió Los nombres de Feliza. Recorrió las calles por donde camino la artista, estudió en la escuela donde ella aprendió algunas cosas, sintió, pensó y creó con todos esos ecos. Publicó la novela a finales de 2024 en Colombia y en enero de 2025 en España. En Madrid vive con su familia desde julio pasado.

Juan Gabriel Vásquez, en su casa de Madrid (España),  durante la video entrevista con WMagazín, en julio de 2025, por su novela ‘Los nombres de Feliza’. /WMagazín

La imagen de la vídeo entrevista es nítida: camisa azul celeste, gafas, un cabello colonizado cada vez más por los grises y blancos y escoltado por una gran biblioteca a cuya izquierda, con solo estirar el brazo, tiene una balda con diccionarios. En el mismo lugar donde escribirá su próxima novela de ficción pura, Juan Gabriel Vásquez reconstruye el proceso de Los nombres de Feliza. Una narrativa donde las fronteras entre la realidad, la imaginación o la ficción y los recuerdos, que son las tres dimensiones que tenemos en la vida real, se diluyen para crear otro universo en la literatura como ya hizo, por ejemplo, con Historia secreta de Costaguana (sobre Joseph Conrad), La forma de las ruinas (sobre el asesinato de los políticos colombianos Rafael Uribe Uribe, en 1914, y Jorge Eliécer Gaitán, en 1948) y Volver la vista atrás (sobre el cineasta colombiano Sergio Cabrera).

Juan Gabriel Vásquez. Has dado en el clavo con lo que ha sido mi preocupación en los últimos libros: iluminar el espacio donde se cruzan esas tres dimensiones de lo que somos, que son dimensiones, además, narrativas.

Mis novelas han tratado de preguntarse si hay algo en particular que la ficción logre decirnos sobre el pasado, sobre el relato de nuestras vidas que no se pueda decir de otra manera. En particular en Volver la vista atrás y en Los nombres de Feliza lo que yo he hecho es pedirle a una serie de seres humanos que me regalen su memoria en cierto sentido, que hagan uso de ella para permitirme utilizarla como material de un relato que, aunque no inventa hechos, sigo considerando ficción. Y ahí está entonces una de las grandes preguntas: ¿Qué es lo que hace que la ficción sea ficción?

¿Por qué puedo yo decir que una novela enteramente basada en hechos reales como Volver la vista atrás o una novela basada enteramente en hechos y en recuerdos reales como Feliza Bursztyn son sin embargo ficción?

Lo que he tratado de preguntarme es si no podemos recurrir a las raíces latinas del verbo fingir fingere, que significaba, en una acepción que recoge el Diccionario Caro y Cuervo, etimológicamente, dar forma a algo, moldear algo y que se aplicaba en particular en el contexto de la talla de madera, de la escultura.

Yo me preguntaba si no es eso lo que hacemos los novelistas que, como yo, tratamos tercamente con el material de lo real, de las vidas reales de personas reales, que lo que hacemos es modelar con una materia que ya está allí.

La materia es la biografía de los personajes, la biografía conocida, sus circunstancias históricas, sus circunstancias sociales. Pero hay un cierto tratamiento del lenguaje que hace el lenguaje de la ficción que extrae de estos materiales reales verdades o revelaciones que los materiales no dicen por sí mismos o que encuentra una forma novedosa en materias reales para tratar de decir algo que los hechos no dicen por sí mismos. Que es por otra parte para mí el único mandato realmente de la novela. Como decía Milan Kundera: la única razón de ser de la novela es decir lo que solo la novela puede decir. Y hay que encontrar qué es eso.

En ese cruce de caminos entre los relatos que armamos sobre nuestras vidas, lo que recordamos sobre ellas, lo que se puede comprobar y que llamamos, inocentemente, la realidad y lo que logramos añadirle a esa realidad como interpretación, como lectura, es ahí donde se mueven mis novelas.

Winston Manrique Sabogal. Lo que hacen los novelistas como usted, pero cada vez más, es indagar en ese territorio que todas las personas crean entre su realidad, su imaginación y sus recuerdos, su día a día.

