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Detalle de las pinturas de la Cuevas de Altamira, en Cantabria (España), que datan de entre los años 35.000 a 13.000. /Foto Wikipedia

Viajes literarios en el tiempo: del paleolítico al presente pasando por Macondo

Unas verdaderas vacaciones a otras épocas son las que ofrecen Juan José Millás en 'La vida contada por un sapiens a un neandertal', Peter Brown en 'El mundo de la Antigüedad tardía', Rodrigo Cortés en 'Los años extraordinarios' y Rodrigo García en 'Gabo y Mercedes. Una despedida'. Sus autores dicen a qué momento de sus libros les gustaría ir

¿Qué tal unas vacaciones, aunque sean cortas, en el paleolítico? Hay mucho de dónde elegir, al fin y al cabo, solo ocupa el 99% de la existencia del ser humano. Si no quiere mucha aventura y prefiere un poco de más comodidad puede de ir a la  Europa eclipsada de los siglos IV, V, VI y VII de la que no se sabe mucho. Si aquello le parece muy lejano está la opción de asomarse a varios periodos inéditos de la España alternativa del siglo XX. Aunque si es amante de la literatura, ¿querría asomarse a la vida de Gabriel García Márquez?

Son cuatro destinos literarios atípicos que abarcan todo el arco de la vida humana guardados en sendos libros recientes que hablan del pasado para comprender mejor el presente y avistar el futuro. Un periplo que es un 2×1 porque son los propios escritores quienes sirven de guías por sus obras y confiesan a qué momento de lo escrito por ellos mismos les gustaría ir.

Juan José Millás, coautor, junto a Juan Luis Arsuaga, de La vida contada por un sapiens a un neandertal adelanta que su destino sería el paleolítico, “antes de que todo se jodiera”.

Peter Brown, autor de El mundo de la Antigüedad tardía, quizás viajaría a esos momentos en que la Europa de hoy surge de la mezcla de lo que era con lo venido de Oriente Próximo y el sur del Mediterráneo.

Rodrigo Cortés, autor de Los años extraordinarios, no iría por ninguno de los mundos alternativos que ha creado para su España surrealista, sino que querría volver a 2015, ¿por qué?

Rodrigo García Barcha, autor de Gabo y Mercedes: Una despedida, es la persona perfecta para compartir episodios vividos con sus padres, como aquella madrugada de octubre de 1982 en que a Gabriel García Márquez lo despertó el teléfono con la noticia de que había ganado el Nobel de Literatura.

Como han dicho tantos escritores y lectores a lo largo de la historia, uno de ellos el propio Peter Brown a El País: “si quieres ver las pirámides de Egipto, o conocer Sevilla, ¿por qué no viajas en el tiempo? Viajar amplía la mente; la historia no es solo saber acerca del pasado. Eso es una visión estrecha. Se trata también de conocer un mundo más amplio, ya sea en la actualidad o en el pasado”.

Vacaciones en el paleolítico

La primera parada de este periplo por el tiempo a través de los libros está en los primeros días de nuestra vida. Se trata de La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara), porque, como dice Manuel Vilas, es “un libro que busca entender el misterio de la vida”. Y es verdad, porque Juan José Millás con su curiosidad, ingenio, humor y talento para contar habla y sigue a Arsuaga, gran paleoantropólogo, codirector de la Fundación Atapuerca y director científico del Museo de la Evolución Humana de Burgos. Millás plasma como nadie la sabiduría de Arsuaga y se adentra de una manera hechizante en el origen de la vida conocida, al menos de los humanos. El libro es una biografía de la humanidad y su planeta y cómo se fue modelando gran parte de lo que somos hoy.

Una época a la que le gustaría ir a Juan José Millás es “a ese momento de más felicidad de la Historia que debió ser el paleolítico, porque el Perú se jodió en el neolítico”, dice el escritor en una respuesta metaliteraria a la pregunta que abre la novela de Mario Vargas Llosa Conversación en La Catedral: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

Ese viaje milagroso en el tiempo Juan José Millas lo querría vivir porque es cuando “el hombre del paleolítico era feliz y se movía por todos lados, comía carne magra, se alimentaba bien e incluso dibujaba bisontes maravillosos en las cuevas de Altamira». Y es ahí donde se detiene el escritor: «Y por pedir, me gustaría ser uno de los que pintó esos bisontes. Nunca debimos dejar el paleolítico”.

La respuesta de por qué Millás elige ese periodo la tiene clara y conecta con las preocupaciones del presente: “Es en el neolítico cuando nos volvimos sedentarios, empezamos a tener excedentes y apareció la propiedad privada, el capitalismo. Cada día más antropólogos están de acuerdo en que la invención de la agricultura y la ganadería fue un desastre porque el hombre del paleolítico era feliz en su nomadismo”.

Vacaciones en la Roma del siglo V

Mientras Juan José Millás se queda en las cuevas de Altamira creando arte para deslumbrar en el futuro, Peter Brown da un salto de siglos y arroja luz desde el título de su libro: El mundo de la Antigüedad tardía (Taurus), la Europa de los siglos III al VIII. Un periodo nebuloso, pero que Brown sacó de allí cuando en 1971 publicó este clásico que desmontó teorías, desmitificó creencias y alumbró nuevas tesis:

“Vimos que había un mundo ahí fuera y que no se podía escribir sobre él como si debiéramos correr el telón del Imperio Romano; era una vida nueva para el Imperio Romano, incluso el profeta Mahoma y el islam surgieron de esa cultura, no vinieron del espacio exterior», dijo a El País. Además, añadió: «Parte de las raíces de Europa no están solo en Europa. También están en Oriente Próximo y en el sur del Mediterráneo. Parte de la riqueza de la cultura europea es precisamente su apertura al mundo. En Santa Sofía, en los escritos de los Padres del Desierto…”.

