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Lucía Solla Sobral retrata el amor como aliado y trampa y el maltrato psicológico en ‘Comerás flores’

AVANCES LITERARIOS DE VIVA VOZ La escritora española debuta en la novela con 'Comerás flores' (Libros del Asteroide) sobre cómo la necesidad de amar puede, a veces, desembocar en una relación desigual y de maltrato. Lucía Solla Sobral participa en este ciclo donde apostamos por autores que explican en un vídeo su próximo libro del que leen un pasaje

Comerás flores nace de la necesidad de hablar del maltrato psicológico desde la honestidad. Y la honestidad incomoda bastante”. Esto explica Lucía Solla Sobral (Marín, Galicia, España, 1989) que debuta en la novela con Comerás flores (Libros del Asteroide), donde recrea el amor como realidad insustituible y no pedida, así como su espejismo con sus dobles condiciones como salvación y trampa. La obra llegará a las librerías en septiembre de 2025.

Esta es una historia de amor y de las muchas clases de amores que sostienen la existencia. De los amores que no sabes que tienes, de los amores que sabes que no debes tener, de los amores que hieres sin saber ni querer y de los amores que te lastiman a conciencia o sin ella y no sabes cómo dejar de amar. Porque, a pesar de todo, amas. ¿Por qué? Esta es una novela que retrata e indaga en esa necesidad secreta, desconocida o furtiva que tienen las personas de amar y de ser amadas. Como si fuera una estrategia de la especie humana para soportar las horas, animar los días, divinizar los sueños y evitar nuestra extinción. El amor como el mejor aliado para vivir y sobrevivir. Y la amistad como gran compañía y salvavidas. Y en esa búsqueda las personas, a veces, terminan relacionadas con maltratadores.

En esta novela, todo empieza con el dolor y el vacío que deja el amor de un padre muerto en su hija. El amor que se resiste a partir de las personas que le sobreviven. Aquel amor del padre que permitió a sus hijos que ellos descubrieran otros amores más íntimos y de vocación eterna. El libro sigue el rastro de emociones que transforman o apagan unos sentimientos, a la vez que pone en alerta a otros en busca de llenar el vacío dejado por un amor más vívido. Y esta hija encuentra refugio en un hombre descrito «no como una caricatura de un maltratador, sino alguien que la cuida y a su vez le hace daño”.

En Comerás flores se abre paso la voz de una mujer que comparte con honestidad lo que siente y espera. Una voz que relata y reconstruye lo vivido y no puede desprenderse de cierto aturdimiento. Quizás de una voz salida de ese limbo en que queda alguien tras la muerte de una persona cuyo impacto tapona sus oídos y oye el mundo y habla, pero sumergida en agua. El mundo sigue girando a su ritmo, pero la asimilación avanza en cámara lenta.

Es la vida de Marina, de 25 años. Dejará el pueblo, llegará a una ciudad, conocerá a Jaime, un hombre veinte años mayor, lo amará, creerá que se aman, se sentirá menos sola, se dejará llevar por los sentimientos que la conducirán a predios desconocidos donde, sin darse cuenta, le parecen normales. Marina empieza a desconocerse en medio del amor. Surge la desigualdad en la relación, cierta dependencia, ciertos controles, ciertas manipulaciones, ciertos apocamientos, ciertas justificaciones ante los desdenes. La Marina que ella y los demás conocían empieza a diluirse.

Hay una escena reveladora del pasado, presente y futuro del personaje:

“—Marina, ¿tú me quieres?

Los riñones me hirvieron de golpe. ¿Que si te quiero? Claro que te quiero. Te quiero porque yo me aburría mucho antes. Te quiero porque siempre quise un amor urgente. Te quiero porque me gusta nuestra casa. Porque me cuidas. Te quiero porque no me imagino sin ti. Te quiero con miedo, a veces.

No dije nada. Creo”.