Juan Gabriel Vásquez. En cierta medida sí. Hay una conversación fantástica. Yo he encontrado aquel origen y la etimología latina del verbo fingir como manera de moldear o de dar forma a materiales reales, lo he encontrado en dos textos: uno es el Diccionario Caro y Cuervo y otro es en El buen relato, de John Coetzee, donde hay un relato entre él y su psicoanalista que se llama Arabela Kurtz. Ahí sale a relucir este término de la idea de la ficción como moldear la materia que ya existe a propósito de nuestros recuerdos personales, a propósito de la manera como cada uno de nosotros al contar su vida está transformándola, está editándola, está subrayando algunas cosas, ocultando otras.

Sí, somos los primeros que mentimos sobre nuestra propia experiencia.

Entonces, para mí, estas dos novelas, Volver la vista atrás y Los nombres de Feliza, han tenido el interés añadido de enfrentarme a ese fenómeno tan fascinante que es la memoria ajena.

Miro cómo los personajes con los que hablo se relacionan a partir de su memoria y de su relato, lo que podemos llamar la verdad. Hasta qué punto la manipulan, hasta qué punto la distorsionan, hasta qué punto la editan y con todo eso tratar de caminar por líneas éticas que son muy muy delgadas para tratar de escribir estos libros.

Juan Gabriel Vásquez y portadas de algunos de sus libros más relevantes en diferentes géneros literarios. /WMagazín

W. Manrique Sabogal. Hace varios libros entró en la tradición de indagar y escribir a partir de recuerdos ajenos que usted ordena. Cómo impactan o condicionan o moldean, que es el término que ha empleado aquí, en cada uno de nosotros, en este caso en los personajes que va viendo allí, que en mayor o menor grado condicionan la vida de cada individuo, así como la historia, el mundo exterior y privado se juntan en esa vida individual de la que habla, como decía Honoré de Balzac.

Juan Gabriel Vásquez. Esto es algo que vengo haciendo desde Los informantes. En esa novela esa era mi gran obsesión: tratar de echar un poco de luz sobre ese cruce de caminos entre las fuerzas de lo público y las vidas privadas.

A esto le he puesto nombre después con el tiempo y con los libros, pero eso es lo mismo que pasa en Historia secreta de Costaguana, que está escrita en una clave distinta, una clave de picaresca y de sarcasmo y poco realista, digamos, a partir de su material real. Pero también en El ruido de las cosas al caer, luego en La forma de las ruinas.

Son todas novelas que quieren meditar sobre la forma como las fuerzas que yo llamo de lo público, las fuerzas de la historia, de la política, tienen un impacto en nuestras vidas privadas, en nuestras vidas íntimas; en lo que ocurre no solo de puertas para dentro, sino en las zonas invisibles de nuestra conciencia, de nuestra moralidad, de nuestras emociones. Trato de usar la ficción para contar ese choque entre estas fuerzas públicas y lo más íntimo que tenemos. Eso es lo que me ha obsesionado siempre desde la primera línea de Los informantes, eso es lo que he tratado de hacer.

W. Manrique Sabogal. Y ahí se fusionan cuestiones, también, muy literarias en el término amplio, digamos, de azar, destino, casualidades y el libre albedrío. Y cómo usted como observador, primero con la ficción y ahora con recuerdo reales, ¿qué conclusión va sacando?

Juan Gabriel Vásquez. Por una parte, la idea nada novedosa de que nadie escapa a la historia, a la política… Quien crea que puede vivir al margen de la historia y de la política se está engañando. Nuestras vidas son dinámicas que nunca permanecen al margen de esas fuerzas. Y hay distorsiones en ese impacto de los hechos o de su percepción.

Nosotros, tú y yo, como colombianos de nuestra generación, sufrimos consecuencias muy ambiguas, muy laterales, muy imprecisas, pero muy reales también, sobre un asesinato ocurrido el 9 de abril de 1948, el de Jorge Eliécer Gaitán. Las sufrimos.

Entender esos mecanismos es imposible por medio de la narrativa que llamaremos fáctica. Un libro de historia no se puede ocupar de esto. Un libro de periodismo, por importante que sea, como El Bogotazo, de Arturo Alape, no se puede ocupar de esto. De estas cosas se ocupa la ficción y eso es lo que yo quiero hacer.