Vacaciones en una España alternativa

Del Millás artista y cazador-recolector del paleolítico y del Brown en la ebullición de un nuevo mundo hace milenio y medio la nueva parada literaria llega a la España del siglo XX. Al menos a la España de historias alternativas y surrealistas, al rosario de ucronías basadas en hechos reales o de pura invención y sueño. Es la creada por el cineasta Rodrigo Cortés en su segunda novela Los años extraordinarios (Literatura Random House), una nave del tiempo muy original, ingeniosa, divertida y entrañable.

El guía es Jaime Fanjul nacido casi con el siglo XX quien termina por alterar la realidad, o reordenarla, bajo las ondas del disparate o del ingenio de la mente de un niño travieso. Es una invitación a la imaginación sin fronteras, reivindica al niño que cada persona lleva dentro, un canto a la libertad de crear con una prosa muy amena llena de humor.

Elegir un destino para viajar a Los años extraordinarios, como su nombre indica, no fácil ni para su propio autor. Cortés admite que no querría ir a ninguna época de las allí abordadas: “Los años extraordinarios no transcurre exactamente en nuestro tiempo y espacio, más bien en su vía de servicio”.

Aunque luego sí se atreve a señalar un momento del tiempo: “Adonde de verdad me gustaría viajar es a 2015; saber qué pensaba aquella gente, qué comía, cómo hablaba, qué programas de televisión veía…”. El cineasta y escritor se decanta por las antevísperas de este presente lleno de incertidumbre, ¿acaso ve ahí las raíces con las que se jodío el presente, aunque Millás las vea en el neolítico y Brown en la Europa del primer milenio?

Lo cierto es que bien vale la pena ver cómo Jaime Fanjul se gana la vida con el trabajo de estropear cosas. En un momento de la novela se dice: “Ustedes, los españoles, están siempre con problemas. Viven atribulados”, con lo cual, siguiendo el juego literario, surge la pregunta de si, acaso, en ese mundo alternativo estaría la respuesta a la fama de envidiosos que tienen los españoles al querer hacerle la competencia al taller de Fanjul de estropear cosas.

Rodrigo Cortés lo aclara: “El taller de estropeos de Fanjul nada tiene que ver con la envidia. El estropeo es un arte minucioso que en nada se parece al destrozo: consiste en adentrarse en el alma de algo hasta encontrar su sagrado meollo, para alterar luego su propósito. Hay estropeos técnicos, poéticos, filosóficos… En una ocasión, Jaime estropea un billete de cinco francos y logra que no le den por él nada que cueste más de dos. Es todo un arte”.

Vacaciones en Macondo

Y de esos viajes lejanos y locos a la intimidad y vida cotidiana de la familia de García Márquez. A los últimos días del escritor colombiano fallecido el 17 de abril de 2014 y de su esposa, Mercedes Barcha, el 15 de agosto de 2020. Dos momentos tristes pero que también sirven a su hijo Rodrigo para evocar algunos pasajes especiales en Gabo y Mercedes: Una despedida (Literatura Random House).

La escritura de este libro generoso y bonito fue un viaje constante con su pasado para este director de cine, como lo es para los lectores que conectan momentos personales de la vida del Nobel colombiano con algunos episodios de su obra

Es el caso de un día del año 1966 en Ciudad de México cuando Gabriel García Márquez, en plena escritura de Cien años de soledad, subió a su habitación muy triste y su esposa al verlo supo lo que acababa de suceder: el coronel Aureliano Buendía acababa de morir en la novela. Los dos guardaron silencio.

Su madre, cuenta Rodrigo García, nunca leía los borradores de las obras de García Márquez: “A ella le gustaba leer esos libros ya terminados, editados y empastados. Aunque ella no estaba muy enterada de los detalles del proceso de escritura sabía de la importancia del coronel Aureliano Buendía, inspirado en el abuelo materno de mi papá, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Sabía lo que mi padre sentía por el personaje. Eso es justamente lo que hace una pareja, reconocer la importancia que tienen las cosas para la otra persona. En ese sentido es una anécdota que habla de su intimidad”.

El periplo de este viaje literario en el tiempo no termina aquí, sino que da un salto a otra dimensión porque García Márquez creó un mundo propio que revive en las palabras de su hijo Rodrigo. Con la historia del coronel Aureliano Buendía que después de ver el desfile del circo por las calles del pueblo muere orinando bajo el castaño en el solar de su casa viene a la memoria Macondo, ese territorio mítico que muchos querrían conocer. Y al que los Buendía y los millones de lectores de todo el mundo entran sin retorno desde la primera frase de Cien años de soledad, y ya para siempre al final del primer capítulo cuando José Arcadio, Úrsula Iguarán y los demás iban por la selva y:

“Durante una semana, casi sin hablar, avanzaron como sonámbulos por un universo de pesadumbre, alumbrados apenas por una tenue reverberación de insectos luminosos y con los pulmones agobiados por un sofocante olor de sangre. No podían regresar, porque la trocha que iban abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco tiempo, con una vegetación nueva que casi veían crecer ante sus ojos. ‘No importa’, decía José Arcadio Buendía. ‘Lo esencial es no perder la orientación.’ Siempre pendiente de la brújula, siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que lograron salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas, pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más que un apretado bosque de flores”.

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