Aviones de combate. /Pixabay
El origen y las causas de las guerras: por qué la humanidad sigue en conflicto
Tras el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán y la muerte del ayatolá Ali Jameneí, que se suma a los conflictos de Ucrania y Gaza, la guerra vuelve a tensionar al mundo. Dos libros de Richard Overy y Alfredo González Ruibal rastrean, desde la prehistoria hasta hoy, por qué la guerra ha sido una constante: ¿Instinto de supervivencia? ¿Biología? ¿Anomalía humana? ¿O se trata de la tríada poder, egoísmo y narcisismo?
En el mismo momento en que el ser humano vislumbró su evolución y progreso, engendró también su propio calvario de perdición: la guerra. Hace unos quince mil años comenzó esta larga deriva con la creación del arco y la flecha. Desde entonces, la humanidad ha avanzado por un camino minado de batallas, conflictos y tierras manchadas de sangre. Una masacre en una aldea al sur de Polonia, hace unos 2800 años, según hallazgos arqueológicos de la fosa de Koszyce, habría puesto fin al Neolítico y abierto la era de la guerra.
¿Por qué? ¿Está en los genes? ¿Desde cuándo la guerra es la solución? Si lo que diferencia al Homo sapiens de otras especies animales es su capacidad de razonar y de tener sentimientos y gestionarlos, ¿por qué persiste el impulso de aniquilar al otro? ¿Dónde quedan la solidaridad, la búsqueda de armonía, el avance mancomunado y la comprensión que hace avanzar a la sociedad?
¿Es la tríada letal de poder, egoísmo y narcisismo?
Hoy, esa ruta acaba de activar otra mina de esquirlas impredecibles a escala mundial: Estados Unidos e Israel han atacado a Irán y han matado al ayatolá Alí Jameneí, gobernante de un sistema teocrático férreo durante cuatro décadas. La operación se ha justificado en nombre de la seguridad global, con el objetivo de impedir el desarrollo de armas nucleares, y de la libertad de los iraníes.
Una guerra de efectos planetarios que agrieta, aún más, la geopolítica internacional y tensiona al mundo como pocas veces desde el final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945): hay 56 conflictos armados activos.
La chispa que se acaba de encender en Irán se suma a otras dos muy desestabilizadoras: la de Ucrania, desde 2022, debido a la invasión rusa que reclama territorios de ese país europeo, y la de Gaza-Palestina, recrudecida desde 2023, pero que data desde 1948, con los ataques israelíes para eliminar a los terroristas de Hamás, y que ha dejado tierra arrasada.
En total, existen más de cien conflictos abiertos, latentes y de distinta intensidad, así como violencia de grupos armados internos. En África están los de Sudán, Somalia, República Democrática del Congo, Burkina Faso y Nigeria; mientras que en Asia continúan los de Myanmar y Afganistán.
Pero ninguna región tan inestable como Oriente Medio y Próximo poblada, desde sus orígenes milenarios, de múltiples etnias, creencias religiosas, hábitos culturales y sociales e intereses regionales e internacionales, sobre todo por el petróleo.
Olivier Guez, uno de los periodistas y escritores que mejor conoce la zona, como lo demuestra en su novela Mesopotamia (Tusquets), sobre la vida de Gertrude Bell (1868-1926), una de las personas más influyentes en la configuración de ese Oriente moderno, aseguró en una entrevista a WMagazín:
“Lo que más me chocó fue la indolencia con la que todos esos países de Oriente Medio fueron creados como un juego. Rivalidad entre Francia, Inglaterra, dos chavales que se pelean y dicen: ‘Esto es mío, esto es mío, esto me toca a mí’. Estos tres locos: Lawrence de Arabia, Gertrude Bell y Winston Churchill fueron tres personajes alocados que crearon el Oriente Medio moderno. Lo que pasa es que las consecuencias son tremendas y no hemos salido de ello todavía, porque nada podía reemplazar al Imperio Otomano. Una región siempre dominada por los grandes imperios, gobernanza imperial, y donde el Estado nación a la europea no tiene ninguna legitimidad. Irak no existía. Líbano no existía. Siria no existía. Israel, si nos remontamos a los tiempos bíblicos, como Egipto, no tienen fronteras naturales. ¿Cómo se recorta un desierto cuando no hay ríos, no hay Pirineos? Así que hicieron un poco cualquier cosa globalmente”.