Hay claridad y sencillez en el lenguaje, y esa es la gracia: afrontar este tema de manera transparente, sin artificios; desde la cotidianidad y profundidad, con un lenguaje que retrata cierta ingenuidad ante el sentimiento-refugio hallado. De allí saca Lucía Solla Sobral la poética del vivir, que es el sentir. Muestras diferentes necesidades de amor y de amar que, a veces, perjudican. Una novela que “explora qué significa ser joven, madurar y construirse una identidad”, dice la editorial.

Lucía Solla Sobral coordina el Club de las Letras Salvajes. En 2023 fue seleccionada en la Residencia Literaria de la Cidade da Cultura de Santiago de Compostela, dirigida por el escritor Javier Peña.

La escritora española Lucía Solla Sobral, autora de ‘Comerás flores’ (Libros del Asteroide, 2025). Foto de Marcos Mas – cortesía de Libros del Asteroide

Con este mapa de los amores, en primicia, continuamos nuestra serie anual Avances literarios de viva voz WMagazín. Un espacio en el que apostamos por cuatro o cinco autores y libros de la temporada final del año, otoño-invierno, por su calidad literaria, temática, originalidad y capacidad de sorpresa. En Avances literarios de viva voz cada autor cuenta en un vídeo el motivo, el tema, la sinopsis o algo que quiera compartir con los lectores sobre su próxima obra. Después lee un fragmento sobre un pasaje que le guste o considere revelador de su libro. Lucía Solla Sobral se une en 2025 a Alberto Chimal con Las máquinas enfermas (Páginas de Espuma), unos cuentos de ciencia ficción humanista a partir de la presencia de la inteligencia artificial, y a Elisabet Riera con Los alados. Criaturas divinas y otros mensajeros (Siruela), uno de los ensayos literarios más interesantes y bonitos de la temporada.

Lucía Solla Sobral con Comerás Flores se une a nuestras apuestas de años anteriores de Avances Literarios de viva voz WMagazín con nombres como Irene Vallejo, Mónica Ojeda, Benjamín Labatut, Azahara Alonso, María Hesse, Anna Pacheco, Pepe Pérez-Muelas, María José Ramírez, Marbel Sandoval Ordóñez o Gabriela Cabezón Cámara. Junto a ellos hemos invitado a escritores reconocidos como Álvaro Pombo, Rosa Montero, Sergio Ramírez, Antonio Soler, Antonio Colinas, Manuel Vilas, Marcos Giralt Torrente, José Ovejero o Paco Roca.

El siguiente es el vídeo de Lucía Solla Sobral donde primero comparte un aspecto importante de su novela y luego lee un pasaje:

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Lucía Solla Sobral habla de su novela 'Comerás flores' (Libros del Asteroide) y lee un pasaje. /WMagazín

'Comerás flores'

Por Lucía Solla Sobral

La novela nos cuenta la historia de Marina, una chica de 25 años que se acaba de graduar y de perder a su padre. En medio del duelo conoce a Jaime, un hombre que es veinte años mayor que ella, con un gran capital social y económico que la llena de toda la atención que ella necesita en ese momento. Entre ellos surge un amor muy urgente. Pero ese amor que a ella le gusta tanto también la deja sin tiempo y no logra completar el duelo por su padre.

Comerás flores nace de la necesidad de hablar del maltrato psicológico desde la honestidad. Y la honestidad incomoda bastante porque nos habla de violencias y de dolores que podemos sufrir y callar por no molestar a las personas que están a nuestro alrededor, y porque es más fácil creer que podemos seguir adelante. Esta honestidad también me llevó a describir a Marina, no como la víctima perfecta, aunque no creo que exista eso, sino como una chica llena de grises. Y a Jaime igual: no es una caricatura de un maltratador, sino alguien que la cuida y a su vez le hace daño.

