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Detalle de la portada de ‘El gran Gatsby’, de Francis Scott Fitzgerald, en Anagrama. /Obra: ‘Pareja descendiendo la escalera’, de J. C. Leyendecker (1925)

‘El gran Gatsby’, ‘1984’, ‘El maestro y margarita’, ‘La señora Dalloway’ y otros libros y autores que entran a dominio público

En 2021 varias obras importantes han quedado libres de derechos de autor y con acceso a todo el mundo. WMagazín, en compañía de Endesa, celebra esta divulgación de la literatura con bellos pasajes de estos clásicos del siglo XX

«De la casa de mi vecino brotaba la música durante las noches de aquel verano. En sus jardines azules, y entre los susurros, el champán y las estrellas, los hombres y muchachas iban y venían como mariposas. (…) Al menos una vez cada quince días hacía su aparición un ejército de especialistas con cientos de metros de lona y suficientes lámparas de colores para convertir el enorme jardín de Gatsby en un árbol de Navidad…»: El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.

Este clásico del escritor estadounidense es uno de los libros que en 2021 ha quedado libre de protección de derechos de autor, es decir que es de dominio público y todas las personas tienen acceso a él. Junto a esta obra otras como La señora Dalloway, de Virginia Woolf; Manhattan transfer, de John Dos Passos; 1984, de George Orwell; El maestro y margarita, de Mijaíl Bulgákov; El oficio de vivir, de Cesare Pavese; Habitación con vistas, de E. M. Forster; Confesiones de una máscara, de Yukio Mishima…

Cada enero los lectores están atentos a ver cuáles son los autores y obras que quedan libres de protección de derechos y disponibles para su acceso. La legislación cambia según los países entre los 95 años de publicación de la obra en Estados Unidos, a los 80 de la muerte del autor en España, los 70 de la mayoría de países latinoamericanos y europeos y los 50 de africanos y asiáticos. Para las obras póstumas la liberación de derechos se aplica a partir de los 25 años de publicado el libro. Pero las traducciones sí conservan los derechos.

Esto significa, por ejemplo, que en internet estas obras se pueden divulgar completas en su original, y no solo fragmentos como hasta ahora, o que alguien pueda trabajar sobre ellas creando versiones, desde un cómic hasta una canción, sin pagar derechos de autor. Esta situación de entrar a dominio público suele dar una segunda vida a muchas de esas obras y autores al estar disponibles. Sin embargo, hay que tener cuidado con qué versiones o traducciones se leen en el dominio público por su calidad.

Seis de los libros que han entrado a dominio público en 2021. /WMagazín

WMagazín, en compañía de Endesa, celebra la creación de esas obras y su disponibilidad a todo el mundo con una de las mejores maneras posibles: con hermosos pasajes de esos libros, una celebración de la literatura y la lectura:

'1984', de George Orwell, entró a dominio público en 2021. /WMagazín

Pasajes memorables de obras clásicas

1984, de George Orwell

Era un día frío y luminoso de abril y los relojes estaban dando las trece. Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en un esfuerzo por escapar al desagradable viento, pasó a toda prisa entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no lo bastante rápido para impedir que se colara tras él un remolino de polvo y suciedad.

El vestíbulo olía a col hervida y a esteras viejas. En un extremo habían colgado en la pared un cartel coloreado y demasiado grande para estar en el interior. Representaba solo una cara enorme de más de un metro de ancho: el rostro de un hombre de unos cuarenta y cinco años, con un espeso bigote negro y facciones toscas y apuestas. Winston se dirigió a las escaleras. Era inútil tratar de coger el ascensor. Raras veces funcionaba y en esos días cortaban la corriente eléctrica durante las horas diurnas. Era parte del impulso del ahorro en preparación para la Semana del Odio. El apartamento estaba en el séptimo, y Winston, que tenía treinta y nueve años y una úlcera varicosa en el tobillo derecho, subió despacio, parándose a descansar varias veces. En cada rellano, enfrente del hueco del ascensor, el cartel con el rostro gigantesco le contempló desde la pared. Era uno de esos carteles pensados para que los ojos te sigan cuando te mueves. «El Hermano Mayor vela por ti», decía el eslogan al pie.

‘El gran Gatsby’, de Francis Scott Fitzgerald, entró a dominio público en 2021. /WMagazín

El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald

Cuando era más joven y más vulnerable, mi padre me dio un consejo en el que no he dejado de pensar desde entonces.

«Siempre que sientas deseos de criticar a alguien —me dijo—, recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti.»

