Detalle de la portada de ‘Hamlet. Príncipe de Dinamarca’, de William Shakespeare, en Libros del Zorro Rojo. Una reedición que recupera las ilustraciones de 1922 de John Austen, representativas de la Edad Dorada de la ilustración, que combinan rasgos del art nouveau y el art déco. /WMagazín
‘Hamlet’, de Shakespeare, y ‘Hamnet’, de O’Farrell, (1): análisis de un clásico eterno de la literatura
La historia sobre el joven príncipe de Dinamarca cobra una gran vigencia con la adaptación al cine de la novela de la escritora irlandesa Maggie O'Farrell que ficciona sobre cómo la muerte de Hamnet, el hijo pequeño del genio de la literatura, habría inspirado su obra maestra. Recordamos la entrevista con la autora y un extracto del experto Alan Sinfield en la introducción de la obra de Shakespeare en Penguin Classics
Ser o no ser. Esa es la cuestión.
Morir: dormir, nada más.
¡Morir…, dormir! ¡Dormir!… Tal vez soñar.
Palabras, palabras, palabras.
La conciencia nos hace cobardes a todos.
No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así.
Hamlet ha vuelto. Hamlet nunca se ha ido, siempre ha estado ahí, desde hace cuatro siglos, y siempre estará.
La obra maestra y eterna de William Shakespeare (Strafford-upon-Avon, 1564 – 1616), La historia de la tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, data de entre 1600 y 1602. No solo es la primera tragedia que escribió, después de exitosas comedias, sino que es su obra más extensa, filosófica, existencial y terrenal, a la vez, que es una de las más influyentes en la literatura. Hamlet es uno de los personaje más grandes, misteriosos, profundos, conmovedores y atemporales creados por el arte que ahonda en la condición humana. Además, de que es uno de los que representa mayor desafío para los actores.

Tras el rastro de inspiración de Hamlet
En una noche oscura de las tierras de Elsinor, Hamlet, el joven, melancólico y dubitativo príncipe de Dinamarca, recibe la visita del fantasma de su padre que le hace una revelación: fue asesinado por su hermano Claudio para hacerse con su trono y quedarse con su esposa Gertrudis. Esta confesión resquebraja los cimientos morales, éticos y sentimentales del príncipe, mientras se encamina lento hacia la venganza. Hamlet zigzaguea entre la cordura y la locura, la emoción y la razón, el olvido y la venganza, el amor y el desdén… William Shakespeare despliega una literatura sublime, conmovedora y hechizante.
¿Qué inspiró a Shakespeare? ¿Cómo surgió Hamlet? ¿Cuál fue el proceso creativo? ¿Qué partes de la vida de Shakespeare tienen ecos en esta obra? ¿Cómo es que la vida, la muerte, el dolor y el sentimiento se hacen uno solo y perpetuo? ¿Cuándo las turbulencias dolorosas de la vida se transfiguran en algo bello? ¿Quién o quiénes sirven de soporte o sostienen a Shakespeare? ¿Qué esculpe el corazón de una persona hasta crear esta obra magistral? ¿Qué pudo haber vivido alguien para escribir algo así?
La escritora irlandesa Maggie O`Farrell (1972) da respuestas literarias a estas y otras preguntas al imaginar y rastrear, desde la ficción, el origen de este clásico. Lo hizo en la novela titulada Hamnet (Libros del Asteroide), de 2020, nombre del único hijo varón de Shakespeare que en la época era lo mismo que Hamlet, fallecido a los once años. “Emociona leer a Shakespeare sabiendo que su hijo muerto le inspiró Hamlet”, dijo la escritora en una rueda de prensa virtual en 2021, durante la presentación de su novela (Lee la entrevista AQUÍ).

Es un juego de inspiraciones, de cómo la literatura y las artes se enriquecen unas a otras y cómo la originalidad pura no existe, es mestiza.
Porque Hamlet, a su vez, se habría basado en la leyenda de Amleth (presente en el texto, del siglo XII, Gesta Danorum, de Saxo Grammaticus), en la pieza Ur-Hamlet, de autor desconocido y perdida, representada hacia 1587, en pleno periodo isabelino, y en Las Historias Trágicas, de François de Belleforest, del siglo XVI. Una línea inspiracional y creativa que puedes leer en la segunda entrega de este especial AQUÍ.
La novela de Maggie O’Farrell, Hamnet, ha sido llevada al cine de manera magnífica por Chloé Zhao, con guion de la propia novelista y la directora. La protagonizan Jessie Buckley (Agnes, esposa de Shakespeare) y Paul Mescal (Shakespeare), acompañados por Emily Watson (madre de Shakespeare), Joe Alwyn (hermano de Agnes) y Jacobi Jupe (Hamnet).