Juan Gabriel Vásquez, en su casa de Madrid, durante la video entrevista con WMagazín, en julio de 2025. /WMagazín

Y Juan Gabriel Vásquez ha novelado varios hechos colombianos para tratar de entender. Como en el caso de Feliza Bursztyn y el trágico desenlace de una mujer que intentó abrirse paso en un mundo que no parecía aceptarla como ella era cuando la creación colombiana vivía un momento de esplendor. Una persona revolucionaria o adelantada a su época como mujer, como artista y como ciudadana de izquierdas que abanderaba la libertad y la igualdad. Tanto fue así que en una entrevista retrató la situación en una sola frase: “En un país de machistas, ¡hágase la loca!”.

W. Manrique Sabogal. En Los nombres de Feliza hay un asunto que estaba también en otros libros, pero en este me parece más nítido, dos duelos entre los que se debate toda persona en algún momento de su vida: ser lo que queremos ser y lo que creen que debemos ser. En esta novela sobre Feliza Bursztyn queda claro sobre lo que moldea, lo que intentamos moldearnos nosotros mismos y lo que intentan moldearnos de nosotros.

Juan Gabriel Vásquez. Tienes toda la razón. Hay muchas maneras de hablar de esto. Una es el derecho narrativo que queremos todos de contar nuestra historia frente a fuerzas narrativas muy poderosas de la sociedad que quieren imponernos su relato. Lo mismo le pasaba a Sergio Cabrera. Había narradores muy poderosos que querían imponerle un cuento, que querían que su vida fuera una historia y él quería que fuera otra. Y en el caso de Feliza está clarísimo que toda su vida fue una constante rebeldía contra las imposiciones ajenas.

Ella se movió entre fuerzas que le querían decir cómo tenía que ser esposa, cómo tenía que ser judía, cómo tenía que ser madre, cómo tenía que ser artista, incluso cómo tenía que ser de izquierdas y cómo tenía que ser burguesa y cómo tenía que ser burguesa de izquierdas. ¿Verdad? Un decálogo de cada asunto de su vida.

Su vida fue una constante rebeldía contra estos relatos ajenos, contra la exposición que le querían hacer otros narradores. Además, son narradores poderosísimos, la religión, el Estado, el Estado que quiso contar una historia sobre su vida clasificándola como cómplice de la subversión y arrastrándola y mandándola a las caballerizas. A mí eso me ha resultado siempre no solo un espectáculo fascinante: un ser humano que trata constantemente de decir quién soy yo. Y que vivió un proceso de desgaste. A todo ello pagó un precio.

Yo no dejé nunca de pensar en Mohamed Ali cuando estaba escribiendo la novela. Mohamed Ali que en un momento de especial frustración alrededor sobre el tema de Vietnam le gritó a un periodista: “Yo no tengo que ser lo que ustedes quieren que yo sea, yo puedo ser lo que yo quiero ser”. Y esa es una frase que Feliza hubiera firmado cada día de su vida.

‘Homenaje a Gandhi’ (1971), escultura de Feliza Bursztyn. /Tomado de Wikipedia

W. Manrique Sabogal. Esto nos lleva al otro punto que está en casi todas sus novelas: la construcción y deconstrucción perpetua de la identidad. La metamorfosis continua del ser humano en esa tensión, en esa lucha por lo que acaba de contar.

Juan Gabriel Vásquez. Creo que los personajes que escojo, como siempre digo, y sin que tenga nada de esotérico, yo no siento que escojo mis novelas, sino que mis novelas me escogen a mí. Es por eso que me interesan.

Son personajes sometidos a estas búsquedas de sí mismos. Un personaje que no sabe muy bien quién es. Eso es lo que más me importa. Es un tema de identidad, como dices tú. Personajes que tienen una idea de sí mismos que no corresponde con la que tienen los demás, eso me interesa. En el caso de Feliza esto tomaba manifestaciones muy concretas que no tenían nada de metafórico.

Su identidad era precaria porque fue siempre un producto del azar que mencionabas antes. Ella es colombiana por el azar, por el azar de que sus padres estaban allí cuando subió Hitler al poder, habían ido allí a visitar a un amigo. Ella es colombiana por azar y ella acaba sus días en París por azar.