Mientras unos hacen la guerra, la ciencia, los estudiosos y la gente siguen haciéndose la misma pregunta: ¿por qué la guerra?
La bibliografía que intenta responder a esta pregunta es extensa. Dos libros recientes abordan este interrogante sombrío desde perspectivas complementarias: uno desde la arqueología y la historia; el otro desde la historia, la antropología y las humanidades.
Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI (Crítica, 2023), de Alfredo González Ruibal, sigue el rastro de este comportamiento a través de las pistas encontradas a lo largo de milenios.
¿Por qué la guerra? (Traducción de Francisco García Lorenzana – Tusquets, 2025), de Richard Overy, levanta una cartografía intelectual sobre las causas y motivos que empujan a los humanos a estos enfrentamientos encarnizados, a partir de las ideas de la biología, la ciencia en general, la antropología y la cultura.
Richard Overy ofrece los estudios alrededor de esa pregunta de ¿por qué la guerra? Y deja el lector la decisión de si se trata de un instinto de supervivencia de un orden natural que escapa al raciocinio, si es un producto cultural con lo cual es domesticable, o si el hecho violento colectivo lo desatan una o varias personas como anomalías de la conducta, que seres que desde lo más humano, se deshumanizan.
En los dos libros hay datos científicos que demuestran la evolución cerebral y emocional humana en pos del avance armónico en grupo.
A continuación, los orígenes de la guerra según Alfredo González y Richard Overy:

Tierra arrasada. Un viaje por la violencia del Paleolítico al siglo XXI
Por Alfredo González
“Es probable que la violencia organizada surgiera al mismo tiempo que se detectan otros comportamientos característicos de los seres humanos modernos, como la decoración corporal, hace unos 150.000 años. Y es muy posible que tenga que ver con cuestiones evolutivas: los humanos anatómicamente modernos tienen mayor capacidad de pensamiento simbólico, pueden comunicar mensajes complejos a través de lenguaje y sus formas de sociabilidad y cooperación son más sofisticadas. La cooperación puede ponerse al servicio tanto de objetivos pacíficos como violentos: pintar Altamira u organizar una razia. Además, mayores niveles de pensamiento simbólico implican también un mayor desarrollo de la identidad colectiva. Y pocas cosas causarán tantos muertos a lo largo de la historia como la noción de pertenencia a un determinado grupo.
La primera arma letal
Los testimonios de violencia colectiva en Europa durante el Paleolítico Superior (40.000-12.000 años a. C.) todavía son escasos. (…) Es en el Paleolítico Superior cuando surge un invento que hará la violencia colectiva más letal. El invento más importante en la historia de la guerra hasta la generalización de las armas de fuego a inicios de la edad moderna. Hablo del arco y las flechas.
No disponemos de una datación precisa de su origen, aunque se cree que en Europa se comenzaron a usar a finales del Paleolítico Superior, hace unos veinte mil años. Que son armas eficaces está fuera de toda duda, porque se siguen empleando actualmente y conviven con los fusiles automáticos y los misiles intercontinentales. (…)
Las heridas de proyectiles comienzan a ser frecuentes en el Mesolítico, el período de los últimos cazadores-recolectores, que se desarrolló entre 15.000 y 5.000 años antes del presente en Europa; las fechas varían porque en algunos lugares desaparecieron antes que en otros. Durante esa época, el hielo retrocedió y Europa se cubrió de bosques. Las poblaciones de cazadores-recolectores se adaptaron al nuevo medio y practicaron una economía diversa que iba desde la caza de ciervos a la pesca y el marisqueo.