Lucía Solla Sobra lee un pasaje de su novela ‘Comerás flores’, para WMagazín,

FRAGMENTO

El día en el que mi padre murió, hacía sol y yo tenía hambre. Mi padre murió y bajé a Frida a hacer pis. Mi padre muerto y yo lavándome el pelo, eligiendo pendientes, probándome blusas. Ese día tuve que comprar el pan exactamente como cada día, ni muy tostado ni muy crudo, tender la ropa a la vuelta del tanatorio y ponerme los retenedores antes de dormir. Esa noche, vi a mi sobrino llorar y reír. Yo también lloré y reí. No sabíamos qué hacer con tanto dolor en los pulmones. Por las mañanas, me despertaba como si me hubiese quitado un peso de encima. El de la espera constante a la muerte desde la silla para las visitas. Papá había muerto y ya no tenía que esperar a que muriese más. Escuchaba sus zapatillas arrastrándose por el pasillo a la misma hora a la que él se levantaba de madrugada para ir al baño, pero papá ya estaba muerto y sus zapatillas guardadas en el neceser que trajimos de vuelta del hospital. Su teléfono seguía sonando, porque su operador no sabía aún que papá estaba muerto. Al principio, no quisimos dar de baja la línea. No por si volvía, sino porque la muerte es contagiosa y se nos quitaron un poco las ganas de vivir o, al menos, las de continuar con los trámites. A veces, contestaba esas llamadas. Eran de algún conocido despistado que decía: jefe, ¡que hace mucho que no te molesto! Y tenía que decirle que papá había muerto y que sí, que ya fue el funeral y que sí, que llevaba unos meses muy mal y que sí, que era normal que no se hubiese dado cuenta si no lo había visto últimamente por la calle con veinte kilos menos, un bastón y un parche en el ojo. Otras veces, era un amigo con alzhéimer que lo quería invitar a comer lamprea. Algunos días le explicaba que papá ya no estaba y otros le decía que le pasaría el recado. Mamá, aún hoy, cuando se encuentra a alguien que no se ha enterado todavía, se bloquea y se desangra y escarba y se va, porque siente que al decir que papá ha muerto lo está volviendo a matar. No dice muerto. Nunca. Yo tampoco fui capaz hasta muchos meses después. Mientras tanto, dije mi padre no está, se fue, nos dejó, no tengo padre, falleció. No sé si es verdad eso de que no tengo padre, pero sí que tardé mucho en decir que el padre que yo tenía murió.

Antes de morir, papá me dijo: piojita, el amor es lo más importante que hay en la vida. Y yo le creí tanto que casi me quedo sin aire. Tanto le creí que no le pregunté el amor de quién, qué amor, papá, ¿el de Diana vale o tiene que ser otro? ¿Un amor como el de mamá y tú, que nunca discutís, o un amor como el de Alberto y Bea, que se odian, pero se defienden? ¿Un amor como el de la tía Loli hacia la abuela, aunque le tenga que recordar cada tarde que es su hija, o como el de mis tíos los que no quisieron tener hijos y viajan todo el rato y mamá tuerce el morro no sé si porque vosotros tenéis tres hijos o porque tú solo quisiste viajar a Portugal? Antes de morir, papá estuvo casi un año ingresado en el Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela. Mis hermanos y yo hacíamos turnos. Yo dormía con él los domingos, lunes y martes. Tres días y tres noches que me tiraban de los párpados hacia arriba y que me llenaban el estómago de murciélagos y de restos de puré. Desde mis siete años, esperaba la muerte de mis padres imaginándome una y otra vez qué edad tendría yo cuando ellos fueran viejos. Cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan, cuarenta y ocho que tiene mamá menos siete míos son cuarenta y uno, con Dios me acuesto con Dios me levanto, ochenta y cinco, que es la edad con la que murió la abuela, menos cuarenta y uno son. Necesito un papel. Cinco menos uno, cuatro, y ocho menos cuatro, cuatro. La Virgen María y el Espíritu Santo. Si papá o mamá mueren con ochenta y cinco años, yo tendré cuarenta y cuatro y Alberto y Bea todavía podrán cuidarme para que no esté triste y me dejarán ver La pajarería de Transilvania siempre que quiera y comer regalices de los gordos, de los rellenos de blanco, siempre que quiera también. Amén.

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Avances literarios de viva voz WMagazín 2025

 

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Winston Manrique Sabogal

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