Eso fue lo único que dijo, pero como siempre nos lo hemos contado todo sin renunciar por ello a la discreción, comprendí que su frase encerraba un significado mucho más amplio. El resultado es que tiendo a no juzgar a nadie, costumbre que ha hecho que me relacione con muchas personas interesantes y me ha convertido también en víctima de bastantes pelmazos inveterados. Las personalidades peculiares descubren enseguida esa cualidad y se aferran a ella cuando la encuentran en un ser humano normal, y por eso en la universidad se me llegó a acusar injustamente de hacer política, porque estaba al tanto de las penas secretas de jóvenes alborotadores que eran un misterio para otros. Yo no buscaba casi nunca aquellas confidencias: con frecuencia fingía dormir, o estar preocupado, o adoptaba una actitud hostilmente irónica cuando algún signo inconfundible me hacía prever que una revelación de carácter íntimo se perfilaba en el horizonte; porque las confidencias de los jóvenes, o al menos los términos en los que las expresan, suelen ser plagios y estar viciadas por evidentes supresiones. Suspender el juicio conlleva una esperanza infinita. Todavía temo perderme algo si olvido que, como mi padre sugería de manera un tanto esnob, y yo repito aquí con el mismo espíritu, la conciencia de las normas básicas de conducta se reparte de manera desigual al nacer.

Por lo que, después de haber presumido de mi tolerancia, he de confesar que esta tiene un límite. El comportamiento puede estar fundado sobre roca o en terreno pantanoso, pero más allá de cierto punto me da lo mismo cuál sea su base. Cuando volví de la costa Este el otoño pasado noté que deseaba vestir al mundo de uniforme para que adoptara de una vez por todas algo así como una «posición de firmes» moral; no deseaba más desenfrenadas excursiones con privilegiados vislumbres del alma humana. Tan solo Gatsby, el hombre que da título a este libro, quedaba al margen de aquella reacción mía: Gatsby, que representaba todo aquello que desprecio sinceramente. Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos que tienen éxito, no hay duda de que había algo espléndido en él, cierta exaltada sensibilidad ante las promesas de la vida, como si estuviera conectado a uno de esos complicados mecanismos que registran terremotos producidos a quince mil kilómetros de distancia. Esa sensibilidad no tiene nada que ver con la floja impresionabilidad a la que se procura ennoblecer llamándola «temperamento creador»: el de Gatsby era un don extraordinario para la esperanza, una disponibilidad romántica como nunca he hallado en otra persona y no es probable que vuelva a encontrar. No; Gatsby demostró su valía al final; fue lo que se cebó en él, el sucio polvo que levantaron sus sueños lo que provocó durante algún tiempo mi desinterés por las penas infructuosas y las alegrías alicortas de los seres humanos.

  • El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Justo Navarro (Anagrama).
‘El maestro y margarita’ de Mijaíl Bulgákov, entró a dominio público en 2021. /WMagazín

El maestro y margarita, de Mijail Bulgakov

«Un día tórrido de primavera, a la hora en que el sol se ponía, aparecieron en los Estanques del Patriarca dos ciudadanos. El primero de ellos —de unos cuarenta años, vestido con un traje gris de verano— era de baja estatura, moreno, regordete, calvo, llevaba un elegante sombrero fedora en la mano, y su rostro, pulcramente afeitado, estaba adornado con unas gafas de un tamaño sobrenatural con montura negra de carey. El segundo —un joven espaldudo, de pelo crespo y rojizo, con una gorra de cuadros echada hacia la nuca— vestía una camisa de cowboy, pantalones blancos arrugados y zapatillas negras.

El primero era nada menos que Mijaíl Aleksándrovich Berlioz, editor de una voluminosa revista de artes y letras y presidente del consejo de una de las mayores asociaciones literarias de Moscú, abreviada como Massolit, y su joven acompañante era el poeta Iván Nikoláievich Poniriov, que escribía con el seudónimo de Bezdomni.

En cuanto los escritores llegaron a la sombra de unos tilos recién florecidos, su primer impulso fue apresurarse a un colorido quiosco con el letrero de «cervezas y gaseosas».

Por cierto, hay que señalar la primera anomalía de esa terrible tarde de mayo. No solo junto al quiosco, sino también a lo largo de todo el paseo paralelo a la calle Málaia Brónnaia, no se veía ni un alma. A esa hora, cuando parecía que no había fuerzas para respirar, cuando el sol, después de haber abrasado Moscú, se hundía en una calina seca en algún punto detrás de Sadóvoie Koltsó, nadie había ido a cobijarse debajo de los tilos, nadie se sentaba en los bancos, el paseo estaba desierto.