Un continente con baja densidad de población, clima templado y lleno de recursos podría parecer el paraíso. Y en buena medida lo fue, pero los traumas en los huesos indican que también hubo conflicto. En un estudio de todos los casos de trauma conocidos, se ha observado que se pasa de 13 a 60 lesiones contusas (provocadas por golpes) entre el Paleolítico Superior y el Mesolítico. Y de 3 a 17 heridas de proyectil. Y no solo eso: las heridas se vuelven más graves y en muchos casos mortíferas, porque se incrementa la cantidad de traumas perimortem frente a los ante mortem. Son numerosos los restos humanos mesolíticos descubiertos con impactos de flecha o fracturas craneales. Todo indica que existe ya violencia coalicional. No obstante, las fosas comunes aún son raras. (…)
“Un cementerio de hace 13.400 años confirma la violencia generalizada del Paleolítico”. El titular de periódico no deja lugar a dudas: los cazadores-recolectores de la Prehistoria vivían en conflicto constante. El titular hace referencia al cementerio de Jebel Sahaba, en Sudán, una de las dos masacres que conocemos de cazadores-recolectores prehistóricos. La de Jebel Sahaba fue la primera en ser descubierta. Y ni siquiera está claro que fuera realmente una masacre. (…)
La primera guerra
Durante unos doscientos años, los grupos pre-indoeuropeos de la cultura de las Ánforas Globulares y las comunidades indoeuropeas de la Cerámica de Cuerdas vivieron puerta con puerta hasta que finalmente la segunda absorbió por completo a la primera. Prueba de que la absorción no siempre fue pacífica es la fosa de Koszyce, al sur de Polonia. Se fecha con precisión gracias a varias fechas radiocarbónicas entre 2880 y 2776 a. C. Se trata del último siglo de la cultura de las Ánforas Globulares, a la que pertenecían los individuos enterrados. En su interior aparecieron los restos de quince personas, ocho individuos masculinos y siete femeninos. A todos los asesinaron con golpes en la cabeza. (…)
Es evidente que quienes enterraron a las víctimas las conocían bien, dado que todos los miembros de la misma familia se encuentran juntos. Y aunque se trata de una fosa común, los cuerpos están dispuestos con esmero y acompañados de ajuar. En este caso, no obstante, no fueron las mujeres las que realizaron el entierro. No pudieron porque las habían asesinado. Fueron, muy probablemente, hombres, porque están infrarrepresentados en la muestra. Y esto nos dice algo más sobre cómo fue la masacre.
Los varones del poblado han salido con el ganado o quizá a buscar a una partida de guerreros de la cultura de la Cerámica de Cuerdas, pues hace días que llegan noticias de extraños merodeando por los alrededores. Se han marchado antes del amanecer, cuando sus familias todavía dormían. Si buscaban al enemigo, no les hacía falta haber ido muy lejos. Porque el enemigo esperaba escondido en el bosque, observando a los hombres que dejan atrás el poblado indefenso. Cuando están seguros de que se encuentran suficientemente lejos y de que no oirán los gritos, se lanzan al ataque. Armados con sus hachas de combate, entran en el poblado aullando y comienzan a asesinar uno a uno a sus habitantes, mujeres y niñas que corren despavoridas antes de caer al suelo con el cráneo roto. Los hombres llegan al atardecer y lo primero que notan es el silencio. Y la sangre que empapa el suelo. Después, los cuerpos destrozados de sus esposas y de sus hijos.
Ha acabado el Neolítico. Ha empezado la guerra.
***

¿Por qué la guerra?
Por Richard Overy
¿La violencia es genética?
Desde que en el siglo XIX el padre de la teoría de la evolución, el británico Charles Darwin, sostuviera la idea de que todas las especies están inmersas en una “lucha por la supervivencia”, la relación entre biología y guerra ha sido uno de los temas más polémicos en los intentos por explicar por qué se pelean los humanos. El anatomista neodarwinista Arthur Keith, que escribía a mediados del siglo pasado, sostuvo la idea de que la guerra era biológicamente útil para que las comunidades humanas eliminaran a los débiles y fortalecieran a los fuertes. Asumió que eso era una ley de la naturaleza. En una reunión en 1986 en la ciudad española de Sevilla, un grupo internacional de veinte científicos prominentes procedentes de todo un abanico de disciplinas humanas intentó dar la vuelta por completo al esfuerzo científico de explicar la guerra como algo dictado por la biología, que consideraban una distorsión perniciosa. En noviembre de 1989, la Unesco adoptó la declaración de Sevilla para otorgarle un carácter formal; se difundió y republicó ampliamente en 2002. La iniciativa no acabó con el debate. Aunque en la actualidad ningún científico respalda la cruda metáfora de Keith, la biología sigue siendo, de una u otra manera, un punto de referencia central en el debate sobre la guerra.