Una película poblada de simbolismos, detalles y lirismo, con un tempo sereno que fragua por debajo las turbulencias lentas del corazón y de la creación, mientras esparce piezas de un cuadro de vida que, poco a poco, empiezan a encajar hacia el final hasta mostrarlo completo donde resalta la importancia de Agnes, la mujer de Shakespeare en lo personal y creativo, y los caminos que toma la inspiración, a veces dolorosos, hasta convertirse en algo fuera de este mundo.
Así continúa el juego de la inspiración artística que, incluso, se remonta dos mil años atrás con el mito de Orfeo y Eurídice relatado por Ovidio en su Metamorfosis. (Lee la segunda parte de este especial AQUÍ: Origen, evolución y diversificación de la historia de Hamlet hasta la adaptación cinematográfica de Hamnet y su diálogo con Shakespeare)
Abrimos esta serie especial sobre Hamlet, de Shakespeare, y Hamnet, de O’Farrell, con un extracto de la introducción de Alan Sinfield, catedrático emérito de literatura inglesa de la Universidad de Sussex, para la edición bilingüe de Penguin Classics:
Hamlet
Introducción de Alan Sinfield

Los problemas de Hamlet
¿Por qué pensáis que es más fácil hacerme sonar a mí que a una flauta? [III.2.377-8]
Hamlet representa un problema para la corte danesa. Al principio de la obra llora aún la muerte de su padre, el rey Hamlet, mientras todos los demás celebran la boda de su madre, Gertrudis, con el nuevo rey, su tío Claudio. Todos tratan de descubrir la causa de su malestar. “¿… cómo es que estáis aún bajo esos nubarrones?”, pregunta Claudio [I.2.66]. “¿Por qué a tus ojos | parece tan inusual?”, quiere saber su madre [I.2.75]. “¿Cómo está vuestra alteza el buen Hamlet?”, inquiere Polonio, el lord Chambelán [II.2.171]. “Mi buen señor, ¿qué tal ha estado vuestra alteza todo este tiempo?”, pregunta Ofelia, la hija de Polonio [III.1.91].
Ciertamente, el comportamiento de Hamlet resulta un tanto excéntrico. Anda como alma en pena, vestido de negro y hablando solo, se encoleriza con Ofelia, a quien anteriormente ha cortejado, e idea una obra que critica la boda del rey y la reina. A las preguntas sobre su estado anímico responde con juegos de palabras, acertijos, evidente impertinencia y locura fingida.
El estado mental de Hamlet es importante porque supone una amenaza para el Estado danés. “La locura en los grandes es una circunstancia | que no debe pasar sin vigilancia”, declara el rey [III.1.189], y exige que Hamlet permanezca en la corte, en observación. A Ofelia se le encomienda la tarea de sondear al príncipe, pero este aprovecha su acercamiento para expresar su decepción con el amor y el matrimonio. Aunque se les encarga a Rosencrantz y Guildenstern que descubran el problema, tampoco adelantan demasiado. “Confiesa, sí, sentirse trastornado, | pero se niega en firme a discutir las causas” [III.1.5-6].
Hamlet se irrita ante la presunción de Guildenstern, que no quiere tocar la flauta porque carece de experiencia, pero se cree capaz de entender las profundidades de su mente.
“Pues mirad entonces la indignidad que hacéis conmigo: queréis sacarme música como si conocieseis mis registros; queréis arrancar el corazón de mi misterio; queréis sondearme desde mi nota más baja hasta el tope de mi escala […] ¿Por qué pensáis que es más fácil hacerme sonar a mí que a una flauta? Llamadme con el nombre del instrumento que queráis: aunque podéis estirarme las cuerdas, no podéis tocar conmigo”. [III.2.371-9]
El público y los lectores han intentado también arrancar el corazón del misterio de Hamlet desde que se estrenó la obra en el Globe, se supone que en 1600, tres años antes de la muerte de la reina Isabel I. Su estado anímico es tal vez la cuestión más debatida de la cultura literaria inglesa. Desde el movimiento romántico de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX Hamlet se ha convertido en el prototipo del joven enigmático, sensible y reflexivo, perjudicado por una sociedad corrupta, aunque estimulado por la interacción con quienes le rodean. Para unos críticos es un héroe trágico que se eleva por encima de las circunstancias, mientras que para otros cae en la trivialidad, la brutalidad y la impiedad. A pesar de tantos esfuerzos de erudición e imaginación, o quizá precisamente debido a ellos, tanto el personaje de Hamlet como el significado de la obra siguen sin resolver. El poeta T. S. Eliot, en su ensayo Hamlet y sus problemas, llamó a la obra “la Mona Lisa de la literatura”.