En los dos momentos, en los dos polos, las fuerzas que funcionan son las fuerzas del exilio que la obligan a hacerse constantemente preguntas sobre su propia identidad judía o laica, colombiana o no. Creo por eso que esto la lanzó a ella a una especie de colombianidad un poco militante. Está esa anécdota fantástica del final de su vida: cuando le preguntan a una cantidad de artistas colombianos en qué ciudad del mundo preferirían vivir y ella es la única que dice en Bogotá.

W. Manrique Sabogal. Y ese punto final de la identidad se lo otorga Pablo Leiva, el esposo de Feliza, porque él, como usted cuenta en la novela, cierra la identidad de ella con un detalle que no vamos a revelar ahora.

Juan Gabriel Vásquez.  Sí, sí… Me habría gustado que Pablo Leiva te oyera decir esto. Se le llenaría el corazón con eso que acabas de decir.

Creo, además, y al mismo tiempo, sin que sea contradictorio, que el gran hallazgo de Pablo Leiva, su gran sabiduría, fue comprender que en la lucha constante de Feliza por entender quién era, no había una respuesta. Feliza fue muchas personas al mismo tiempo y contradictorias.

Parte de sus choques con el mundo consistieron en la dificultad que tenía lo que llamamos el mundo, su familia, las estructuras sociales, su país, su mundo político. La dificultad que tenía el mundo en entender su multiplicidad, sus ambigüedades, sus divisiones internas. Pero Pablo no. Pablo las entendió a partir de cierto momento, no sé cuándo, pero las entendió perfectamente.

Juan Gabriel Vásquez, en su casa de Madrid (España), durante la video entrevista con WMagazín, en julio de 2025. /WMagazín

W. Manrique Sabogal. Esa multiplicidad de Feliza es la misma que sienten las demás personas, se dan cuenta de que no son de una sola pieza, monolíticas, y manejan unas pocas variantes. Mientras Feliza indagaba más porque tenía, quizás, un pensamiento más inquisitivo, más filosófico, más existencialista. Es como la penúltima escena de La dama de Shanghái, cuando Orson Welles huye y se topa con Rita Hayworth en El laberinto de los espejos y sus imágenes se multiplican y no se sabe cuál es la original.

Juan Gabriel Vásquez. En el caso de Feliza todo eso que acabas de decir sobre una mayor inquietud existencial o filosófica es así, era una gran lectora. Hay, simplemente, un ingrediente de valor y de atrevimiento muy intenso. Ella no tuvo miedo de explorarse a sí misma, de empujar fronteras, de romper limitaciones y que pasara lo que tuviera que pasar. Y, como digo, pagó un precio por eso.

Desde joven, cuando el impulso de ser artista la llevó a sufrir agresiones de su primer marido, hasta su final de exilio y ese diagnóstico tan bello y tan dramático de García Márquez de que murió de tristeza.

Todo eso tiene que ver con ese constante golpearse contra las paredes de las camisas de fuerza de la identidad que le ponía la sociedad. Y que tú decías al comienzo que hay un desgaste y cómo va todo eso presionando a un individuo.

Y sí, tienes razón sobre que esta multiplicidad la tenemos todos. Buena parte de las razones por las que las novelas siguen existiendo es por esa aceptación que tenemos un poco grabada de que las novelas son la única manera de entender eso.

W. Manrique Sabogal. Esa multiplicidad sería un mecanismo instintivo del ser humano para enfrentar diferentes escenarios. Es como la emoción y la razón con la que juega mucho en la novela. ¿Qué somos más los seres humanos: emoción o razón?

Juan Gabriel Vásquez.  Eso es lo que intenta responder el lenguaje de la novela, de la poesía. Es ese universo donde las razones y las emociones comparten nuestro mundo interior. Eso es la provincia de la ficción para mí. Entiendo al novelista como un historiador de las emociones y la novela como un espacio, el único, tal vez, donde podemos entender cómo funcionan esos lugares invisibles de lo que somos, de nuestra psicología, de nuestras emociones.

Hay ciertas cosas que pertenecen, tal vez, al terreno de la razón y que se pueden contar mediante algunas de las herramientas que hemos inventado como la filosofía o la sociología o la historia o la biografía; pero decía Isaiah Berlin que por debajo de esas realidades comprobables hay un nivel, que es el nivel de lo irracional de nuestras contradicciones, de nuestras ambigüedades, nuestros demonios, nuestro lado oscuro, y eso solo lo pueden contar un Kafka, un Joyce, un Proust que parece tan razonable, pero que es una exploración de nuestros lados más contradictorios.