La biología, o en un sentido más estricto la biología evolutiva, presenta su candidatura muy firme de ser la primera ciencia que se ocupa de la cuestión de por qué los humanos hacen la guerra, pero esto está muy alejado de las intenciones de Darwin. Su afirmación de que todas las especies están inmersas en una lucha por la supervivencia formaba parte de la historia natural, diseñada para explicar cómo las plantas y los animales se adaptan en términos evolutivos ante las presiones del entorno o la competencia dentro o entre especies.3 En este sentido, la “lucha” era una metáfora, no un sinónimo de guerra. Se refirió más directamente a la posibilidad del conflicto humano ancestral en El origen del hombre, publicado en 1871, pero también en este caso se trata de un elemento periférico a su ambición más significativa de explicar cómo evolucionan los humanos, en especial a través de la selección sexual. (…)
“Biología de la paz”
Se ha demostrado que de la lectura de Darwin es más fácil derivar una “biología de la paz” que una selección biológica por la guerra. El desarrollo de la ciencia genética después de 1900 demostró las dificultades para sugerir una disposición hereditaria hacia el conflicto, mientras que el argumento de que la guerra era útil como medio para asegurar la supervivencia de los biológicamente más aptos quedó ridiculizada después de la Primera Guerra Mundial a causa de los efectos obviamente disgénicos de un conflicto que mató a millones de hombres jóvenes y aptos, dejando a los menos aptos en casa. La biología evolutiva académica después de la guerra se centró más en el mundo natural no humano y en la predicción de la variación de las especies. La guerra como un medio para la selección evolutiva de la población humana siguió siendo una cuestión de creencia más que de certidumbre científica. (…)
Aunque la violencia entre los primates puede tener una raíz antigua y común, los humanos de hace unos dos millones de años evolucionaron muy pronto de manera muy diferente de otros primates, sobre todo desarrollaron un cerebro mucho más grande y complejo que permitió la aparición de unas habilidades cognitivas únicas, incluidos el lenguaje, el dominio de tecnologías primitivas y una amplia variedad de culturas.
Los primeros prehumanos tenían una capacidad cerebral de unos 400 centímetros cúbicos; los primeros homínidos tenían una capacidad cerebral de unos 600 centímetros cúbicos; el Homo sapiens tiene una capacidad cerebral de 1.370 centímetros cúbicos. El córtex cerebral pudo evolucionar para aumentar la capacidad humana de descubrir cómo sobrevivir mediante la selección de usar la “agresión predatoria” contra predadores no humanos o en competición con otros humanos. Los que tenían cerebros más grandes pudieron ser capaces de empujar hacia ambientes marginales a los homínidos menos adaptados, donde sus posibilidades de supervivencia se redujeron en gran medida.
Hasta qué punto la evolución de estos cambios fisiológicos hizo posible o probable la violencia coalicional está abierto a la especulación, pero no parece probable que la violencia sea una réplica exacta de la violencia entre los chimpancés u otros primates. De hecho, es precisamente lo que diferencia la evolución humana de la de sus parientes primates más cercanos lo que hace que sea difícil sostener la tesis de la continuidad entre el comportamiento chimpancé y el humano (y, por tanto, los patrones de agresividad).
A lo largo de millones de años de desarrollo, los chimpancés solo han sido capaces de usar palos y piedras para buscar alimentos o de manera muy ocasional para apalear a un vecino hasta la muerte; a lo largo del mismo periodo de tiempo, los humanos han pasado del uso de palos y piedras a desarrollar la bomba termonuclear.
- ¿Por qué la guerra? Richard Overy. Traducción: Francisco García Lorenzana (Tusquets).
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