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La influencia de Séneca en Hamlet se pone de manifiesto en la enigmática observación efectuada por el escritor Thomas Nashe en 1589, diez u once años antes de la obra de Shakespeare. Hay autores inferiores que no saben leer latín, dice Nashe. “No obstante, Séneca en inglés leído a la luz de las velas ofrece muchas frases buenas, como “La sangre es una mendiga’, entre otras; y si le suplicas con justicia en una mañana gélida te concederá Hamlet enteros o, mejor dicho, puñados, de palabras trágicas” (Prefacio a Menaphon de Greene). En otras palabras, la lectura de Séneca en inglés impregnó la escritura de una tragedia de acción y violencia basada en la historia de Hamlet. Esta obra anterior, cuyo texto no ha sobrevivido, suele recibir el nombre de Ur-Hamlet. Así pues, las imágenes y temas de Séneca eran una parte fundamental del contexto intelectual e imaginativo en el que se escribió Hamlet.
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Hamlet está basada en un sentido de la identidad diferente del que conocemos hoy en día, tendente a la convención, los estereotipos y la alegoría. La identidad tiene que ver sobre todo con la posición social. En efecto, los nombres de los personajes son “rey” y “reina”, no “Claudio” y “Gertrudis”. Ser príncipe y sobrino del rey (“milord”, le llaman los demás) es más importante en la identidad de Hamlet que ser melancólico y misógino, aunque muestre signos de ambas cosas. En cualquier caso, la melancolía y la misoginia son actitudes habituales en los insatisfechos de la corte, y no exclusivas de Hamlet. El destino de Ofelia, Laertes y Polonio está más determinado por su estatus en la corte que por los sentimientos que puedan existir entre ellos. Tal vez Hamlet aprecie a Horacio, pero su relación difícilmente puede florecer si este último debe observar un respeto tan estricto que solo puede hablar cuando el príncipe se dirige a él. Está claro que las preguntas tradicionales sobre los personajes —¿por qué aplaza la venganza Hamlet?, ¿está loco?, ¿ama a Ofelia?, ¿está obsesionado con su madre?— no van a recibir respuesta. Esas preguntas han ocupado a algunas de las mejores mentes de la tradición crítica occidental, y por fuerza hemos de llegar a la conclusión de que la obra no proporciona indicios que permitan resolverlas.
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Se podría argumentar que el tema fundamental de Hamlet es la materialización de la interioridad. La cuestión no es la naturaleza de la subjetividad de Hamlet, sino lo que puede significar poseer una subjetividad. Si el príncipe se ha presentado como una figura decididamente “moderna” no es porque exprese de forma espontánea una sensibilidad propia de los siglos XIX o XX, sino porque, al llegar a la modernidad de manera incompleta, dirige la atención hacia el desarrollo histórico de la misma.
A partir de este análisis, resulta comprensible que Hamlet haya representado una figura enigmática para la crítica de personajes. Aunque en sus diálogos no deja de ofrecernos vislumbres de subjetividad, algunos de ellos exhiben una discontinuidad muy provocadora, componiendo una secuencia de interioridades poco vinculadas entre sí y no una identidad coherente. Obsérvese el momento en que Hamlet les advierte a Horacio y Marcelo que puede “tomar una actitud extravagante” [I.5.172]. Esa circunstancia explicaría el comportamiento errático del príncipe, pero ¿toda su locura es fingida? ¿Lo es, por ejemplo, su vigoroso maltrato de Ofelia y Gertrudis? Al fin y al cabo, la melancolía y la misoginia son anteriores a la revelación del espectro. Parece imposible llegar a una conclusión. Aunque saltar al interior de la tumba de Ofelia con Laertes puede atribuirse a una actitud voluntariamente extravagante, Hamlet afirma lo contrario: “Pero lamento mucho, mi querido Horacio, | haber perdido ante Laertes los estribos” [V.2.75-6]. No es que en el texto los signos de subjetividad sean insuficientes para que la crítica de personajes trabaje con ellos, sino que, por el contrario, resultan excesivos.
- Lee la segunda parte de este especial AQUÍ: Origen, evolución y diversificación de la historia de Hamlet hasta la adaptación cinematográfica de Hamnet y su diálogo con Shakespeare).

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