—Deme una Narzán —pidió Berlioz.

—No hay —respondió la quiosquera y, quién sabe por qué, se ofendió.

—¿Tiene cerveza? —indagó Bezdomni con voz ronca.
—La cerveza la traerán por la noche —contestó la mujer.

—¿Qué hay, pues? —preguntó Berlioz.
—Refresco de albaricoque, pero caliente —dijo ella.

—¡Bueno, tráigalo, vamos, vamos…!

El refresco formó una abundante espuma amarilla, y en el aire flotó un olor a peluquería. Después de saciar su sed, a los literatos les dio al instante un ataque de hipo, pagaron y se sentaron en un banco de cara al estanque y de espaldas a la calle Brónnaia.

Y aquí ocurrió la segunda anomalía, solo en relación con Berlioz. De repente paró de hipar, el corazón le latió con fuerza y desapareció por un momento; luego volvió, pero con una aguja sin punta clavada en él. Además, Berlioz fue presa de un miedo infundado, pero tan intenso, que sintió el deseo de huir de inmediato de los Estanques del Patriarca sin volver la vista atrás.

Berlioz miró con angustia a su alrededor, sin entender qué le había asustado. Palideció, se secó la frente con un pañuelo y pensó: «¿Qué tengo? Esto nunca me había pasado… Mi corazón hace de las suyas… Me he cansado más de la cuenta… Quizá haya llegado el momento de mandarlo todo al infierno y de irme a Kislovodsk…».

Y entonces el aire canicular se espesó ante él, y un ciudadano transparente de aspecto estrafalario se entretejió de ese aire. Con una gorrita de jockey en su cabecita, y una raquítica chaquetita de cuadros también etérea… El ciudadano medía unos dos metros, pero era estrecho de espaldas, de una delgadez inverosímil, y tenía una cara —ruego que tomen nota— burlona.

La vida de Berlioz había discurrido de tal manera que no estaba acostumbrado a fenómenos insólitos. Aún más pálido, abrió mucho los ojos y pensó, desconcertado: «¡No puede ser…!».

Pero, por desgracia, sí que era, y ese sujeto larguirucho a través del cual se podía ver se balanceaba a derecha e izquierda delante de él, sin tocar el suelo».

‘El oficio de vivir’, de Cesare Pavese, entró a dominio público en 2021. /WMagazín

El oficio de vivir, de Cesare Pavese

«Ciertas acciones triviales o indiferentes que me producirían un malestar absoluto —hacer la cama cuando me quedo en casa por la mañana, gastar mucho para obsequiar a alguien que se lo espera, lavarme con mucho jabón, etcétera—, me producen un horror instintivo, y para cometerlas —cuando pienso en ellas— tengo que hacer un gran esfuerzo. Ésta es la huella de una educación infligida con dureza a una índole de por sí sensibilísima y tímida. Es el resto de los terrores de tanta infancia mía. ¡Y pensar que los míos no eran malos ni extremados! Pero, entonces, ¿Cómo han debido evolucionar los verdaderamente maltratados?

Para mí es extraño, y siempre un asombro, el darme cuenta de pronto de que puedo hacer ciertas cosas tranquilamente, que nadie me lo prohíbe o deduces que no está prohibido disfrutar lo que se hace en vez de hacerlo secamente. He aquí explicada mi capacidad poética: encontrándose en un estado de endurecimiento, sentir la voluptuosidad de fundirse, de ablandarse —voluptuosidad que durará mucho tiempo, hasta que haya volatilizado todo ese escollo de mi infancia.
[…]

La mejor defensa contra un amor es repetirse, hasta el bourrage que esta pasión es una tontería, que no vale la pena, etcétera. Pero la tendencia de un amor es precisamente hacernos creer que se trata de un gran acontecimiento, y su belleza consiste precisamente en la ininterrumpida conciencia de que algo extraordinario, inaudito, nos está sucediendo. »

 

‘La señora Dalloway, de Virginia Woolf, entra a dominido público en 2021. /WMagazín

La señora Dalloway, de Virgina Woolf

La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores.

Porque Lucy tenía trabajo más que suficiente. Había que desmontar las puertas; acudirían los hombres de Rumpelmayer. Además, pensó Clarissa Dalloway, qué mañana… diáfana, como regalada a unos niños en la playa.