W. Manrique Sabogal. A partir de cosas, aparentemente, superficiales y externas los buenos novelistas crean retratos interiores y desde lo interior retratan el exterior.

Juan Gabriel Vásquez. Exacto. Esa es una de las razones por las que la novela despertaba tanta reticencia en el siglo XIX. Decía Madame de Staël que en las novelas llegamos a saber cosas que deberían quedarse secretas, que nunca deberían saberse porque nos abren el alma y revelan cosas que deberían pertenecer al fuero interno de cada uno.

W. Manrique Sabogal. La presencia de Gabriel García Márquez es indiscutible en la novela por cuatro motivos: primero, porque a partir de su frase de que Feliza murió de tristeza usted quiso indagar; segundo, porque la estructura inicial del libro me recordó a la de Crónica de una muerte anunciada, de que a pesar de que sabemos el final de Feliza lo que queremos conocer es cómo llegó a ese final; tercero por la propia presencia del escritor en la vida de Feliza hasta el final y, por tanto, en su novela; y, cuarto, por el propio aire o el eco de la narrativa, en la estructura de muchas frases y pasajes, como una especie de homenaje al mundo garciamarquiano.

Juan Gabriel Vásquez. Sí, es verdad. Yo he jugado en otras novelas a hacer un poco una parodia de ciertos ingredientes de la narrativa de García Márquez, como en Historia secreta de Costaguana, parodia de elementos del realismo mágico y de ciertos episodios de Cien años de soledad. Y en Los nombres de Feliza quería deslizar, para quien tuviera buen oído, alguna cadencia; es decir, traer al primer plano, incluso al plano del lenguaje, la presencia de García Márquez, que es una presencia física, de personaje que mueve la acción, como personaje que da origen a la acción.

Jugar un poco con eso es terriblemente arriesgado y no creo que lo vuelva a hacer, porque, además, García Márquez no va a volver a ser personaje de las novelas. Es algo que no encuentras en ninguno de mis otros libros. Pero como estaba tan presente, él instalado ahí en la novela de cuerpo presente, en cierto momento me gustó la idea de traer su presencia no solo al terreno de lo contado, sino, también, al lenguaje.

Lo quise hacer con la esperanza de estas presencias no rompieran con el tejido de la novela. La música inicial de la novela, la música de las páginas, me costó mucho trabajo construirla. Eso ya forma parte de la cocina del escritor.

W. Manrique Sabogal. Desde Historia secreta de Costaguana usted ha novelado la vida de personajes reales y en Los nombres de Feliza ha afinado todo esto. En los últimos años hay varias novelas en español en esa línea con biografías o perfiles novelados, ¿a qué atribuye esta tendencia?

Juan Gabriel Vásquez. Yo me lo pregunto también. Es lo que también veo en libros como Limónov, de Emmanuel Carrère, o El impostor, de Javier Cercas, la utilización de un cierto lenguaje para hacer que una biografía diga más de lo que dice su escritura. Para usar el lenguaje de la ficción que no tiene que inventar cosas para hacer el lenguaje de la novela. Para extraer significados de estas vidas, que las vidas no cuentan por sí mismas. No sé de dónde sale, yo espero que no salga de una desconfianza en la ficción, que también la he notado, pero yo sigo confiando en la ficción. De hecho, mi próxima novela, probablemente, sea de ficción pura. Que en mi caso no es pura nunca, pero digamos que sí.

Los géneros han evolucionado de tal manera que fronteras o prohibiciones o tabúes que había antes ya no están. Es una maravilla. La gente se siente con permiso de hacer cosas a las cuales los lleva su instinto, su interés, su pasión, que antes, tal vez, las hubieran pensado y no se habrían atrevido porque no se podía. El Lazarillo de Tormes se escribió en forma de carta porque no se podía presentar esto como una novela. Igual ahora sí se puede presentar esto como una novela, estas vidas reales.

W. Manrique Sabogal. Uno de sus primeros libros fue Los Amantes de Todos los Santos, de 2001, un volumen de cuentos donde se acerca mucho a las emociones, a los sentimientos para acercarse a la verdad, y casi veinticinco años después llega esta novela.