¡Qué aventura! ¡Qué zambullida! Porque esa era siempre la impresión que tenía cuando, con un leve chirrido de los goznes, que ahora le pareció oír, abría de par en par las puertas vidrieras y se sumergía en el aire libre de Bourton. Qué diáfano, qué calmo, más manso que este desde luego, era el aire a primera hora de la mañana; como el golpe de una ola; como el beso de una ola; fresco y penetrante y sin embargo (para una muchacha de dieciocho años, como era ella entonces) solemne, con la sensación que la embargaba, ante la vidriera abierta, de que algo espantoso estaba a punto de ocurrir; mientras miraba las flores, los árboles con el humo que se enroscaba a su alrededor y los grajos que ascendían y descendían; y lo contempló hasta que Peter Walsh dijo: «¿Meditando entre las hortalizas?» —¿fue eso?—. «Prefiero los hombres a las coliflores» —¿fue eso?—. Seguramente lo dijo a la hora del desayuno, una mañana en que ella salió a la terraza. Peter Walsh. Regresaría de la India un día de estos, en junio o julio, había olvidado cuándo, porque sus cartas eran aburridísimas; lo que se recordaba era lo que decía; sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, su malhumor y, cuando millones de cosas se habían desvanecido del todo —¡qué extraño era!—, unas cuantas frases como esa sobre las coles.

Se envaró un poco en el bordillo esperando a que pasara la furgoneta de Durtnall. Una mujer encantadora la consideraba Scrope Purvis (que la conocía como se conoce en Westminster a quien vive en la casa de al lado); tenía algo de ave, de arrendajo, verde azulado, ligera, vivaz, aunque ya había cumplido los cincuenta y se había vuelto muy pálida a raíz de la enfermedad. Y allí estaba posada, sin verlo, esperando para cruzar, muy erguida.

‘Manhattan Transfer’, de John Dos Passos, entró a dominio público en 2021. /WMagazín

Manhattan transfer, de John Dos Passos

EMBARCADERO

Tres gaviotas giran sobre las cajas rotas, las cáscaras de naranja, los repollos podridos que flotan entre los tablones astillados de la valla. Las olas verdes espumajean bajo la redonda proa del ferry que, arrastrado por la marea, hiende el agua, resbala, atraca lentamente al embarcadero. Manubrios que dan vueltas con un tintineo de cadenas, puertas que se levantan, pies que saltan a tierra. Hombres y mujeres entran a empellones en el maloliente túnel de madera, apretujándose y estrujándose como las manzanas al caer del saetín a la prensa.

La enfermera, llevando la cesta en el brazo estirado, como si fuera un orinal, abrió la puerta de una gran sala excesivamente recalentada. En el aire impregnado de olor a alcohol y a yodoformo, ásperos berridos subían en espiral de otras cestas colocadas a lo largo de las paredes verdosas. Al dejar la cesta en su sitio le echó una mirada con los labios fruncidos. El recién nacido se retorció débilmente entre algodones como un hervidero de gusanos.

En el ferry iba un viejo tocando el violín. Tenía una cara de mona, toda torcida de un lado, y llevaba el compás con la punta de un zapato de charol resquebrajado. Bud Korpenning, sentado en la barandilla, de espaldas al río, le miraba. La brisa le alborotaba el pelo alrededor del borde ajustado de su gorra, y secaba el sudor de su frente. Tenía los pies llenos de ampollas, estaba hecho polvo, pero cuando el ferry se alejó del embarcadero cabalgando sobre la rizada superficie del río, sintió por todas sus venas un cálido hormigueo.

—Oiga, amigo, ¿hay mucho desde donde desembarcamos hasta la ciudad? —preguntó a un joven de sombrero de paja y corbata a rayas blancas y azules, que estaba en pie junto a él.

La mirada del joven subió desde los zapatos deformados por la caminata hasta las muñecas rojas de Bud, que asomaban por las rozadas mangas de su chaqueta, atravesó su delgado pescuezo de pavo y fue a clavarse impúdicamente en sus ojos resueltos, sombreados por una visera rota.

—Depende de adonde quiera usted ir.

  • Manhattan transfer. John Dos Passos. Traducción de José Robles Piquer (Debolsillo).

 

Seis de los libros que han entrado a dominio público en 2021, de izquierda a derecha y de arriba a bajo con portadas en sus idiomas: ‘El gran Gatsby’, de Fitzgerald; ‘La señora Dalloway’, de Woolf; ‘El oficio de vivir’, de Pavese; ‘Manhattan Transfer’, de Dos Passos; ‘1984’, de Orwell’: y ‘El maestro y margarita’, de Bulgákov. /WMagazín
Las mejores portadas de libros del año 2020 en WMagazín. / Gif de Luis Manrique-WMagazín

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