Juan Gabriel Vásquez. Fíjate que lo estaba yo pensando el otro día, cómo esos cuentos son muy chejovianos, en el sentido de que son máquinas diseñadas para capturar una emoción muy muy pequeñita, que sin el cuento se pierde. Y, en cierto sentido, eso los vincula con Los nombres de Feliza que es, de todas mis novelas, la única que gira alrededor de una sola emoción, que es esa palabra de García Márquez: tristeza.

Es un libro todo dedicado a explorar por qué estaba triste Feliza. En ese sentido se comporta como un cuento. Es una emoción muy efímera, muy pequeñita. Pero la máquina diseñada para capturarla es mucho más grande, porque la respuesta a la pregunta sobre la tristeza necesita la explicación de toda una vida.

…Y de todas las demás emociones, del amor al desengaño de las amistades, que desembocan en la tristeza de Feliza. El tiempo de la video entrevista termina, pero las preguntas continúan por email. Una de ellas indaga en qué conserva del Juan Gabriel Vásquez de los inicios, de aquellos cuentos:

“Sigo escribiendo cuentos, sí. En 2018 publiqué un libro que se llama Canciones para el incendio, y me dio mucho gusto volver al cuento después de 17 años. Es un libro radicalmente distinto: rompe varias de las reglas sagradas en las que yo creía cuando escribí el primero. Pero la diferencia principal es Colombia. Cuando escribí Los amantes de Todos Los Santos, todavía no había descubierto cómo lidiar literariamente con mi país, que es mi gran obsesión. No he hecho otra cosa desde entonces.

Una preocupación que ha trasladado al columnismo y que lo mantiene alerta:

“Fui columnista semanal de El Espectador durante siete años sin faltar una semana, y me retiré en 2014 porque pensaba que la carga era demasiada (estaba tratando de terminar La forma de las ruinas, la más exigente de mis novelas y la que más sudor me ha sacado). En 2021, después de 20 años de escribir artículos ocasionales, El País me ofreció un espacio permanente. Ahora escribo tres artículos al mes, uno para la edición española y dos para la colombiana. Es un ejercicio adictivo: en cierto sentido, el periodismo de opinión es un vicio. No se puede apagar, a pesar de que nos preguntamos todos los días de qué sirve escribir artículos de 1200 palabras, bien investigados y bien meditados y cuidadosamente escritos, en un mundo donde son más influyentes un escupitajo o una calumnia o una mentira que se lanzan desde las redes sociales. Pero sigo creyendo en la conversación de una cierta complejidad. Y sigo creyendo en lo que decía un personaje de Camus: la tarea del narrador es decir ‘esto ha ocurrido’ cuando hemos visto que, en efecto, esto ha ocurrido”.

La poesía es un territorio en el que también indaga. En 2022 publicó el poemario Cuaderno de septiembre (Visor) que no son poemas de un novelista, sino poemas de poeta, según Luis García Montero.

“Siempre he sido lector de poesía. La poesía ocupa en mi vida un lugar preciso al que ocupa la oración para los creyentes…”, y continúa con lo importante que es la poesía en su faceta de narrador, como ya dice al comienzo de esta entrevista, porque, es “sobre todo, una manera de ver lo que no se ha visto todavía”.

Y en esas páginas de Cuaderno de septiembre hay un poema-autorretrato de Juan Gabriel Vásquez como ciudadano que se pregunta por el transcurrir de la vida, del escritor que explora formas de contar y de la persona privada e íntima, donde conviven en armonía el duelo de la emoción y la razón, es el poema El huésped:

Te preguntaba tarde la otra noche
de dónde brotan las violencias del mundo
y tú abriste tus ojos de faro en reposo
y me invitaste a hospedarme en tu silencio.

Hay tantas cosas, amor, que no he entendido,
pero tu hospitalidad no es una de ellas.

  • Los nombres de Feliza. Juan Gabriel Vásquez (Alfaguara).

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Winston Manrique Sabogal

2 comentarios

  1. Hola, Elsa. Muchas gracias. Nos alegra que le haya gustado nuestra entrevista con Juan Gabriel Vásquez. Un saludo.

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